Por Borja Vilaseca

Las relaciones son una gran fuente de conflicto y de aprendizaje. Dado que cada uno de nosotros cuenta con su propio ego, al interactuar con otros seres humanos es inevitable que tarde o temprano terminemos chocando, discutiendo y peleando. De hecho, es muy común pensar que «el mundo está lleno de personas nocivas y tóxicas». Sin embargo, un síntoma de que hemos despertado es darnos cuenta de que nosotros somos la persona más conflictiva de nuestra vida. Esencialmente porque el resto de relaciones -tal como señala la famosa “ley del espejo”- no son más que un espejo en el que nos vemos reflejados y una pantalla en la que nos proyectamos.

De cada ser humano podemos aprender algo valioso acerca de nosotros. Así, cualquier persona con la que nos relacionamos es potencialmente un maestro. Eso sí, en general hay de dos tipos: por un lado están los «maestros de luz». Se trata de personas sabias, felices, amorosas y conscientes, las cuales están en paz consigo mismas e irradian energía positiva. De hecho, a su lado nos sentimos muy bien con nosotros mismos. Esencialmente porque suben nuestra frecuencia vibratoria. Además, los admiramos por ser un ejemplo de vida. No en vano, manifiestan alguna cualidad o valor que nos gustaría potenciar en nosotros. Sin embargo, en demasiadas ocasiones tendemos a idealizarlos y endiosarlos, volviéndonos dependientes de su presencia.

Por otro lado están los «maestros de oscuridad». En este caso, son personas ignorantes y inconscientes, que sufren mucho por seguir en guerra consigo mismas, desprendiendo un aura de negatividad allá donde van. Tienen mucho dolor reprimido en lo más hondo de sí mismas. Y suelen quejarse y victimizarse todo el día, culpando a los demás por todo aquello que no marcha bien en sus vidas. Al interactuar con ellos enseguida notamos como nuestro nivel de energía vital desciende. Tanto es así, que también se les conoce como «vampiros energéticos». Esta es la razón por la que tendemos a condenarlos y rechazarlos, construyendo muros a su alrededor para evitar lidiar con ellos.

Cabe recordar que la luz y la oscuridad residen dentro de cada ser humano. Así, incluso en las personas más despiertas e iluminadas encontraremos algo de sombra. Del mismo modo, entre las más dormidas y tenebrosas también hallaremos algo de luz. Lejos de apegarnos a las primeras y alejarnos de las segundas, la sabiduría consiste en aprender de ambas para iluminar nuestros rincones más oscuros y convertirnos en nuestra mejor versión. Mientras que de los maestros de luz aprendemos por inspiración, de los maestros de oscuridad lo hacemos a través de la perturbación.

De forma irónica, a estos últimos también se los denomina «maestros espirituales». En esencia, son todas aquellas personas cuya presencia o comportamiento provocan que nos perturbemos a nosotros mismos. Y no solamente se incluyen aquellos individuos que nos caen deliberadamente mal, sino también seres cercanos a los que queremos ⎯como nuestros padres, nuestra pareja o nuestros hijos⎯ y con los que tendemos a entrar en conflicto.

Si alguien nos saca de quicio o cuenta con algún rasgo de personalidad que no soportamos es que es un maestro espiritual para nosotros. También lo son todos aquellos a quienes deseamos cambiar para adecuarlos a como nosotros consideramos que deberían de ser. Eso sí, que alguien nos caiga mal no quiere decir que sea un maestro espiritual. Tan solo lo es si provoca que reaccionemos impulsivamente y nos perturbemos al interactuar con él. Por más que tendamos a demonizar a este tipo de personas ⎯llegando en casos extremos a apartarlas de nuestra vida⎯, lo sabio consiste en aprovecharlas para nuestro propio desarrollo espiritual.

EL EGO AJENO DESPIERTA NUESTRO EGO
“Querer cambiar a otra persona es como si un paciente va con una dolencia y el médico le receta un remedio para el vecino.”
(Anthony de Mello)

Si lo pensamos detenidamente, esta gente tiene poder sobre nosotros. Concretamente el de alterar nuestro estado de ánimo e influir en nuestra forma de comportarnos. El hecho de que su simple presencia nos moleste es un claro síntoma de hay algo en nosotros que todavía no hemos resuelto. Recordemos que no vemos a los demás como son, sino como somos nosotros. De hecho, cuanto mayores son el conflicto y nuestra perturbación, mayor es el aprendizaje que podemos realizar a través de estos maestros espirituales.

El hecho de que los queramos cambiar en realidad refleja algo que no aceptamos de nosotros. Nos están haciendo de espejo. Pero dado que no queremos ver lo que sucede en nuestro interior, necesitamos estas pantallas humanas para proyectar nuestras sombras más oscuras. Un claro síntoma de que estamos identificados con el ego es sentir que todo el mundo nos molesta y nos perturba.

Y por supuesto, es evidente que muchas de estas personas seguramente están descentradas. De ahí que manifiesten actitudes y conductas muy egoicas. Pero esa no es la cuestión. El asunto es que su nivel de inconsciencia refleja el nuestro. Así, cuanto más inconscientemente vivimos y más identificados estamos con el yo ilusorio, más atención le prestamos al ego de los demás. Y en consecuencia, más reaccionamos egoicamente al interactuar con ellos. De este modo lo único que conseguimos es alimentar nuestro propio ego, reforzando nuestro sentido de ser un yo separado.

Pongamos por ejemplo una empresa con tres empleados que trabajan para un jefe muy exigente y malhumorado, que tiende a centrarse en corregir los errores en vez de valorar los aciertos. Y no hace distinciones: con todos ellos se relaciona exactamente por igual. Dado que la realidad es neutra, la personalidad de este empresario no es más que un estímulo externo neutro, carente de valor y significado intrínsecos. De ahí que la forma de interpretarla, procesarla y experimentarla dependa de lo que cada empleado lleve dentro y haga con ello.

El primer empleado está totalmente identificado con el ego. Se trata de una persona visceral, que se siente imperfecta y que ⎯por tanto⎯ es muy susceptible a juicios y críticas. De ahí que le cueste mucho lidiar con su jefe. Tanto es así que en general reacciona con rabia y enfado, albergando mucho rencor a su empleador por la forma en la que es tratado. Esta es la razón por la que en ocasiones discute vehementemente con él. El segundo empleado carece de autoestima. No se quiere ni se valora a sí mismo. Y depende bastante de la aprobación de los demás. De ahí que frente a los comentarios de su jefe se quede callado y cabizbajo, sintiéndose menospreciado.

Sin embargo, el tercer empleado es una persona sabia y consciente, que se siente muy bien consigo misma. En ningún momento se toma la conducta del jefe como algo personal. Esencialmente porque sabe que suele ir muy estresado. Y que debido a su nivel de ignorancia e inconsciencia es incapaz de relacionarse con su equipo de una forma más amable y asertiva. Si bien los dos primeros empleados quieren inconscientemente que su jefe cambie de actitud, el tercero es el único que lo acepta tal como es, evitando perturbarse a sí mismo. Lo que sí está pensando es en cambiar de empresa.

MIRARSE EN EL ESPEJO
“No vemos las cosas como son, sino como somos nosotros.”
(Jiddu Krishnamurti)

Si bien la forma de ser del empresario es la misma, cada uno de los tres empleados la ha interpretado y procesado de forma subjetiva y distorsionada, en función de lo que albergan en su interior. En este sentido, para los dos primeros empleados ⎯los que se han perturbado a sí mismos⎯ el jefe es un maestro espiritual. Si lo aprovechan para mirarse en el espejo y comprehender por qué se han perturbado, tal vez aprendan algo doloroso pero revelador acerca de sí mismos. No en vano, la oscuridad ajena actúa como una inesperada linterna con la que iluminar nuestra propia sombra. Además, ¿qué sentido tiene autoperturbarse porque otra persona se ha comportado de forma desagradable con nosotros? Ninguno. Nadie en su sano juicio lo haría. Es pura locura egoica.

En el instante en el que desbloqueamos, sanamos y nos liberamos de los traumas inconsciente que estos maestros espirituales nos están reflejando, de pronto logramos aceptar a estas personas tal como son. No importa que ellas sigan actuando igual que siempre. Ya no nos molestan sus conductas ni nos perturbamos en su presencia. Puede que sigan sin caernos bien. O que sigamos sin estar de acuerdo con algo de lo que dicen o hacen. Pero al haber iluminado nuestra oscuridad ⎯y estar verdaderamente en paz con nosotros mismos⎯, el ego de estas personas ya no despierta el nuestro.

Así, lo único que nos queda en caso de tener que interactuar con ellas es practicar la compasión y la aceptación. No es que sintamos pena ni lástima, sino que comprehendemos el dolor que sigue habitando en su corazón y la ignorancia que sigue nublando su mente. Nuestros maestros espirituales no actúan así porque quieran. No lo hacen por maldad, sino por inconsciencia. Son meras marionetas de su lado oscuro. Sufren tanto que no pueden evitar comportarse del modo en el que suelen hacerlo. Quién sabe la batalla y los demonios internos con los que están librando en su propia alma.

En la medida en la que gozamos de más energía vital y de una mayor comprehensión, relacionarnos voluntariamente con este tipo de personas tan conflictivas se convierte en una oportunidad para trabajarnos interiormente. Son de gran ayuda para hacer consciente nuestro conflicto interior. Cabe señalar que nosotros también somos maestros espirituales para otras personas. En muchos casos este sentimiento es recíproco. Por más que nos cueste de creer, ahí fuera hay a quienes le caemos fatal. E incluso quienes no nos soportan. En este caso somos nosotros quienes les hacemos de espejo.

Sea como fuere, las personas conscientes y despiertas cada vez tienen menos maestros espirituales. Al haber iluminado sus sombras, casi nadie tiene el poder de ofenderlas. A su vez, tampoco tienden a decir o hacer algo que pueda servir de estímulo para que otros se ofendan. Su sabiduría les lleva a no tomarse nada ni nadie como algo personal, pues han comprehendido que la única relación auténtica y verdadera es la que mantienen consigo mismas. Y que efectivamente el resto de relaciones no son más que un juego de espejos y proyecciones. De ahí que en su vida cotidiana sean un ejemplo de felicidad, paz y amor.

Despertar pasa por darnos cuenta de que todo lo que supuestamente nos han hecho los demás en realidad nos lo hemos hecho a nosotros mismos a través de ellos. En la medida en que cae la identificación con el ego, cada vez nos sentimos más a gusto con todos y más cómodos con todo. Esencialmente porque comprehendemos que cuando vivíamos dormidos no veíamos realmente a los demás, pues estábamos cegados por los pensamientos que proyectábamos encima de ellos. Y lo mismo a la inversa. De pronto sabemos que nadie nunca nos ha juzgado a nosotros, sino que han venido juzgando lo que creían que éramos nosotros. El clic deviene cuando tomamos consciencia de que el yo del que hablan los otros no somos nosotros. Así es como cada vez nos vamos volviendo más pacíficos e imperturbables.

*Fragmento extraído de mi libro “Las casualidades no existen. Espiritualidad para escépticos”.
Te puedes descargar los primeros capítulos aquí, o adquirir el libro en este enlace.
Si eres más de cursos, te recomiendo que le eches un vistazo al curso “Las casualidades no existen. 50 claves de desarrollo espiritual para despertar y vivir conscientemente”.