Por Borja Vilaseca

«Pienso, luego existo».[1] Esta afirmación expresa uno de los errores más fundamentales de nuestra condición humana, pues equipara el pensamiento con el ser y la identidad con el pensar. En otras palabras, confunde el ego con nuestra verdadera esencia. Sin embargo, en el instante en que nos damos cuenta de que estamos pensando, esa consciencia no forma parte del pensar. Pero al estar tan identificados con la mente, creemos equivocadamente que somos el ‘yo’ que piensa, el cual nos hace creer que estamos separados de la realidad sobre la que está pensando. Y dado que la mente no calla nunca, estamos convencidos de que somos la voz parlanchina que escuchamos en la cabeza. Así es como el ego se hace pasar por nosotros, produciéndose -sin que nos demos cuenta- una suplantación de identidad.

Si bien nadie sabe exactamente de dónde proceden los pensamientos, se cree que surgen de los impulsos eléctricos generados por el cerebro a través de las neuronas. Lo que sí se sabe con certeza es que lo que creemos influye en lo que pensamos. Y lo que pensamos determina aquello en lo que creemos. Pensamientos y creencias se relacionan por medio de una puerta giratoria. Así, un pensamiento repetido muchas veces -y sostenido en el tiempo- termina convirtiéndose en una creencia. Y una creencia muy arraigada en nuestra mente fomenta la aparición de una serie de pensamientos que la reafirman.

Y entonces, ¿qué es un pensamiento? Se trata de una representación mental de una supuesta realidad. Los pensamientos son irreales y carecen de sustancia. No podemos tocarlos. Ni tampoco olerlos. No existen en el plano físico. Son un producto de nuestra imaginación. De ahí que nuestra mente sea -literalmente- una fábrica de creación compulsiva de historias ficticias e ilusorias. Y que nosotros seamos -sin quererlo ni saberlo- los productores, directores, guionistas, actores principales y secundarios de la película de nuestra vida.

Cada pensamiento es como una alfombra mágica, la cual nos transporta a mundos fantásticos e inexistentes. Al subirnos en ellos y creernos los cuentos que nos cuentan caemos en un profundo sueño. Y al perdernos en el laberinto de nuestra mente, perdemos la conexión con la realidad de lo que verdaderamente está sucediendo en el momento presente. Es entonces cuando creamos inconscientemente un sinfín de conflictos mentales -que nada tienen que ver con la realidad real-, experimentando toneladas de sufrimiento.

Mientras vivimos dormidos -desconectados del ser esencial-, estamos convencidos de que las mentiras que nos cuentan los pensamientos son verdad. Y como consecuencia creemos que las interpretaciones subjetivas y distorsionadas que hacemos de la realidad son la realidad en sí mismas. Sin embargo, «no vemos el mundo como es, sino como somos nosotros».[2] El mundo es una gran pantalla en la que proyectamos lo que llevamos dentro. Y también un enorme espejo en el que nos vemos reflejados.

A este mecanismo de «proyección» también se lo conoce como «la ley del espejo», según la cual todas las palabras que utilizamos para etiquetar lo que percibimos dicen mucho más acerca de nosotros que de la realidad externa que estamos etiquetando. Son un fiel reflejo de nuestra realidad interior. Cuando vivimos identificados con la mente y tiranizados por el ego, nuestra concepción de la vida está limitada por los límites inherentes al lenguaje y por las limitaciones de nuestro escaso vocabulario.

LOS OJOS DEL OBSERVADOR
“El día que le enseñas a un niño el nombre de un pájaro, deja de ver a ese pájaro para siempre.”
(Jiddu Krishnamurti)

Lo que llamamos «realidad» no está fuera, sino dentro de nuestra mente, en nuestros pensamientos. Prueba de ello es que no todas las personas vemos lo mismo ante un mismo hecho. Cada uno vemos un reflejo de lo que llevamos dentro. Así, una misma situación -o una misma cosa- puede tener grados de importancia y significación distintos en función del nivel de comprehensión y consciencia de quien lo está observando. Por ejemplo [3], para un animal un objeto determinado puede ser visto como «una forma blanca y negra»; un indígena que ha vivido toda su vida en la selva -apartado de cualquier civilización moderna- puede verlo como «algo rectangular y flexible que presenta una serie de extraños símbolos». 

Por otro lado, un niño puede pensar que es «un libro»; un adulto cualquiera puede considerar que es «un tipo particular de ensayo que hace afirmaciones incomprensibles -e incluso ridículas- sobre la realidad»; en cambio, un experto en física cuántica puede apreciar que se trata de «un brillante tratado sobre cosmología que abre nuevos horizontes acerca del verdadero funcionamiento del universo».

En cada caso, el fenómeno observado sigue siendo el mismo, pero su nivel de importancia y significación depende de la mirada de cada observador. El animal no es capaz de ver lo que ve el indígena, que tampoco puede ver lo que ve un niño. A su vez, el chaval no es capaz de ver lo que ve un adulto cualquiera, cuya mirada no alcanza a ver lo que ve un experto en física cuántica. Si bien las afirmaciones de estos cinco observadores son parcialmente ciertas, todos ellos a excepción del experto en física cuántica ignoran que el objeto tiene una utilidad, un sentido y un significado mucho mayor del que pueden reconocer. Y por ende, tampoco saben lo que se están perdiendo…

Cabe señalar que en general no elegimos nuestros pensamientos, sino que devienen de forma involuntaria, mecánica y automática. Y tienden a ser monótonos y repetitivos, adentrándonos en bucles mentales de los que es muy difícil salir. Si bien el ego nos engaña y manipula -haciéndonos creer que somos el autor de lo que pensamos-, en realidad nosotros no pensamos. Pensar es una actividad que nos ocurre. La voz parlanchina que habita en nuestra cabeza tiene voluntad y vida propias. De ahí que estemos tiranizados por la mente y poseídos por el pensamiento.

Además, cuanto más enganchados estamos a la mente, más compulsivo se vuelve el pensamiento. Y cuanto mayor es el torrente de pensamientos que inundan nuestra mente, mayor se vuelve la identificación con este yo ficticio. Se trata de un círculo vicioso por medio del que llega un momento en que somos incapaces de dejar de pensar. Es entonces cuando nuestra mente se vuelve demente y nuestro pensar, completamente neurótico.

Para salir de este matrix mental es fundamental dejar de creernos todo lo que pensamos. Solo entonces descubrimos que no somos la mente. Ni tampoco el yo que piensa. Esta revelación es el germen de nuestro despertar. Y como consecuencia de esta toma de consciencia podemos observar la mente y empezar a cuestionar los pensamientos, lo cual transforma nuestra experiencia de vida.

Con el tiempo y la práctica, la autoobservación y la autoindagación nos llevan a recuperar la cordura y la lucidez. Y es entonces cuando empezamos a ser capaces de distinguir la realidad real que sucede en cada momento de aquello que percibimos, interpretamos y distorsionamos subjetivamente a través del lenguaje y los pensamientos. Diferenciar entre lo uno y otro es lo que distingue a los sabios de los ignorantes y a los despiertos de los dormidos.

[1] De René Descartes.

[2] Aforismo de Immanuel Kant.

[3] Extraído del libro Trascender el ego, de Roger Walsh y Frances Vaughan.

*Fragmento extraído de mi libro “Las casualidades no existen. Espiritualidad para escépticos”.
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