Por Borja Vilaseca

La infancia nos deja multitud de heridas en relación con nuestros padres. Para estar en paz con nosotros mismos no nos queda más remedio que dejar de culparlos y aprender a perdonarlos.

Ya nos hemos olvidado, pero cuando éramos niños pequeños vivíamos en un estado de inocencia, en el que no había lugar para la moral, el juicio o la culpa. Tampoco había separación entre nosotros y lo de afuera. Sin embargo, para poder sobrevivir, lenta y progresivamente nos fuimos identificando con el ego, descubriendo el victimismo, la queja y la reactividad.

Por aquel entonces nos era imposible comprender que todo lo que necesitábamos para ser felices residía en nuestro interior. Enseguida nos convertimos en el centro de nuestro diminuto Universo. A pesar de nuestra mirada dulce y angelical, en demasiadas ocasiones actuábamos cuál déspota emperador, tratando a papá y mamá como si fueran nuestros súbditos.

Al no poder valernos emocionalmente por nosotros mismos, esperábamos que nuestros padres saciaran nuestras necesidades, satisficieran nuestros deseos y cumplieran nuestras expectativas. Y en caso de no hacerlo, solíamos romper a llorar desconsolados, gritando y pataleando como si fuera el fin del mundo.

También esperábamos que nos quisieran incondicionalmente, que nos hicieran sentir protegidos y, en definitiva, que siempre estuvieran ahí para nosotros, dándonos en todo momento el cariño, la seguridad y el afecto que tanto necesitábamos. Evidentemente, poco a poco empezamos a sufrir por no sentir saciadas nuestras necesidades, por no ver satisfechos nuestros deseos y por no cumplirse nuestras expectativas.

ETERNA ADOLESCENCIA
“Los primeros cuarenta años de infancia son siempre los más difíciles.”

(Anónimo)

Cuando éramos niños pequeños nos perturbábamos porque nuestros padres nos obligaban a ir al cole, en vez de quedarnos remoloneando en la cama. Nos enfadábamos por tener que comer fruta y verdura, en vez de los dulces que tanto nos gustaban. Nos enfurecíamos por tener que irnos a dormir, en vez de seguir jugando. Y en definitiva, nos frustrábamos por tener que obedecer sus directrices, en vez de hacer en todo momento lo que nos diera la gana.

En escasas ocasiones empatizábamos con nuestros padres. Estábamos tan llenos de nosotros mismos que nos era difícil verlos a ellos. Y así fuimos creciendo, acumulando en nuestro interior dosis de resquemor por el ‘daño’ que creíamos que nuestros progenitores nos estaban haciendo. Y justo en el instante en el que entramos en la adolescencia, la bola de malestar que habíamos estado amasando a fuego lento estalló, declarando oficialmente la guerra a nuestros padres.

La adolescencia es una etapa de nuestra vida que se sabe cuándo empieza, pero no cuando termina. El paso de los años no es lo que nos convierte en adultos maduros, sabios y responsables. Ni mucho menos. Prueba de ello es que hay muchas personas de más de cuarenta años que siguen comportándose como niños pequeños.

Lo que nos permite evolucionar hasta este nuevo estadio de consciencia es comprometernos con nuestro trabajo interior. Y para lograrlo hemos de hacer algo extraordinario: mirarnos en el espejo y darnos cuenta de que el verdadero problema de nuestra vida es provocado por nuestro egocentrismo. Nuestro mayor desafío existencial es dejar de vernos como el ombligo del mundo para tomar distancia, aprender a relativizar y gozar de una nueva perspectiva. Solo así podremos dar el primer paso para sanar y transformar las heridas de nuestra infancia.

HECHOS VS INTERPRETACIONES
“La experiencia no es lo que nos pasa, sino la interpretación que hacemos de lo que nos pasa”

(Aldous Huxley)

Se cuenta que había un padre paciente y cariñoso que estaba jugando con su hija y su hijo, de 6 y 4 años, respectivamente. Les estaba haciendo tantas cosquillas que los niños no podían parar de reír. En un momento dado, inundado por el inmenso amor que sentía, aquel hombre les dijo: “Hijos míos, ¡os quiero con todo mi corazón!”

Seguidamente la hija mayor le preguntó, muy seria: “Ya papi, pero ¿a cuál de los dos quieres más?” Ante la atenta mirada de ambos, el padre le contestó: “Os quiero a los dos por igual”. Y nada más decirlo abrazó tiernamente a sus dos retoños. Sin embargo, aquella respuesta no contentó a la niña, que insistió, esta vez con un tono mucho más incisivo: “Papi, dinos la verdad: ¿a cuál de los dos quieres más?”

El hombre, sabiendo en el jardínen el que su hija le estaba metiendo, eligió cuidadosamente sus palabras y dijo: “Os quiero a los dos por igual. Eso sí, como hija te quiero más a ti. Y como hijo lo quiero más a él.” Orgulloso de sí mismo, pensó que de esta forma acababa de zanjar el asunto. Pero, para su sorpresa, a la niña se le comenzaron a inundar los ojos de lágrimas. Y mientras lloraba desconsoladamente, empezó a gritar: “¡No me quieres nada! ¡No me quieres nada!”

El hermano menor, por su parte, comenzó a imitar a su hermana mayor. Y de forma automática se puso a berrear, al tiempo que sollozaba: “¡A mí tampoco me quieres! ¡No me quieres nada!” Atónito, el padre observó como el llanto de uno retroalimentaba el del otro. Y ambos niños estuvieron llorando y pataleando durante cinco minutos, alegando que su padre no los quería.

Irónicamente, esta dramática escena tuvo su origen en un momento de profunda conexión amorosa de un padre con sus hijos. Y por más surrealista que pueda parecer, el detonante fue el hecho de expresar: “Hijos míos, ¡os quiero con todo mi corazón!”

TRAUMAS DE INFANCIA
“Es imposible estar en paz contigo mismo si sigues en guerra con tus padres; y no puedes estar en paz con tus padres si sigues en guerra contigo mismo.”

(Irene Orce)

Si bien como padres y madres somos 100% responsables de los estímulos diarios que emitimos a nuestros hijos en forma de palabras, actitudes, conductas y decisiones, en última instancia no somos culpables de cómo ellos las están interpretando, procesando y digiriendo subjetivamente en base al momento evolutivo en el que se encuentran. No en vano, están plenamente identificados con sus mini-eguitos.

A su vez, los niños pequeños tampoco son culpables. Viven en un estado de inconsciencia, no tienen poder sobre sí mismos y son víctimas de su propia ignorancia. De ahí que no haya nadie a quien culpar. De hecho, eliminemos la esta palabra “culpa” de nuestro vocabulario y sustituyámosla por “responsabilidad”.

Hagamos lo que hagamos como padres y madres, nuestros hijos van a perturbarse a sí mismos durante muchísimos años, llorando, pataleando y sufriendo por no ser capaces de gestionar sus pensamientos y emociones. Esta es la razón por la que absolutamente todos los seres humanos, cuando entramos en la edad adulta, arrastramos algún trauma con respecto a lo vivido durante nuestra infancia.

Si ya de por sí los niños se generan a sí mismos heriditasemocionales por deformar infantilmente la realidad, imaginemos el dolor que pueden llegar a experimentar debido a la falta de amor, el rechazo o el abandono. Y ya no digamos en casos de verdaderos abusos o maltratos, tanto físicos como psicológicos, por parte de sus progenitores.

SANAR A NUESTRO NIÑO INTERIOR
“El único amor que verdaderamente necesité durante mi infancia fue aquel que no fui capaz de darme a mí mismo.”

(Clay Newman)

Del mismo modo que es muy fácil cortar la mantequilla, los niños son tremendamente frágiles y vulnerables. Para muchos, la infancia evoca el recuerdo de un cuchillo afilado, empuñado por la mano de nuestros padres, el cual ha dejado una dolorosa herida en nuestro corazón.

Sin embargo, como adultos somos 100% responsables de transformar el legado emocional de lo que significaron los primeros años de nuestra vida. Si de verdad estamos interesados en sanar nuestra infancia y curar nuestras heridas, es necesario separar el grano de la paja. Es decir, diferenciar entre lo que pasó –los hechos– y lo que experimentamos, lo cual tiene que ver con la interpretación subjetiva y distorsionada que hicimos de los hechos. Básicamente porque ahora sí tenemos el poder de hacerlo.

Pasara lo que pasara durante nuestra infancia, todos albergamos un niño (o una niña) herido, asustado y abandonado en nuestro interior, hambriento de cariño, afecto y amor. Al proceso de curar este trauma infantil se lo conoce como “sanar a nuestro niño interior”. Y esto pasa porque, como adultos, reinterpretemos los hechos que sucedieron durante nuestra infancia con la madurez, objetividad y sabiduría de la que podemos gozar hoy.

Evidentemente este proceso de sanación es dolorosísimo, pues nos confronta con nuestros propios demonios internos. No en vano, tarde o temprano nos lleva a revivir escenas muy incómodas de nuestro pasado. De ahí que con tal de no adentrarnos en esta habitación oscura, repleta de fantasmas, muchos queden anclados en el rol de víctimas, siguiendo culpando inconscientemente a sus padres por todo lo que no marcha bien en sus vidas.

Evidentemente que nuestros padres tienen su parte de responsabilidad por la forma en la que nos trataron. También es cierto que no supieron hacerlo mejor. No se trata de justificarlos, sino de practicar la compasión. Es decir, comprender el dolor, la ignorancia y la inconsciencia que les llevó a hacer lo que hicieron. Solemos quejarnos de nuestra mochila emocional, pero seguramente que la de nuestros padres es bastante más pesada que la nuestra. Y si no, echemos un vistazo a lo que debió de ser su infancia, comprendiendo el modo en que fueron tratados por sus propios padres, nuestros abuelos.

CÓMO PERDONAR A TUS PADRES
“Lo que sucede es lo que es y lo que hacemos con ello es lo que somos”.

(Proverbio zen)

Hacernos mayores y convertirnos en adultos pasa por madurar y pasar página. Y esto implica abandonar cualquier postura victimista, dejando de culpar a nuestros padres por la persona en la que nos hemos convertido. Y empezar, de una vez por todas, a asumir nuestra parte de responsabilidad, comprometiéndonos con sanar a nuestro niño o niña interior.

Perdonar a nuestros padres implica comprender que nadie ni nada tiene el poder de hacernos daño emocionalmente sin nuestro consentimiento. Principalmente porque nuestro sufrimiento no tiene que ver con lo que pasa, sino con lo que interpretamos acerca de esos mismos hechos. Así, perdonar a papá y a mamá pasa por perdonarnos a nosotros mismos primero, comprendiendo que fue del todo imposible que lo pudiéramos haber hecho mejor.

Solo de este modo podemos solucionar nuestro auténtico problema: la identificación infantil con el ego. Este mecanismo de supervivencia emocional que desarrollamos para protegernos cuando vivíamos inconscientemente. No en vano, como adultos ya no lo necesitamos, pues nos damos cuenta de que podemos amarnos a nosotros mismos, abrazando al niño (o niña) que sigue habitando en nuestro interior.

Quienes nos hemos atrevido a emprender este doloroso proceso de aprendizaje, sanación y transformación solemos llegar a una misma conclusión: que lo que nos ha sucedido a lo largo de la vida no fue lo que queríamos, pero sí lo que necesitábamos para crecer, madurar y evolucionar. Es decir, que incluso el modo en el que fuimos tratados por nuestros padres durante nuestra infancia, podemos aprovecharlo para conocernos y descubrir la forma de estar verdaderamente en paz con nosotros mismos. De hecho, esta resiliencia es lo que nos convierte en personas adultas.

En el preciso momento en que conquistamos nuestro bienestar emocional, de pronto nos resulta mucho más sencillo soltar el hacha de guerra y empezar, por fin, a estar en paz con nuestros padres. Como dijo Milton Erickson, “nunca es tarde para tener una infancia feliz”.

Si quieres profundizar sobre este tema, te invito a que veas la conferencia “Sanar a nuestro niño interior”.