Por Borja Vilaseca

La pandemia del COVID-19 representa el doloroso proceso global de enfermedad depurativa de la humanidad y de destrucción creativa del sistema, por medio de las cuales va a morir lo viejo y nacer lo nuevo.

La humanidad está siendo “atacada” por un virus muy contagioso: el COVID-19, más conocido como “coronavirus”. Según fuentes oficiales, el primer caso apareció el pasado 1 de diciembre de 2019 en la ciudad de Wuhan, en China. Y 100 días más tarde –el 11 de marzo de 2020–, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró finalmente esta enfermedad como una “pandemia”.

Mientras escribo estas líneas, hay más de 200.000 infectados en todo el mundo y más de 8.000 fallecidos. Y a pesar de que los gobiernos están instando a la población a quedarse confinada en sus casas, el coronavirus sigue extendiéndose rápidamente por casi todos los países del mundo. Lo cierto es que las cifras de infectados y de fallecidos siguen creciendo exponencialmente. La gran mayoría de muertos son personas mayores de 70 años, muchas de las cuales tenían enfermedades previas, así como problemas respiratorios.

A día de hoy todavía no se cuenta con un tratamiento médico efectivo contra el COVID-19 ni tampoco con una vacuna que lo cure. Este virus causa una enfermedad parecida a la gripe, cuyos síntomas incluyen fiebre, dificultades respiratorias y tos. En casos graves también puede producir neumonía. Afortunadamente, más de 80.000 afectados ya se han recuperado.

El coronavirus se propaga a través del aire, por medio de las gotículas procedentes de la nariz o la boca que salen despedidas cuando una persona infectada exhala, tose o estornuda a menos de un metro de otra. A su vez, este contagio también se produce cuando alguien toca superficies u objetos impregnados por dichas gotículas y luego se lleva la mano a la nariz, la boca o los ojos.

Con el objetivo de aplanar la curva de contagios, en las redes sociales se ha hecho viral el lema #YoMeQuedoEnCasa. Esta es la razón por la que millones de seres humanos estamos ahora mismo encerrados voluntariamente en nuestros hogares. Y gracias a internet y las nuevas tecnologías estamos todos enchufados a la realidad digital, esperando a ver cómo se desarrollan los acontecimientos en el mundo real. Parece que la vida nos está invitando a detenernos y dedicar tiempo a reflexionar.

LA ENFERMEDAD COMO MAESTRA
“La enfermedad es el esfuerzo que hace la naturaleza por curar al ser humano.”
(Carl G. Jung)

Llegados a este punto, ¿por qué y para qué la humanidad está siendo infectada por este contagioso virus? ¿Qué función tiene el coronavirus? ¿Y qué podemos hacer cada uno de nosotros, de forma individual, para sacar lo mejor de una situación tan extrema? Antes de compartir mi punto de vista sobre este delicado asunto, por favor no te creas nada de lo que voy a contarte. En la medida de lo posible verifícalo a través de tu propia experiencia. Principalmente porque me voy a poner muy hierbas…

En mi opinión, el coronavirus es el detonante que este mundo necesita para hacer tocar fondo definitivamente al sistema (y a millones de seres humanos), como paso previo a una época oscura que irremediablemente conducirá al despertar de una parte de la humanidad. Y no por los efectos que está causando en el corto plazo a nivel de salud (contagios, muertes, aislamiento temporal, hospitales saturados, etc…), sino por las consecuencias macroeconómicas que este virus va a traer a medio plazo.

Si bien hacía tiempo que intuía que la crisis sistémica estaba a la vuelta de la esquina, jamás hubiera imaginado que el detonante llegaría en forma de virus. De hecho, el pasado 18 de julio de 2019 durante la conferencia El invierno se acerca. Claves para afrontar el cambio de era comenté que en 2020 íbamos a presenciar el inicio del colapso del sistema. De ahí que utilizara la expresión inglesa “winter is coming”, la cual procede de la saga de Juego de tronos, de George R. Martin. Y alude a que “hemos de estar preparados para lo que venga”. A su vez, el pasado 14 de marzo de 2020 compartí el vídeo La función del coronavirus, en el que me mojé, diciendo que “winter is here”, cuya traducción es “el invierno ya está aquí”. Es decir, que aquello que tenía que venir ya ha llegado.

Teorías de la conspiración al margen, lo cierto es que no importa tanto por qué ha sucedido. Lo verdaderamente importante es saber para qué está sucediendo. “Lamentablemente”, la función de esta pandemia global es fomentar la evolución de la consciencia de la humanidad. Y para que ésta se realice con éxito, primero hemos de ser conscientes de nuestra propia inconsciencia. Es decir, conocer muy bien nuestra sombra y lado oscuro para poder iluminarlo y convertirlo en luz.

En este sentido, el coronavirus –como cualquier otro virus– está enfermando al sistema, el cual –como organismo vivo–, está sacando toda la basura que ya tenía dentro. Y por favor, no caigamos en el error de culpar al COVID-19. Su función está siendo la de aflorar las cloacas de este sistema insostenible forjado a base de deuda, corrupción, malversación, delirio y derroche. Tanto es así, que la respuesta que está teniendo el propio sistema consiste en inyectar cientos de miles de millones en la economía para paliar los efectos financieros de este virus en el corto plazo. Es como intentar apagar un incendio echándole cubos llenos de gasolina. La incómoda verdad es que el sistema es un yonki completamente adicto a la deuda. Me da la sensación de que a lo largo del próximo año va a morir de sobredosis. Preparémonos para vivir el proceso de desintoxicación…

Y en segundo lugar, cabe señalar que ahora mismo estamos todos infectados psicológicamente por el coronavirus. De hecho, al haberse instalado como un okupa en el inconsciente colectivo de la sociedad, durante meses no se va a hablar de otra cosa. Y lo queramos o no ver, este proceso de enfermedad depurativa nos está afectando a cada uno de nosotros individualmente.

Prueba de ello es que también está sacando la mierda que cada uno de nosotros lleva dentro. Ignorancia. Confusión. Incertidumbre. Borreguismo. Inconsciencia. Perturbación. Negación. Miedo. Agresividad. Inmadurez. Soberbia. Infelicidad. Frustración. Preocupación. Irresponsabilidad. Egocentrismo. Autoengaño. Codicia. Rabia. Tristeza. Victimismo. Reactividad. Ansiedad. Envidia. Sufrimiento. Violencia. Evasión. Mediocridad. Avaricia. Culpa. Histeria. Pánico. Hipocresía. Neurosis. Y sobre todo, paranoia. Muchísima paranoia.

EL MUNDO DESPUÉS DEL CORONAVIRUS
“La adversidad tiene el don de despertar talentos que en la comodidad hubieran permanecido dormidos.”
(Horacio)

Estamos ante un acontecimiento de tal envergadura y magnitud, que con el paso del tiempo nos referiremos a él utilizando expresiones como “antes del coronavirus” y “después del coronavirus”. Sin embargo, el estado de shock en el que se encuentra la gran mayoría le impide ver lo que verdaderamente está sucediendo. El coronavirus es el instrumento que ha utilizado la vida para adentrarnos definitivamente en un cambio de era. Una vez venzamos y superemos la pandemia –conteniendo y mitigando sus efectos en el ámbito de la salud y la sanidad–, tomaremos consciencia de que jamás volveremos a nuestra antigua realidad. Nos encontraremos frente a un nuevo escenario macroeconómico muchísimo más duro, hostil y oscuro que el que vivimos durante la crisis de 2008.

No es descabellado afirmar que vamos a vivir la peor crisis de la historia, entrando en un periodo de recesión económica profunda y aguda, durante el que la destrucción creativa va a alcanzar su máxima expresión. Vamos a ser testigos de cómo se desmantela y desmorona el modo en el que el sistema ha venido haciendo las cosas, dando lugar a uno nuevo. Y a lo largo de este proceso van a destruirse cientos de sectores, miles de empresas y millones de puestos de trabajo. El denominador común de todos ellos es que hace tiempo que habían quedado obsoletos y ya no se corresponden con el nuevo escenario socioeconómico emergente.

Una vez finalice la crisis coyuntural generada por el coronavirus, comenzará la crisis estructural que esté sistema insostenible ha venido parcheando y posponiendo desde hace demasiados años. Todo lo que forme parte del obsoleto, decadente e insostenible viejo paradigma va a morir y desaparecer. A su vez, lenta y paulatinamente empezará a nacer y emerger con fuerza un nuevo paradigma, basado en la consciencia y la sabiduría, con el que se iniciará –en complicidad con las nuevas tecnologías– uno de los periodos más innovadores, disruptivos, creativos, luminosos y revolucionarios de la historia. A esto se refiere la expresión “el momento más oscuro de la noche es justo antes del amanecer”.

Dicho de forma poética, la humanidad va a experimentar su propia “noche oscura del alma”. Es decir, un proceso de metamorfosis cultural. Ahora mismo todos somos larvas condenadas a entrar en una crisálida para salir transformadas como mariposas. Quien se resista a cambiar, transformarse y evolucionar va a experimentar un dolor y un sufrimiento muy profundos. Lo cierto es que la gran mayoría va a llegar a una saturación de sufrimiento, la cual puede generar un despertar masivo de consciencia sin precedentes en toda la historia de la humanidad.

Si bien ningún partido político se atreve a reconocerlo públicamente, las clases sociales más desfavorecidas serán nuevamente las más perjudicadas y castigadas por esta crisis sistémica. Tanto es así, que quedarán laboralmente obsoletas, quedando a merced de gobiernos populistas cada vez más totalitarios, quienes les prometerán seguridad a cambio de su libertad. Sin embargo, muchas de estas promesas se las llevará el viento. Principalmente porque los estados están completamente endeudados –al borde de la quiebra– y apenas habrá dinero para seguir comprando sus votos con subvenciones públicas. En esta nueva era se acabó eso de dar pescado. La nueva consigna es que quien quiera sobrevivir y prosperar no le queda más remedio que aprender a pescar.

Frente a este contexto de incertidumbre e inestabilidad, hoy más que nunca hemos de dedicar tiempo y energía a conocernos a nosotros mismos, cuestionando nuestras viejas creencias para cambiar de actitud frente a la vida. No tengamos miedo a perder lo que teníamos porque en realidad no nos pertenecía. Y tampoco temamos tocar fondo. Confiemos en que aprenderemos a levantarnos con la ayuda del suelo, iniciando el maravilloso y necesario proceso de transformación personal y de reinvención profesional. Solo así podremos convertirnos –cada uno de nosotros individualmente– en el cambio que este mundo tanto necesita.

En vez de dejarnos vencer por el miedo y la ansiedad originados en nuestra mente, más bien aprovechemos el actual contexto para sacarle el polvo a la valentía y el coraje que residen en nuestro corazón. Sabios de todos los tiempos nos han recordado una y otra vez que todo lo que sucede en nuestras vidas es neutro, perfecto y necesario para aprender, crecer y evolucionar. Ojalá estemos a la altura de los retos y desafíos que se avecinan. Algún día les contaremos a nuestros nietos cómo era la vida antes del coronavirus y no se lo podrán ni creer. De nosotros depende que después del coronavirus la suya sea mucho más plena y próspera que la nuestra.