Por Borja Vilaseca

Correr está de moda. Dicen de este deporte que es como una “droga sana”. Y que quien lo prueba, se engancha. Cada vez tiene más seguidores en España. Prueba de ello es que en los últimos tres años se ha duplicado el número de participantes en el Maratón de ciudades como Madrid y Barcelona. Un dolor temporal que proporciona una gloria eterna. Un colaborador de El País cuenta en primera persona la odisea de correr 42,195 kilómetros.

Todo comenzó con un pensamiento. Un simple pensamiento que tiene el poder de limitarnos y empequeñecernos: “No puedo”. Fue a principios de enero, practicando footing con un amigo. Me estaba explicando lo mucho que le había marcado correr un Maratón. Reconozco que hasta ese momento jamás me había planteado la posibilidad de participar en una carrera de este tipo. De hecho, fue justo entonces cuando, de forma impulsiva, le dije: “Yo no podría. No me veo capaz de…” Afortunadamente mi amigo me interrumpió con una sonrisa: “¡Por supuesto que puedes! Tienes dos meses y medio para entrenarte y terminarla con dignidad. Lo único que necesitas es comprometerte contigo mismo”.

Esa misma tarde me inscribí en la Zurich Maratón de Barcelona; dorsal 12.650. Y a la mañana siguiente fui al Decathlón. Una vez allí, mantuve una interesante conversación con uno de los dependientes sobre el fascinante universo de las zapatillas. Durante varios minutos me habló con entusiasmo acerca de los “pronadores”, los “hiperpronadores”, los “supinadores” e incluso de la “pisada neutra”. A pesar de su pasión, no logré comprender de qué me estaba hablando. Me limité a asentir y a darle las gracias por su amabilidad. Lo único que sé es que terminé pagando más de 100 euros por unas zapatillas que parecían haber sido tuneadas. Entre otros complementos, incorporaban un gel en la suela que actuaba como amortiguador.

Había llegado la hora de salir a la calle y empezar a entrenar. Eso sí, antes hice lo que cualquiera con acceso a Internet hace cuando no sabe qué hacer: buscarlo en Google. Tecleé “entrenamiento Maratón” y pulsé el botón izquierdo del ratón. Y mientras leía por encima lo que los expertos me aconsejaban, empecé a sudar. Al parecer, tan sólo necesitaba incorporar en mi rutina diaria cuatro cosillas de nada: disciplina, esfuerzo, sacrificio y mucha fuerza de voluntad. Y es que según el Centro Superior de Deportes (CSD), lo recomendable es comenzar a entrenar al menos cuatro meses antes de la carrera; tres o cuatro veces por semana, un promedio de 60 kilómetros semanales. Vaya, lo que no corre un español medio en toda su vida.

Mi primer día de entrenamiento apenas estuve 30 minutos trotando como un caballo viejo. Incluso una niña de siete años me adelantó arrastrando un carrito con su bebé de juguete. La oscura sombra del pensamiento “no puedo” me acechaba con cada paso que daba. Entrenar en solitario era más duro de lo que pensaba. Desmoralizado, me di una ducha de agua helada.

Al igual que el maestro aparece cuando el discípulo está preparado, otro amigo mío –de aquellos que saben lo que es un supinador– apareció justo en el momento que más lo necesitaba. Juntos entrenamos todo lo que pudimos mientras pudimos. Por suerte, no tuve que rendir cuentas a ningún médico deportivo del CSD… Todavía recuerdo las sabias palabras de mi amigo el día antes la carrera: “Lo más importante es que mañana por la mañana salgas de casa vaciado”, me dijo, con tono trascendente. Lo miré extrañado, y seguidamente le pregunté: “¿De pensamientos?” Muy serio, negó con la cabeza y respondió: “No, de vientre”.

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Ana Nogués, 28 años. Publicista. Álvaro Casanovas, 29 años. Aparejador. Llevan 10 años juntos, uno de casados. Este año han corrido su primera maratón: 3 horas y 37 minutos y 3 horas y 34 minutos, respectivamente. El deporte los une como pareja.

“Si te superas a ti mismo, ¿qué no vas a poder superar en la vida?”
“Llevamos cuatro años corriendo juntos. Y hace uno fuimos como público al punto de llegada de un maratón. Fue alucinante. Empezamos a ver cómo diferentes corredores lo daban todo justo antes de cruzar la línea de meta. Recordamos perfectamente esos rostros llenos de sufrimiento, pero también de profunda satisfacción. Fue entonces cuando lo decidimos: si ellos pueden, nosotros también. Al cabo de unas semanas comenzamos a entrenar para correr la maratón del año siguiente. Unos 10 kilómetros tres veces por semana. Lloviera o hiciera frío, salíamos juntos a correr. Nos motivábamos el uno al otro. Queríamos ver de lo que éramos capaces. Lo más duro es el entrenamiento. La constancia. La disciplina. Sumar kilómetros y kilómetros para que los músculos se vayan fortaleciendo. El día de la carrera fue una celebración. Corrimos juntos hasta el kilómetro 30. La íbamos comentando, observando el ambiente que nos rodeaba. Al llegar a la meta por separado, ¡terminamos abrazándonos con desconocidos! Asumir este compromiso deportivo ha sido otra manera de reforzar nuestro vínculo emocional. La lucha, el esfuerzo y el espíritu de superación son valores sobre los que estamos construyendo nuestra relación de pareja. Además, nos hemos dado cuenta de que correr nos ayuda a canalizar el mal humor. Nos evita pagarla el uno con el otro. Practicar este deporte es una manera muy sana y natural de sentirnos bien; nos llena de energía, vitalidad y alegría. Es una estupenda terapia de pareja. Nuestro próximo reto es superar el que acabamos de hacer.”

Domingo, 25 de marzo de 2012. Ocho y media de la mañana. 19.507 corredores nos amontonamos en la Plaza de España, en Barcelona. Este año el número de inscritos es un 28% mayor que el año anterior. El 43% son extranjeros y el 14%, mujeres. En la línea de salida destaca un grupo de siete keniatas y etíopes. Uno de ellos será el ganador. El resto solamente competimos contra nosotros mismos. Por delante quedan 42,195 kilómetros.

Mientras caliento y estiro las piernas, recuerdo la curiosa historia que dio origen a esta legendaria prueba de atletismo. El primer Maratón se corrió durante las primeras Olimpiadas de la era moderna, concretamente en Atenas, en 1896. Por aquel entonces la carrera constaba de un recorrido de 40 kilómetros, rindiendo así homenaje a un hecho histórico que posiblemente sea una leyenda.

En el año 490 a C. los atenienses y los persas iban a disputar la denominada “batalla en la llanura”, en la ciudad de Maratón. Días antes, los persas habían jurado que, en el caso de vencer, irían a la ciudad de Atenas para violar a las mujeres y sacrificar a los niños. Para que tal atrocidad no sucediese, los griegos habían decidido que si sus mujeres no recibían la noticia de su victoria antes de 24 horas, ellas mismas debían matar a sus hijos y suicidarse en masa. Dado que ganar la batalla les llevó más tiempo del esperado, se ordenó al soldado ateniense Filípides que fuera corriendo para llegar lo antes posible a Atenas y evitar así la tragedia. Tras recorrer los 40 kilómetros que separaban Maratón de Atenas y comunicar la buena nueva, Filípides se desplomó en el suelo, muerto. La fatiga pudo con él…

En 1908, durante los Juegos Olímpicos de Londres, la esposa del rey Eduardo VII añadió, casi sin quererlo, 2,195 kilómetros al recorrido original. Por lo visto había insistido en presenciar la salida. Pero dado que ese día llovía, solicitó verla desde la residencia de Windsor, en vez de hacerlo desde el palco del estadio White City, donde estaba previsto iniciar la carrera. A partir de los JJ OO de París, en 1924, se empezó a correr de forma oficial los actuales 42,195 kilómetros que configuran la prueba de resistencia por excelencia.

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Fina Jou, 53 años. Casada y con dos hijas. Asistente de dirección. Tras la muerte de su hermano, al cumplir 50 años quiso correr la maratón como un acto simbólico de superación personal y reconciliación con la vida. Terminarla le llevó 5 horas y 10 minutos.

“El ‘no puedo’ ya no existe en mi vocabulario”
“Cuando tenía 49 años mi hermano mayor murió en un repentino accidente. Él era mi gran referente en la vida. En los últimos años había superado una grave enfermedad a base de fuerza de voluntad. Mientras, mi hermana se debatía entre la vida y la muerte debido a una esclerosis múltiple. Fue entonces cuando me dije a mí misma que no podía quejarme de nada. Estaba viva. Y tenía salud. Pero me costaba mucho disfrutar plenamente de las cosas. Por eso decidí correr un maratón. Mi reto no era sólo físico, sino también espiritual. Necesitaba un revulsivo para fortalecer mi autoestima y la confianza en mí misma. Fue entonces cuando empecé a entrenar seriamente. El hecho de dedicar un rato cada día para estar conmigo misma significó muchísimo para mí. Empecé a conectarme y a escuchar más a mi cuerpo, lo cual me aportó un valor incalculable. Durante la maratón tuve muy presente a mis dos hermanos. Ellos la corrieron conmigo. Los llevaba en mi corazón. Es cierto que experimenté un dolor físico insoportable. Y que en ocasiones sentía que me derrumbaba ahí mismo. Pero en todo momento fui encontrando la fuerza interior necesaria para seguir corriendo. Un paso detrás del otro. Al llegar a la meta empecé a llorar de alegría. Sentí una explosión, algo parecido a lo que me ocurrió dando a luz a mis dos hijas. Es de las experiencias más increíbles que he sentido en toda mi vida. Desde entonces, cuando mi mente trata de engañarme con el pensamiento ‘no puedo’, me río de mí misma y me recuerdo que si he sido capaz de correr una maratón, soy capaz de cualquier cosa.”

Tres. Dos. Uno… ¡Comienza el Maratón! A mi lado nadie se mueve. Me encuentro en la cola de la carrera, rodeado de los cinco mil corredores que hemos decidido que, como mínimo, tardaremos 4 horas y media en completarla. Entre todos constituimos una gran masa de diferentes colores fosforito. Siento que formo parte de una manifestación de deportistas. Pasito a pasito, avanzamos en dirección al punto de salida. Tardo 16 minutos en alcanzarlo. Justo entonces se activa el chip que llevo incrustado en mis zapatillas. Su finalidad es registrar los tiempos que vaya marcando a lo largo de la carrera.

Empiezo a correr. Estoy muy nervioso. Pero el ambiente que me rodea enseguida me relaja. Cientos de personas animan y aplauden incansablemente; algunos sujetan pancartas del tipo “Pedro, ¡eres mi machoman!” o “El último paga las bravas”. Lo primero que veo son dos corredores rusos disfrazados de conejitos ‘playboy’ y un inglés, de torero. A mi lado, un italiano me mira con complicidad, haciendo un gesto de asombro. Delante nuestro pasa corriendo una japonesa envuelta –inexplicablemente– en papel de celofán. Mi expresión de sorpresa crece al comprobar que mi compañero italiano corre descalzo.

Al correr entre tanta gente, es esencial seguir tu propio ritmo. Y para ello, nada mejor que escuchar a tu corazón, que te manda información en forma de latidos. Así, recorro los primeros 21 kilómetros –la Media Maratón– en dos horas, 11 minutos y nueve segundos. Cinco segundos más tarde anuncian por megáfono que el keniata Julius Chepkowony acaba de proclamarse vencedor. La diferencia es que mientras que él está fresco como una rosa, yo siento que empiezo a marchitarme. He llegado al límite de mi entrenamiento. A partir de aquí sólo me queda confiar en la resistencia de mi cuerpo y la fuerza de mi mente. “Yo puedo… Yo puedo… Yo puedo…”, repito en mi fuero interno. “¡Claro que puedo!”

A lo largo de la carrera ingiero un total de siete geles, sabor fresa y plátano. Contienen sodio, potasio, carbohidratos, azúcares y vitaminas. Es decir, lo que el cuerpo necesita para ir compensando el enorme desgaste físico. Son bastante desagradables; dejan la boca seca y áspera. Y es muy difícil absorberlos sin fruncir el ceño. Por eso me los tomo al pasar por los avituallamientos que hay cada cinco kilómetros. Allí puedes beber agua y bebidas isotónicas, así como ponerte réflex en las articulaciones y vaselina en los pezones para que el roce de la ropa no te los deje en carne viva. Y dado que todo el mundo tira los vasos y las botellas al suelo, hay momentos en los que el Maratón se transforma en una carrera de obstáculos…

Kilómetro a kilómetro, noto como el sudor empapa cada centímetro de mi piel. Obviamente, no soy el único que está transpirando. Sigo rodeado de gente. Y comienzo a inhalar todo tipo de efluvios y gases de segunda mano. Al girar por una curva, atravieso una zona arbolada y me invade el olor acre de la orina. Cientos de corredores –todos ellos varones– dan rienda suelta a la llamada de la naturaleza. Mientras, las mujeres se arman de paciencia, haciendo cola en los cubículos habilitados por la organización.

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Jaume Tolosa, 44 años. Casado y con dos hijas. Empresario y ultrafondista. Entre otras hazañas, ha corrido 268 kilómetros durante 50 horas seguidas por el desierto de Argelia. En total ha participado en 15 maratones; su mejor tiempo ha sido 2 horas y 56 minutos.

“Cuanto más extremo es el reto, más profunda es la satisfacción”
“En mi otra vida estaba convencido de que correr era una actividad para locos. Lo que no sabía es que pronto uno de los mayores locos iba a ser yo… Todo comenzó con una apuesta. Unos amigos corredores me provocaron, diciéndome que no tenía huevos de correr una media maratón. Por supuesto, entré al trapo y así comenzó mi adicción a los desafíos que me impongo para superarme constantemente. Para mí, correr es una droga sana. Cuanto más corres, más te pide el cuerpo que sigas corriendo. A veces mi trabajo como empresario me obliga afrontar muchas situaciones complicadas, lo cual me genera mucho estrés. Correr me ayuda a quemar la mala leche. También soluciono montones de problemas mientras corro. Me sirve para quitarme el nubarrón gris y ver las cosas con otra perspectiva. Corro todos los días una hora y media. Y los fines de semana suelo entrenar entre 10 y 15 horas. Al correr distancias tan largas y en condiciones tan extremas, uno aprende que nuestras reservas de fuerza y energía son ilimitadas. Hace unos meses me lesioné la rodilla izquierda. He ido a muchos médicos, algunos de ellos muy reconocidos, y me han asegurado que no volveré a correr. Pero les voy a demostrar que la carrera más larga de mi vida todavía no la he hecho. Sé que me voy a recuperar… Como siempre, si tú quieres, ¡puedes! Mis hijas saben que lo que para muchos es imposible, para ellas sí es posible. Mi legado como padre es transmitirles a través de mi ejemplo que ellas son capaces de hacer cualquier cosa que sean capaces de soñar.”

Kilómetro 30. Llevo tres horas y cinco minutos corriendo. Me siento como si me hubieran pegado una paliza, me hubiera atropellado un autobús y me obligaran a cargar 100 kilos de plomo a mis espaldas. No puedo más. Siento un deseo irrefrenable de parar. Es el denominado “muro del corredor”. Es decir, aquello que padecen los corredores amateurs cuyos cuerpos no están suficientemente entrenados para metabolizar físicamente lo que están experimentando.

Lo cierto es que me quiero tirar al suelo y romper a llorar como un bebé. Quiero poner punto y final al insoportable dolor que siento en mis rodillas. Cada vez que las flexiono oigo escalofriantes crujidos. Lo mismo sucede con mi columna vertebral. No puedo mantener el cuello erguido ni mirar al frente. Pronto descubro que mi zapatilla izquierda empieza a supurar sangre y no tengo ni idea de por qué.

Justo en ese preciso momento, un aficionado grita mi nombre –lo pone en el dorsal– y seguidamente añade: “¡Venga, hombre, sonríe, que vas de puta madre!” No le conozco, pero me da el chute de adrenalina que necesitaba. ¡Cómo se agradece la presencia del público! ¡Y qué decir de los ánimos que uno recibe! Son la gasolina que me impulsa a seguir adelante. Por más que corras solo, en un Maratón es imposible sentirte solo. A pesar de los martillazos de dolor, empiezo a experimentar una maravillosa sensación de unidad. Y en mi rostro se dibuja una sonrisa, un tanto desquiciada. “Yo puedo… Yo puedo… Yo puedo…”

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Laura Paradell, 66 años. Separada y con dos hijos. Arquitecta municipal jubilada. Corre cada día una media de 13 kilómetros desde hace más de 32 años. Ha participado en 10 maratones y mantiene el récord de España de corredoras de más de 45 años: 2 horas y 46 minutos.

“El día que no corro por la mañana no salgo a la calle con tanta alegría”
“Comencé a correr cuando empecé a trabajar fuera de Barcelona. Hacía parte del trayecto de vuelta corriendo. Así llegaba antes a casa y estaba más tiempo con mis hijos. Pero enseguida se convirtió en una pasión, o más bien, en una obsesión. Empecé a correr maratones para medir mi progresión como corredora. Siete semanas antes de la competición entrenaba unos 20 kilómetros al día. Lo mejor es que corríamos siempre en grupo. Y lo seguimos haciendo. Compartir esfuerzo y sacrificio hace que todo sea más fácil y llevadero. La energía de unos contagia a la de otros. Te motiva. Te empuja cuando sientes que ya no puedes más. Y lo cierto es que el dolor y el espíritu de superación unen mucho. Haces amistades para toda la vida. De hecho, el día de mi jubilación me fui del trabajo ‘por piernas’. Salí corriendo de mi despacho y no paré hasta llegar a casa. Como siempre, lo hice junto con un grupo de 30 inseparables amigos corredores. Fue mi manera de protestar pacíficamente por el funcionamiento actual de la administración pública… Mientras corro, no pienso en nada. Mi mente se funde con mi cuerpo. Es como si desapareciera. Ni un solo día he sentido pereza para levantarme de la cama y ponerme a correr. Lo reconozco: soy adicta. Tengo necesidad de practicar deporte cada día. Si no corro, ni la ducha es ducha ni la comida es comida. Todo sabe diferente después de hacer ejercicio. Correr me conecta conmigo misma. Me mueve la energía vital. Me revitaliza. ¿Por qué corro? No lo sé. Es como si me preguntaras: ¿por qué respiro?”

Kilómetro 40. ¡Por fin! Llevo cuatro horas y 12 minutos corriendo. Hace ya rato que he perdido el contacto con la realidad… Podría estar perfectamente persiguiendo al conejo blanco de Alicia en el País de las Maravillas. Me he convertido en un cocktail de geles, endorfinas, réflex y vaselina. Mientras soy testigo de cómo todo mi cuerpo está descomponiéndose, empiezo a reírme a carcajadas. Y en un improvisado tributo a Rambo, exclamo: “¡Dios mío, no siento las piernas!” A mi alrededor el panorama empieza a cobrar tintes dantescos: muchos corredores siguen la carrera caminando, completamente exhaustos. Y otros, con la cara desencajada, se esconden detrás de cualquier arbusto para vomitar. En esta edición, al menos 649 corredores abandonarán la carrera.

Estoy a 50 metros de mi destino, de Ítaca… Algo se despierta en mi interior. La gente que anima. Los demás corredores. El dolor. Todos somos uno. Es imposible explicar con palabras lo que se experimenta cuando al fin se vislumbra la línea de meta. Uno tiene que haber corrido antes más de 42 kilómetros para saber lo que significa. Reconozco la voz de mi madre, de mi padre y de mi mujer. Están gritando como locos. Las lágrimas empiezan a bañar mis mejillas. Levanto los brazos y miro al cielo. El Sol me ciega la vista. Pero sigo corriendo, guiado por mi corazón. Escucho por última vez el sonido de mi chip. Cuatro horas, 27 minutos y tres segundos. Lo he conseguido. He terminado mi primera Maratón.

¿Por qué corro? O mejor dicho, ¿para qué? Pues para compartir con los lectores de este artículo que todos los seres humanos tenemos muchísima más fuerza en nuestro interior de la que somos capaces de imaginar. Y para recordarnos que cada uno de nosotros puede hacer frente a su destino, superando cualquier adversidad que surja por el camino. Nadie dijo que vivir fuera un reto fácil. Para superar cualquier obstáculo primero tenemos que superarnos a nosotros mismos. No hay otra forma. Y el primer paso suele ser el más difícil: consiste en creer que podemos. ¡Y tanto que podemos!

Artículo publicado por Borja Vilaseca en El País Semanal el pasado domingo 22 de abril de 2012.