Por Borja Vilaseca

Este cuento filosófico explica que el mundo es un fiel reflejo de cómo pensamos y nos comportamos la mayoría; de ahí la importancia de que cada uno de nosotros se convierta en el cambio que queremos ver en él.

Había una vez un científico muy erudito que vivía encerrado en su laboratorio, tratando de hallar la fórmula para cambiar el mundo. Pero pasaban los años y no encontraba la solución que andaba buscando. Cierto día, su hija de siete años invadió su despacho decidida a ayudarlo. Ante la imposibilidad de sacarla de ahí, el científico arrancó una página de una revista en la que aparecía una imagen del mundo y la recortó a modo de puzle en decenas de pedazos. 

«Mira, hija» –le dijo–, «aquí tienes el mundo todo roto. El juego consiste en que lo recompongas de nuevo». Dado que aquella niña jamás había visto la imagen del mundo, el científico calculó que tardaría por lo menos un par de días de arreglarlo. Sin embargo, solo unos minutos después oyó la voz de su hija que le llamaba entusiasmado: «¡Papá, ya está arreglado!» El científico levantó los ojos de sus anotaciones y, estupefacto, comprobó que todos los pedazos habían sido colocados en su sitio exacto. «¿Cómo es posible que lo hayas terminado tan rápido?» –le preguntó, incrédulo. 

Y la niña, sonriente, le contestó: «Cuando me has dicho que arreglara el mundo, lo he intentado, pero no he sabido cómo hacerlo. Entonces me he acordado que cuando has arrancado la hoja de la revista, en el otro lado aparecía la figura de un hombre, que sí que sé como es. Y al darle la vuelta a los pedazos de papel, he empezado a arreglar el hombre. Una vez he conseguido arreglar el hombre, le he dado nuevamente la vuelta a los papelitos y así es como he arreglado el mundo».

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Cuento extraído del libro «Regálame la salud de un cuento», de Juan Carlos Bermejo.