Por Borja Vilaseca

El mundo se ha convertido en un gran negocio controlado y regulado por la denominada «Corporatocracia», compuesto por la élite política, empresarial y financiera de la nación más poderosa del mundo: Estados Unidos.

A lo largo de la historia se han creado muchos imperios y desmoronado muchas civilizaciones. Todas ellas expandieron su idioma, su cultura y su religión sobre aquellos a los que conquistaban, colonizaban y gobernaban. En paralelo, cada época ha tenido su propia institución dominante. La Iglesia. La Monarquía. El Ejército. El Estado… Es decir, organismos sociales, religiosos, militares y financieros que posibilitaban y perpetuaban la supremacía de dichos imperios.

Aunque hayan venido cambiando de forma, la lucha y el conflicto entre clases económicas sigue vigente en la actualidad. La diferencia es que hoy en día el imperialismo no es tan evidente. Está oculto. Principalmente porque el imperio y la institución dominante son la misma cosa: la Corporación. Pero, ¿qué es una corporación? ¿Y cómo ha conseguido hacerse con el trono del reino?

Las corporaciones surgieron al comenzar la industrialización de los países más desarrollados, aproximadamente a partir de 1850. Al principio se trataba de un grupo de personas -más tarde denominados «capitalistas»- que quería invertir su propio dinero en la creación y ejecución de una empresa. Unidos por lealtades personales y confianza mutua, juntaban sus recursos para montar negocios que ellos mismos dirigían y de los que eran propietarios. Para ello se constituían legalmente como una corporación. Y una vez el Estado aprobaba sus estatutos -sus principios y normas de funcionamiento-, se creaba oficialmente una «persona jurídica». Y como tal, estaba protegida y amparada por la ley. Así es como las corporaciones se convirtieron en miembros activos y respetados de nuestra sociedad.[i]

En su origen, la finalidad de estas empresas era aportar un beneficio para la comunidad que de forma individual los ciudadanos no fueran capaces de proveerse a sí mismos. Y como resultado de su contribución -en forma de productos y servicios útiles- las empresas obtenían ganancias económicas. Para lograr tal fin, adquirieron muchos de los derechos legales que tenemos los ciudadanos de a pie. De hecho, la legislación que ampara su existencia estipula que su principal objetivo es «la búsqueda de su propio interés», equiparando «el interés de la corporación» con «el interés del accionariado». Y no hace mención alguna a su responsabilidad sobre el interés público. En la jerga jurídica se denomina a este derecho «responsabilidad limitada».[ii] Curiosamente, a la hora de asumir responsabilidades por el impacto social y medioambiental que sus actividades generan, todo se vuelve mucho más difuso.

NADIE A QUIEN RESPONSABILIZAR
«Hagámonos con el control de los suministros económicos del mundo y ya no nos importará quién lo gobierne»
Mayer Amschel Rothschild

La corporación actual separa la propiedad de la administración. Por un lado están los accionistas (los dueños), que son los que aportan las ideas e invierten el capital. Y por el otro, el equipo directivo (los gestores), cuya función es dirigir y ejecutar los planes de la corporación. Según establece la ley, los accionistas quedan absueltos de antemano ante cualquier irregularidad o delito que la corporación pueda cometer. Y lo mismo sucede con el comité ejecutivo. Estos quedan protegidos de las actividades ilegales realizadas por la empresa, a menos que pueda probarse que hayan sido los «autores intelectuales» de los actos punibles. De ahí que los tribunales de justicia tiendan a sancionar y condenar a la «persona jurídica» que representa la corporación, y no tanto a los seres humanos que verdaderamente la hacen posible.[iii]

Amparada por este marco burocrático, en algún momento de su historia la corporación se corrompió, dejando de lado su verdadera razón de ser. El «sistema capitalista» en el que nació comenzó a moldearla a su imagen y semejanza. Movidos por la codicia y la avaricia, los accionistas empezaron a exigir una rentabilidad cada vez mayor. Y hacerla crecer cada año. Sólo así sus negocios podían expandirse más rápida e ilimitadamente. El «capital» se convirtió en el camino y la meta. Así fue como las corporaciones adoptaron una nueva religión: la de «maximizar el beneficio».

Toda esta sucesión de hechos históricos ha posibilitado que la corporación se haya convertido en la institución dominante de nuestro tiempo. No es de extrañar que de los 100 organismos financieros más ricos del planeta, más de la mitad sean corporaciones, la mayoría de las cuales son de Estados Unidos. En 2012, JP-Morgan, HSBC, General Electric o Exxon Mobil eran económicamente más poderosas que países como Sudáfrica, Noruega, Indonesia o Grecia.[iv] Y se estima que la cifra de negocio anual de las 200 multinacionales más grandes del mundo ya supone aproximadamente la cuarta parte de la producción mundial.[v] Eso sí, al margen del impacto que tienen en la economía real, más del 40% de los beneficios de las corporaciones estadounidenses proceden de la economía financiera.[vi] Es decir, de la especulación y de las acciones que cotizan en su casino privado: la Bolsa de Wall Street.

EL PODER DE LA CORPORATOCRACIA
«Las instituciones bancarias son más peligrosas que los ejércitos»
Thomas Jefferson

En los últimos años se ha acuñado el término «Corporatocracia», que significa «el gobierno de las corporaciones», para designar el nombre de este imperio clandestino, compuesto por la élite política, empresarial y financiera de la nación más poderosa del mundo: Estados Unidos. A lo largo del siglo XX, este país se ha afianzado como el principal proveedor de capital del resto de Estados, naciones y economías del planeta. Principalmente porque la Secretaría del Tesoro del gobierno norteamericano colabora codo con codo con la Reserva Federal. Por medio del sistema de reserva fraccional, siguen fabricando e imprimiendo dinero de la nada; por supuesto, de forma legal. Así es como suministran el combustible que las corporaciones necesitan para seguir extendiendo la hegemonía de este imperio clandestino.[vii]

Y entonces, ¿qué es y cómo funciona la Corporatocracia? Este imperio corporativo está liderado por un conglomerado de multinacionales de diferentes sectores. Son dueñas de los bancos y entidades financieras más grandes del mundo. También de los medios de comunicación con más influencia del planeta. Algunos de sus miembros más destacados son presidentes de grandes empresas, bancos centrales, partidos políticos y organismos como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio o la CIA, entre otros. Como cualquier otro emperador, la Corporatocracia no ha sido elegida. No sirve durante un periodo de tiempo limitado. Y, desde la sombra, dictamina gran parte de las políticas económicas, monetarias y comerciales marcadas por los Estados. Este grupo de banqueros, políticos y hombres de negocios trabaja conjuntamente en la consecución de un único objetivo: maximizar los beneficios de las corporaciones a las que representan.[viii]

Mediante presiones, contribuciones públicas y sofisticadas campañas de comunicación y de relaciones públicas, la Corporatocracia ostenta a día de hoy más influencia que el sistema político que supuestamente la controla y gobierna. Hace tiempo que los políticos se han convertido en marionetas en manos del poder financiero que mueve los hilos. Su cometido no es cambiar el funcionamiento del sistema, sino mantener y preservar el orden social establecido, más conocido como «statu quo». No en vano, los políticos están en deuda con las corporaciones, esencialmente porque a menudo financian las campañas electorales de sus partidos.

DEL NEW DEAL AL NEOLIBERALISMO
«Empleando dólares en lugar de balas, las grandes corporaciones se han liberado de las ataduras del control democrático»
Joel Bakan

Para la Corporatocracia, adulterar procesos electorales es un gasto más del negocio, una inversión destinada a generar un clima político que favorezca la expansión de su dominio, control e influencia sobre la sociedad. Para evitarlo, el presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, creó en 1933 el denominado «New Deal». Es decir, un Nuevo Pacto. Y éste consistía en un conjunto de leyes reguladoras de una envergadura y alcance sin precedentes, cuyo principal objetivo era fortalecer el control gubernamental sobre los bancos y las grandes corporaciones. Roosevelt quería que la mano invisible del mercado fuera reemplazada por «la muy visible y benevolente mano del Gobierno».[ix]

Sin embargo, este «proteccionismo gubernamental» no duró demasiado. Finalizó en 1948, al firmarse el acuerdo general sobre aranceles aduaneros y comercio, el «GATT». Su propósito era estimular, liberalizar y expandir el comercio internacional, derribando las fronteras entre países. Y lo cierto es que lo han conseguido. Prueba de ello es la denominada «globalización económica», que permite el libre movimiento internacional de personas, capital, trabajo, tecnologías, comercio e información.

A esta corriente de pensamiento política y económica se la denomina «neoliberalismo». Y se vincula con las teorías de Adam Smith. Tanto es así, que muchos lo consideran el «padre de la economía liberal». Entre otras cuestiones, el neoliberalismo propugna la reducción de la intervención gubernamental al mínimo. Es más, considera que el objetivo del Estado debe ser la promoción del crecimiento económico del país, defendiendo el «libre mercado capitalista» como la mejor manera de conseguirlo. Así, las grandes corporaciones operan cada vez con más libertad, sin que los gobiernos puedan interferir excesivamente. En 1995, el GATT mutó hasta convertirse en la Organización Mundial del Comercio (OMC). Desde entonces, este organismo actúa casi como un gobierno global, sirviendo a los intereses de las grandes multinacionales. Con más de 150 miembros, la OMC controla más del 90% del comercio global, imponiendo sanciones a aquellos países que incumplen sus leyes.

A través de organismos como la OMC, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, la Corporatocracia ha terminado por fagocitar a casi todas las naciones del mundo, creando una jerarquía económica global. Paradójicamente, sin el Estado la corporación no es nada. Eso sí, su poder frente a las grandes multinacionales ha sido redistribuido, quedando más estrechamente vinculado a sus necesidades e intereses, y no tanto a las necesidades e intereses de los ciudadanos. Al estar en deuda con la Corporatocracia, el Estado regula a las corporaciones en la medida en que éstas se dejan regular. Es una relación simbiótica: ambos salen ganando. Los que perdemos somos todos los demás.[x]

Este artículo es un extracto del libro «Qué harías si no tuvieras miedo», publicado por Borja Vilaseca en abril de 2012.

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS
[i] Información extraída del libro La corporación, de Joel Bakan.
[ii] Idem.
[iii] Idem.
[iv] Idem.
[v] Información extraída del libro La dictadura mundial de 200 empresas, de Arturo Van den Eynde.
[vi] Dato extraído del documental Zeitgeist Addendum, de Peter Joseph.
[vii] Información extraída del documental Zeitgeist Addendum, de Peter Joseph.
[viii] Información extraída del libro Confesiones de un gángster económico, de John Perkins
[ix] Información extraída del libro La corporación, de Joel Bakan.
[x] Idem.