Por Borja Vilaseca

Más allá de creernos las cosas que nos dicen u oponernos a lo nuevo y desconocido, es fundamental adoptar una postura escéptica, verificando la información que procede del exterior a través de nuestra experiencia.

El sistema sobre el que se asienta nuestra existencia padece en la actualidad una profunda “crisis institucional”. La oleada de escándalos y corrupción ha provocado un sentimiento de frustración e impotencia generalizado. La gente se siente engañada y estafada. Está muy harta de escuchar tantas mentiras. De ahí que cada vez más ciudadanos estén dejando de creer en las instituciones establecidas.

En medio de este turbulento escenario social, político y económico están surgiendo nuevos mensajes y consignas para afrontar con una nueva actitud los cambios que se avecinan. En el ámbito del crecimiento personal, por ejemplo, palabras como “coaching” o “emprendedor” aparecen por todas partes. Se han puesto de moda. Tanto que empiezan a cansar a muchos. Y no es para menos. Parece como si hoy todo el mundo estuviera llamado a ser coach. O a emprender un proyecto o un negocio por su cuenta.

Tanto el coaching como la emprendeduría son dos burbujas laborales. Y como tales, tarde o temprano reventarán. Estudiar un oficio no implica que seamos válidos para ejercerlo competentemente. El talento no puede comprarse. Tan solo puede desarrollarse. Principalmente porque viene de serie. No importa lo buenas que sean nuestras intenciones o lo mucho que lo deseemos: el paso del tiempo nos revela la verdad en forma de resultados emocionales y económicos. Y estos ponen de manifiesto el grado de sabiduría o ignorancia desde donde tomamos nuestras decisiones.

EL DETONANTE INTERIOR
“Podemos dar agua, pero no sed.”
(Gerardo Schmedling)

Sea como fuere, palabras como “coaching” o “emprendedor” muestran una nueva tendencia social y laboral imparable. Para verla hemos de leer entre líneas. Nos están indicando, por un lado, que cada vez más personas están llegando a una saturación de sufrimiento. No en vano, los seres humanos tendemos a salir de nuestra zona de comodidad cuando nuestro nivel de insatisfacción es mayor a nuestro miedo al cambio.

Así, una minoría emergente de la sociedad se encuentra inmersa en una crisis existencial. Y más allá de su connotación negativa, se trata de un proceso de autoconocimiento y transformación que nos lleva a cuestionar nuestro viejo modo de concebir las cosas, abriéndonos a una nueva forma de comprender la vida. En este caso, a dejar de buscar la felicidad fuera de nosotros mismos para empezar a cultivarla en nuestro interior.

Por otro lado, también nos revelan que cada vez más profesionales están iniciando un proceso de reinvención laboral. Debido a la escasez de contratos indefinidos –los cuales van a menos–, las personas que trabajan como “autónomos” o “freelance” no para de crecer. Y viendo que el Estado no es capaz de resolver sus propios problemas financieros, cada vez son más los que deciden hacerse cargo de sí mismos laboral y económicamente, montándoselo por su cuenta.

CUESTIONAR LOS PREJUICIOS
“Por más que te explique a qué sabe el fruto de los baobabs, no lo sabrás hasta que lo pruebes por ti mismo.”
(Proverbio malgache)

Cambio del modelo económico. Cambio del modelo político. Cambio del modelo empresarial. Cambio del modelo energético. Cambio del modelo educativo… Nos guste o no, el cambio ha venido para quedarse. Por más que nos resistamos, el sistema está inmerso en un gigantesco proceso de metamorfosis cultural. Y las circunstancias actuales son la crisálida que necesitamos para que los ciudadanos sigamos creciendo y madurando.

Debido a la globalización y a las nuevas tecnologías, los cambios van a ser cada vez más numerosos y se van a propiciar cada vez más rápido. De ahí que sea fundamental cómo nos enfrentamos a lo diferente y lo desconocido. De la actitud que adoptemos individualmente frente a lo nuevo dependerá la dirección en la que evolucionemos como sociedad.

Se cuenta que un importante catedrático universitario oyó hablar de un sabio que acababa de llegar a la ciudad para impartir durante una temporada unos cursos de autoconocimiento. Con el tiempo, el erudito empezó a cansarse de escuchar por todas partes a personas hablando sobre lo novedosas que eran sus enseñanzas. Al considerarse una persona “escéptica y de mente científica”, alegaba que el desarrollo personal no era más que “una sarta de chorradas para gente desesperada y sin criterio”.

Finalmente, harto de oír su nombre y movido por la curiosidad, el catedrático concertó una cita con aquel sabio. Y una vez en su despacho, el erudito le dijo con soberbia: “Te concedo 10 minutos para que me hagas un resumen de tus enseñanzas”. Y el sabio, con tranquilidad, le contestó: “Permíteme que antes te invite a una taza de té”.

Seguidamente, empezó a llenar la taza del catedrático. Y una vez llena, siguió sirviéndole hasta que el té se desbordó de la taza, derramándose sobre la mesa. Molesto, el erudito estalló en gritos: “¿Pero qué haces, necio? ¿Acaso no ves que la taza está llena y que no cabe nada más en ella?” Sin perder la compostura, el sabio le respondió: “Por supuesto que lo veo. Y de la misma manera veo que tu mente está demasiado llena de prejuicios. A menos que la vacíes un poco no puedo enseñarte nada nuevo.”

PENSAMIENTO CRÍTICO
“Si tu madre te dice que te quiere, verifícalo.”
(Arnold Dornfield)

Frente a cualquier idea que desafíe nuestro statu quo intelectual, es importante no confundir la arrogancia con el escepticismo. Más que nada porque el arrogante no suele plantearse nuevos interrogantes porque cree que cuenta con todas las respuestas, erigiéndose como portavoz de la verdad. Reconocer que no sabe, o que puede estar equivocado, es demasiado doloroso para su ego. Así es como va encerrándose en una cárcel intelectual, construida a base de creencias.

Por más seguridad que aparente, la arrogancia es una fachada que suele esconder un profundo miedo al cambio. Así, el arrogante hace todo lo posible para no modificar su postura rígida y estática frente a la vida. Le cuesta ser autocrítico y cuestionarse a sí mismo. De ahí que cuando entra en contacto con información nueva se sienta molesto y amenazado. Por eso tiende a ridiculizar, demonizar e incluso a oponerse violentamente cada vez que escucha ideas diferentes a las suyas.

El quid de la cuestión es que la arrogancia es una actitud ineficiente e insostenible que limita nuestra capacidad de ver y comprender las cosas desde una nueva perspectiva. Desde un punto de vista biológico es antinatural, pues nos impide evolucionar psicológicamente como seres humanos. Por el contrario, la humildad de reconocer que no sabemos y que estamos dispuestos a aprender nos permite desarrollar un sano y constructivo escepticismo. Es decir, la actitud de explorar aquello que desconocemos para expandir nuestra comprensión y entendimiento.

Así, es esencial estar abiertos a lo nuevo pero sin creernos nada de lo que nos digan, veamos o leamos, incluyendo, por supuesto, el contenido de este artículo. Es más, hemos de analizar, cuestionar y contrastar detenidamente toda la información que nos llega desde el exterior. Y en la medida de lo posible verificarla a través de nuestra propia experiencia. Para adoptar una postura crítica frente a la realidad, es imprescindible comenzar por ser autocrítico con uno mismo, cuestionando el núcleo desde donde procede nuestra forma de pensar. El mayor obstáculo para evolucionar como seres humanos y progresar como sociedad es apegarnos a nuestro actual sistema de creencias. Es hora de cuestionarnos nuestro modo de vivir. ¿Quién da el primer paso?

Artículo publicado por Borja Vilaseca en El País Semanal el pasado domingo 8 de marzo de 2015.