Por Borja Vilaseca

Saber gestionar la fama es un desafío para el ego. Principalmente porque cambia la percepción que los demás tienen de ti. La persona queda muchas veces sepultada por el personaje público.

Es increíble lo mucho que nos hemos dejado cambiar la vida por Steve Jobs y las nuevas tecnologías. La consolidación de los “teléfonos inteligentes” posibilita que todos seamos –al menos en potencia– paparazzi de nuestra propia existencia. Incluso existen infinidad de gadgets diferentes para hacernos selfies con la cámara del móvil. Y no es para menos: el exhibicionismo se ha convertido en una tendencia social en auge. Cada vez más personas nos fotografiamos, colgando pedacitos de nuestra cotidianeidad en internet. A su vez, muchos nos hemos vuelto auténticos yonquis de los “me gusta” de Facebook e Instagram.

Gran parte de nuestra vida social se produce en una realidad virtual, con una pantalla siempre de por medio. Las redes sociales son la nueva plaza del mercado. A través de nuestro perfil damos una imagen acerca de quienes somos. O mejor dicho, acerca de quienes aparentamos ser… Seamos honestos: ¿cuántas cosas hacemos para poder aparecer en una foto que compartir con nuestros amigos virtuales? ¿Cuánto hay de auténtico y cuánto de vanidoso en lo que subimos a la red?

Hacer una pausa para tomarnos una foto con el móvil es una forma muy sutil de interrumpir esa agradable sensación de fluidez que sentimos cuando estamos disfrutando del momento presente. Al tomar la decisión de sacar dicha instantánea para compartirla en nuestras redes, estamos dando más valor a lo que otros van a pensar del momento que estamos viviendo que al momento en sí mismo. Tanto es así, que hay un dicho que circula por internet que dice lo siguiente: “Me fastidia cuando no cuelgas nada en tus redes sociales porque entonces sé que te lo estás pasando bien de verdad”.

LA CULTURA DEL SELFIE
“La fama es tóxica.”
(Adele)

No se trata de condenar ni de culpar a la tecnología, sino de asumir nuestra parte de responsabilidad por el modo en el que la estamos utilizando. Muchos expertos hablan acerca de “la cultura del selfie”, aludiendo que somos la generación más egocéntrica, narcisista y superficial de la historia. Hoy en día él éxito y la popularidad de un ser humano se miden en función de su marca personal, así como del número de seguidores que tiene en sus diferentes redes sociales.

Con la finalidad de diferenciarnos de la mayoría, muchos queremos sobresalir de algún modo. La aspiración contemporánea de miles de individuos es llegar a ser alguien reconocido e importante. En este caso la fama se persigue como un objetivo. Lo cierto es que abundan artículos y tutoriales por internet que explican las claves para lograrlo. Al parecer, las estrategias que mejor funcionan son mantener una relación sexual o sentimental con un famoso, aparecer en algún reality de televisión y utilizar las redes sociales para propagar bulos morbosos sobre gente de la farándula…

Por otro lado, hay muchas otras personas que son famosas como resultado de la notoriedad que han cosechado a través de una profesión con una mayor visibilidad y exposición pública. Este es el caso de ciertos actores, cantantes, artistas, futbolistas, diseñadores de moda, modelos, presentadores de televisión, políticos, periodistas o escritores. Sea como fuere, saber gestionar la notoriedad pública es un auténtico desafío para el ego. En general no nos damos cuenta del gran valor que tiene el anonimato hasta que lo perdemos. La ironía es que una vez lo hemos perdido ya no lo podemos recuperar.

La popularidad no tiene por qué cambiar a la persona que se ha vuelto famosa. Sobre todo cuando la fama viene como resultado. Eso sí, el convertirse en alguien conocido puede provocar a nivel psicológico una serie de efectos secundarios, como que se acentúen las cualidades o se magnifiquen los defectos. Evidentemente, no es lo mismo que te conozcan cien personas que cien millones. La intensidad y la profundidad de las consecuencias de ser famoso es una cuestión de escala.

El error más común en el que caen quienes adquieren cierta popularidad es identificarse con su personaje público. Es decir, creer que son la imagen idealizada y distorsionada que sus fans y seguidores han construido de ellos en sus cabezas. De este modo el ser humano que verdaderamente son queda sepultado. Es entonces cuando decimos que se lo han “creído”. Esto sucede especialmente cuando tienden a rodearse de gente interesada en estar con el personaje –en vez de con la persona– perdiendo el contacto con aquellos familiares o amigos que lo conocían antes de convertirse en alguien popular.

EL PRECIO DE LA POPULARIDAD
“La fama te hace sentir permanentemente como una chica pasando por delante de unos obreros de la construcción.”
(Brad Pitt)

Más allá de que la persona cambie (o no) al alcanzar cierta fama, lo que de verdad siempre cambia es la percepción que tienen los demás de ella. Los miembros de su familia de pronto se convierten en el “padre de”, “marido de”, “hijo de”, “hermano de”, “primo de”… Y esto tiene todo tipo de consecuencias. Algunos lo viven con alegría y admiración. Otros con envidia y resentimiento. Hay quienes se aprovechan de ello para sacar algún beneficio personal. O incluso quienes procuran mantenerlo en secreto.

A su vez, la popularidad provoca que las nuevas relaciones que haga a partir de entonces el famoso estén siempre condicionadas por su imagen pública. En demasiadas ocasiones, muy pocos llegan a conocer al ser humano que se encuentra detrás del personaje público. ¿Realmente sabemos quienes son Cristiano Ronaldo, Lionel Messi, Taylor Swift, Justin Bieber, Jennifer Lawrence o Leonardo Di Caprio? ¡No tenemos ni idea!

Curiosamente, cuando vemos a algún famoso por la calle, suele despertarse la parte más infantil que reside en lo profundo de cada uno de nosotros. Al ver solamente al personaje público, volvemos a olvidar la obviedad de que se trata de un ser humano cualquiera caminando por la acera. Muy pocos fans saben respetar a aquellos a quienes admiran. De ahí que la mayoría no dudemos en asaltarlos físicamente, agarrándoles para sacarnos un selfie con ellos o pidiéndoles vehementemente que nos firmen un autógrafo en un trozo de papel.

En paralelo, también utilizamos las redes sociales para ponernos en contacto con profesionales que gozan de cierta notoriedad y reconocimiento en nuestro sector, esperando que estos puedan reunirse con nosotros para ayudarnos con nuestros respectivos proyectos. O simplemente contestar nuestras preguntas e inquietudes personales. En el caso de que no nos concedan nuestro deseo, solemos sentirnos decepcionados. ¿Cuántas veces hemos escuchado decir de alguien conocido que es un “borde” o “muy antipático”? De este modo, se pone de manifiesto nuestra motivación egocéntrica y nuestro afán utilitarista. Por más que nos cueste de ver y de reconocer, en el momento en que queremos algo de alguien popular –lo que sea– estamos pensando mucho en nosotros y muy poco en él.

Si bien la popularidad concede una serie de derechos y privilegios al famoso, muchos reconocen que en demasiadas ocasiones el precio que se paga no compensa ni por asomo. Algunos confiesan que darían lo que fuera por poder ir a tomar un café sin ser asaltados por desconocidos en busca de un selfie o un autógrafo. Muchos viven en cárceles de oro. Salir a la calle se convierte en un engorro porque el resto somos incapaces de respetar su privacidad e intimidad. Nos tienta demasiado obtener una foto para poder colgarla en nuestras redes, tratando de impresionar a nuestros contactos…

Decimos que queremos a nuestros ídolos. Sin embargo, el verdadero fan siente un profundo respeto por la persona que admira. No la molesta. Ni la avasalla. De hecho, no desea nada más de lo que ésta le da por medio de su profesión. Y en caso de querer un autógrafo o una foto, acude a algún evento público en el que el famoso se preste a dicho intercambio más personal con sus seguidores. Como gritó en su día Lola Flores enfurecida a sus fans: “Si me queréis, ¡irse!”

Artículo publicado por Borja Vilaseca en El País Semanal el pasado domingo 6 de mayo de 2016.