Por Borja Vilaseca

Una de las verdades incómodas de nuestro tiempo es que vamos directos hacia el «ecocidio»; es decir, el suicidio ecológico de la humanidad causado por la destrucción de la naturaleza que posibilita nuestra existencia.

No podemos preservar el sistema. Nuestra prosperidad material tiene un precio mucho mayor del valor que nos ha venido aportando. Estrés. Vacío. Infelicidad. Depresión. Paro. Inflación. Deuda. Esclavitud. Pobreza. Hambre. Guerra. Saqueo. Destrucción. Contaminación. Calentamiento global. Efecto invernadero. Desechos. Desperdicios. Basura…

La Tierra alberga un parásito que está arrasando con todo, poniendo en peligro la vida del resto de ecosistemas. Pero el planeta, como organismo vivo, sabe perfectamente que sobrevivirá. Y que tarde o temprano se regenerará, tal y como lo ha hecho en épocas anteriores. Sin embargo, la especie humana tal vez no lo consiga. Muchos ya hablan de «ecocidio».[i] Al matar a la naturaleza, estamos provocando el suicidio en masa de la humanidad.

A lo largo del último siglo hemos utilizado a la Tierra de laboratorio involuntario, vertiendo en ella nuestra contaminación industrial, nuestros residuos tóxicos, así como las emanaciones de nuestras quemas de combustibles fósiles. Y lo hemos hecho a escala global, con una intensidad inimaginable en épocas anteriores. A menos que tomemos las medidas necesarias para remediarlo, no seremos la primera civilización que se autodestruye, llegando al colapso y, por ende, al borde de su extinción.[ii]

Los paralelismos entre el ecocidio de la Isla de Pascua y el mundo moderno son indiscutibles. La globalización hace que todos los países del planeta compartan recursos naturales y se afecten mutuamente, del mismo modo que lo hacían las tribus de la isla. A día de hoy somos 7.000 millones de personas. Y seguimos creciendo, consumiendo y devorando los escasos recursos naturales existentes. De hecho, nuestro mayor miedo es que se detenga el crecimiento y nuestro mayor deseo, seguir creciendo. Bastaron sólo 30.000 pascuenses -utilizando únicamente herramientas de piedra y su propia fuerza muscular- para destruir su medio ambiente y hacer desaparecer su sociedad. ¿Cuántos más consumidores harán falta para destruir la biosfera que permite nuestra existencia en la Tierra?[iii]

Aunque nadie sabe exactamente cuándo ni cómo, tarde o temprano nos veremos forzados a evolucionar. En las pancartas de los movimientos ecológicos más vanguardistas ya no pone “¡Salvemos al planeta de la humanidad!”, sino “¡Salvemos a la humanidad de sí misma!” Está por ver que seamos más inteligentes que los antiguos habitantes de la Isla de Pascua, y sepamos poner remedio a lo que se avecina. La Era del Conocimiento tiene su revolución ecológica pendiente.

LA CIENCIA DE LA BIOMÍMESIS
«Sólo podemos dominar la naturaleza si la obedecemos.»
(Francis Bacon)

Movimientos como «la economía azul»[iv] o «la economía del bien común»[v] proponen un sistema económico alimentado por energías limpias y renovables. La nueva ciencia económica se llama «biomímesis». Esta palabra está compuesta por «bio», que quiere decir «vida» y «mimesis», que significa «imitar». Así, la biomímesis estudia la naturaleza como fuente de inspiración, aprendizaje y creatividad para diseñar nuevas tecnologías innovadoras que nos permitan resolver los conflictos económicos y ecológicos contemporáneos. Y lo hace basándose en los modelos, sistemas, estructuras, procedimientos y procesos que emplea la naturaleza a la hora de funcionar y conservarse.[vi]

Cabe señalar que la naturaleza lleva a la especie humana millones de años de ventaja en este viaje evolutivo y adaptativo que es la vida. De ahí en vez de tratar de superarla y dominarla, sea más inteligente copiarla e imitarla. Principalmente porque la solución de todos nuestros problemas ecológicos se encuentra en la inteligencia de la naturaleza. Es el único modo de vida 100% ecológico y sostenible. Como sistema económico, la naturaleza ha perfeccionado el arte de economizar los recursos. No genera residuos ni desperdicios. Y se rige por medio de ciclos circulares y cerrados, donde todo es biodegradable. Para la naturaleza la basura no existe. Todo lo que forma parte de ella puede aprovecharse, reciclarse y reutilizarse, transformándose en energía con la que nutrir y alimentar a otros ecosistemas.[vii]

Por el contrario, el sistema económico diseñado por los seres humanos es completamente abierto y lineal. Esta es la razón por la que la inmensa mayoría de desperdicios generados terminan en el vertedero, convirtiendo el mundo en un gran basurero. Y encima muchos de ellos son altamente tóxicos. El problema de fondo es el que diseño de este modelo industrial es inherentemente defectuoso. De ahí que la solución consista en rediseñar los productos, así como los procesos de extracción, producción, transporte, consumo y desecho que componen «la economía de los materiales».[viii]

Así, la biomímesis pretende extrapolar a nuestra sociedad el modo en el que la naturaleza hace lo que hace, diseñando un sistema económico integrado en un ciclo circular, cerrado e inherentemente restaurador. El reto consiste en que una vez concluya la vida útil de un producto pueda reciclarse o reutilizarse, aportando algún tipo de valor a otro proceso productivo. A diferencia de los plásticos convencionales -hechos con petróleo y que tardan 400 años de degradarse-, los plásticos biodegradables son capaces de integrarse nuevamente en la naturaleza a través de procesos de compostaje, sin emitir ningún tipo de tóxico o contaminante.[ix]

Por supuesto, este cambio sistémico sucederá cuando el beneficio económico por actuar de forma ecológica y sostenible sea superior a no hacerlo. Debido a que los precios y los costes están divorciados en el mercado, tenemos una economía en la cual los negocios que son mucho más eficientes que sus competidores no pueden competir con empresas que no tienen en cuenta estas externalidades. El día que las personas y organizaciones que contaminan, paguen el precio de estos costes externos, se incentivará la creación y el consumo de productos y servicios medioambientalmente respetuosos y sostenibles.[x]

LA PARADOJA DEL DECRECIMIENTO
«Los grandes avances en la historia de la humanidad se han conseguido siguiendo mejores recetas, no cocinando más.»
(Paul Romer)

A lo largo de la Era del Conocimiento va a seguir creciendo nuestra consciencia ecológica, afectando a la cantidad y calidad de nuestro consumo. Y una de las palabras que más van a ponerse de moda es «sostenibilidad». Su definición clásica la describe como la habilidad de satisfacer las necesidades de la actual generación sin sacrificar la capacidad de futuras generaciones de satisfacer sus propias necesidades. En esencia, la sostenibilidad implica hacer un uso inteligente de los recursos de los que dependemos para sobrevivir. Si talamos más madera de un bosque de la que es capaz de producir, terminamos matando el bosque, tal y como sucedió en Rapa Nui. En cambio, si se aprende a extraer madera por debajo de un límite, siempre habrá madera disponible.

Sin embargo, en un mundo gobernado por la religión del crecimiento, hablar de decrecer material y económicamente es insensato e incluso, blasfemo. Fundamentalmente porque estamos cegados por lo superfluo, marginando constantemente lo esencial. Pero, ¿en qué consiste el «decrecimiento»?[xi] Se trata de una corriente económica y ecológica que tiene como finalidad abandonar el objetivo del crecimiento por el crecimiento. Es decir, reducir de forma eficiente la extracción de recursos naturales, el uso de energía y la producción y el consumo de bienes y productos materiales, reduciendo así nuestra huella ecológica sobre el planeta.[xii]

El decrecimiento propone reducir el ritmo y la velocidad a la que vivimos. Disminuir la cantidad para mejorar la calidad. Pasar del bien-tener al bien-estar. Y también adaptar nuestro estilo de vida a los recursos naturales propios de la zona geográfica donde habitamos. Con el final del petróleo barato, producir y consumir energía lo más cercana posible se convertirá en una necesidad. A día de hoy todavía nos permitimos el lujo de comer fruta producida y transportada desde diferentes rincones del mundo, al mismo tiempo que la fruta que se produce al lado nuestro también se transporta y vende en el extranjero. El resultado es que unos y otros terminamos pagando más por una fruta que -en muchas ocasiones- es de menor calidad.[xiii]

Desde la perspectiva del decrecimiento, una economía puede desarrollarse sin crecer y crecer sin desarrollarse. Principalmente porque una cosa es el «crecimiento» (un proceso cuantitativo, tangible y físico) y otra, bien distinta, el «desarrollo», relacionado con aspectos más cualitativos, intangibles y emocionales. Mientras que una economía en crecimiento se hace mayor, una economía en desarrollo se hace mejor. Esta es la razón por la que apostar por el decrecimiento no implica acabar con el progreso.[xiv]

Todas las actividades humanas que no provocan un consumo irracional de materias irremplazables -o que no degradan de manera irreversible el medioambiente- pueden desarrollarse indefinidamente. Curiosamente, se trata de todo aquello le da un verdadero sentido a nuestra vida, como la salud, la familia, el amor, la amistad, la educación, la vocación, el arte, la gastronomía, el ocio, el voluntariado, el deporte, la naturaleza o la espiritualidad. Por el contrario, el consumo materialista como camino hacia la plenitud produce un coste ecológico más elevado que el valor psicológico que nos aporta, lo que nos hace más pobres en lugar de más ricos.

El imperativo externo de austeridad, prudencia, moderación, sobriedad, frugalidad y simplicidad vividos como una obligación moral es a la vez ineficaz y, a menudo, contraproducente. No se trata de condenar el consumo material, sino más bien de comprenderlo. Comprender que nos aleja del bien-estar, quedando atrapados en el laberinto del bien-tener. Así, el decrecimiento sólo funcionará si lo acogemos de forma natural y voluntaria, comprendiendo que en realidad es la opción que más nos conviene desarrollar.[xv]

Son tiempos para reflexionar acerca de nuestro actual estilo de vida materialista, y cuestionar si verdaderamente nos acerca a la felicidad que tanto anhelamos. La paradoja del decrecimiento es que podemos vivir mejor consumiendo menos. Y debido al devenir de las cosas que han venido sucediendo a lo largo de la historia, esa es precisamente la dirección a la que estamos abocados a dirigirnos. Sin decrecimiento no puede haber sostenibilidad. Y sin ésta, estamos condenados presenciar el colapso de nuestra civilización.

Este artículo es un extracto del libro «Qué harías si no tuvieras miedo», publicado por Borja Vilaseca en abril de 2012.

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS
[i] Concepto extraído del libro Ecocidio, de Franz J. Broswimmer.
[ii] Información extraída del artículo Ecocidio, publicado por Natalia Jiménez en La opinión de Lanzarote el 12 de septiembre de 2007.
[iii] Información extraída del libro Colapso, de Jared Diamond.
[iv] Liderada por Gunter Pauli.
[v] Liderada por Christian Felber.
[vi] Información extraída del libro Biomímesis, de Janine Benyus.
[vii] Idem.
[viii] Información extraída del libro La historia de las cosas, de Annie Leonard.
[ix] Información extraída de la Wikipedia.
[x] Información extraída del libro La ecología del comercio, de Paul Hawken.
[xi] Concepto atribuido a Nicholas Georgescu-Roegen.
[xii] Información extraída del libro La apuesta por el decrecimiento, de Serge Latouche.
[xiii] Idem.
[xiv] Idem.
[xv] Idem.