Por Borja Vilaseca

Asumir que el universo está regido por leyes supone un punto de inflexión en nuestra manera de mirar y de relacionarnos con la realidad. Es completamente normal mostrarnos escépticos al principio. Más que nada porque choca contra todo lo que nos han venido contando. La única forma de verificar su veracidad es por medio de nuestra propia experiencia. Lo importante es comprobar que ⎯efectivamente⎯ nos aporta resultados más satisfactorios. A esto se refiere el proverbio «todo árbol se conoce por sus frutos». [1]

El reto que nos propone el desarrollo espiritual es estar muy atentos mientras vivimos, de manera que podamos fluir con este orden perfecto. Esta es la propuesta pedagógica de «la aceptología», la ciencia que nos libera del sufrimiento. Se trata de una filosofía desarrollada por el sabio Gerardo Schmedling, cuya principal invitación es que dejemos de luchar, entrar en conflicto e intentar cambiar la realidad. A su vez, nos inspira a entrenar lo que más le cuesta al ego: la aceptación. Así es como dejamos de alimentar a este yo ficticio hasta que muere de inanición.

Y entonces, ¿qué quiere decir «aceptar»? Para empezar, no tiene nada que ver con ser indiferente o pasota. Ni tampoco con estar de acuerdo o resignarse. Por el contrario, la aceptación implica mucha comprehensión acerca de por qué y para qué pasan las cosas que suceden en nuestro día a día. Significa estar en paz con lo que está ocurriendo en cada momento, dejando que la realidad sea tal y como es, sin poner ningún tipo de resistencia. Y en definitiva, consiste en alinearse con la voluntad del vida, obedeciendo y respetando las leyes que rigen el universo. No en vano, «aquello que no somos capaces de aceptar es la única causa de nuestro sufrimiento». [2]

De alguna manera, la aceptología nos motiva a afrontar lo que nos depara el destino como cuando vamos al dentista. Si bien puede causarnos cierto dolor físico, en ningún momento sufrimos emocionalmente por ello. No nos peleamos con el odontólogo. Simplemente aceptamos lo que nos hace en los dientes porque entendemos que es necesario para nuestra higiene bucal. De hecho, al terminar la visita le damos las gracias por el valor que ha aportado a nuestra salud. Vivir conscientemente consiste en adoptar la misma actitud con el resto de circunstancias de nuestra existencia. Más que nada porque todas ellas también son necesarias para nuestro proceso de despertar, sanación y evolución espiritual. Todas ellas son valiosas porque siempre nos aportan algún beneficio en forma de aprendizaje.

Cuando luchamos y entramos en conflicto contra una situación la estamos desperdiciando. En cambio, cuando la aceptamos la aprovechamos para crecer espiritualmente, que es de lo que trata la vida. Es absurdo intentar acomodar el orden del universo a nuestras creencias y conceptos mentales. La sabiduría consiste en hacer lo contrario. El quid de la cuestión es que no somos capaces de aceptar aquello que todavía no hemos comprehendido, un insight que tan solo integramos al vivir la experiencia correspondiente. Esta es la razón por la que atraemos a las personas y las situaciones que necesitamos para adquirir la sabiduría que nos falta en nuestro proceso evolutivo.

De hecho, cualquier circunstancia complicada que se repite una y otra vez pone de manifiesto que seguimos necesitándola para nuestra transformación interior. En el momento en el que la aceptamos ⎯dejando de sufrir por ella⎯ desaparece instantáneamente. Como sucede con cualquier otra experiencia pedagógica, toda adversidad termina en el preciso instante en el que comprehendemos lo que ha venido a enseñarnos. Así, la comprehensión y la aceptación van siempre de la mano. No puede haber la una sin la otra. Y la suma de ambas es lo que ponen fin a nuestra perturbación.

Cada vez que cosechamos algún resultado insatisfactorio ⎯miedo, ira, tristeza, angustia, ansiedad, rencor, culpa…⎯ es que no estamos aceptando la realidad. Al querer que sea diferente a como es, sufrimos. Y dicha perturbación es una señal de que nos estamos equivocando en nuestra manera de posicionarnos y de interpretar lo que está sucediendo. Y por tanto, una invitación para cuestionar nuestras creencias y nuestra forma de pensar. No en vano, la única razón por la que no logramos aceptar un hecho determinado es porque desconocemos la ley que lo rige.

LOS 3 BENEFICIOS DE LA ACEPTOLOGÍA 
“Existen tres indicadores de sabiduría: la felicidad (ausencia de sufrimiento), la paz (ausencia de reactividad) y el amor (ausencia de lucha).”
(Gerardo Schmedling)

Por más que el ego nos tenga acostumbrados, el dolor, el sufrimiento, el malestar, la perturbación y la enfermedad no son nuestra verdadera naturaleza. Nadie en su sano juicio quiere experimentar voluntariamente este tipo de sensaciones tan molestas y desagradables. Si las padecemos es porque seguimos tiranizados por nuestra ignorancia e inconsciencia. En la medida en que vamos entrenando el músculo de la aceptación, poco a poco vamos recuperando el contacto con el ser esencial, el cual consta de tres rasgos inherentes. Estos a su vez también son considerados como «indicadores de sabiduría». Es decir, pruebas irrefutables de que estamos despiertos y evolucionados espiritualmente.

El primero es la «felicidad», que viene a ser la ausencia completa de sufrimiento. No tiene ninguna causa externa; deviene como consecuencia de reconectar con nuestra dimensión espiritual. Al dejar de perturbarnos a nosotros mismos, de pronto empezamos a sentir que todo está bien y que no nos falta de nada. Así es como comprehendemos que nadie tiene el poder de hacernos sufrir sin nuestro consentimiento. Recordemos que la realidad no es ningún puñal. El único cuchillo está en nuestra mente: es nuestra manera de mirarla. Si la interpretamos desde el ego, sufrimos. Si lo hacemos desde el ser, nos sentimos felices. Así de simple y así de complicado.

La segunda cualidad de nuestra naturaleza esencial es la «paz», que se caracteriza por la ausencia absoluta de reactividad. No importa lo que ocurra fuera, por dentro mantenemos la calma y la serenidad. Ya no reaccionamos impulsiva y mecánicamente, sino que adoptamos la actitud y la conducta más conveniente en cada momento. Así es como dejamos de tomarnos lo que sucede como algo personal. Solo entonces comprehendemos que no hay nada que nos perjudique ni nos beneficie. Esencialmente porque lo que nos perjudica o beneficia es lo que nosotros hacemos con ello.

El tercer aspecto de nuestra esencia divina es el «amor», el cual se reconoce por la ausencia total de lucha. Soltamos el hacha de guerra, dejando de discutir y de pelear con lo que sucede. No le oponemos ningún tipo de resistencia. Más bien nos rendimos frente a lo que ocurre, sea lo que sea. Aunque en ocasiones duela, recibimos todo aquello que nos depara la vida con los brazos abiertos. Actuando así es cuando genuinamente podemos dar lo mejor de nosotros mismos, mostrándonos amables con todo aquel con el que interactuamos.

No en vano, la forma en la que tratamos a los demás es un reflejo de cómo nos tratamos a nosotros mismos. Y dado que esencialmente todos somos uno, lo que le hacemos al prójimo nos lo hacemos a nosotros primero. De ahí que con el tiempo descubramos que el Amor es la única verdad con mayúsculas que hay en el universo. Amar es lo que nos sana y nos transforma. Y si bien es fácil de decir ⎯y más todavía de ridiculizar⎯, solemos necesitar toda una vida para comprehenderlo y manifestarlo.

De hecho, cuanto más felices somos, más en paz nos sentimos y más amor manifestamos menos correspondientes nos volvemos con personas complicadas y situaciones adversas. Principalmente porque ya no tenemos nada más que aprender de ellas. Al reconectar con nuestra naturaleza esencial empezamos a fluir con el orden perfecto del universo. Así es como generamos una nueva correspondencia de vida, acorde con la nueva frecuencia energética con la que vibramos. No en vano, atraemos aquello que somos y que sentimos.

CÓMÓ PRACTICAR LA ACEPTOLOGÍA EN LA VIDA COTIDIANA
“Cuando te aceptas a ti mismo tal como eres sin intentar cambiarte es cuando de verdad comienzas a transformarte.”
(Jiddu Krishnamurti)

Pongamos como ejemplo a Sofía. Se trata de una mujer que no se quiere ni sabe ser feliz por sí misma. Y que es totalmente inconsciente de su falta de autoestima. Esta es la razón por la que equivocadamente se considera una «media naranja», incompleta y desgajada. Y por la que busca desesperadamente a su otra mitad en el mercado del amor. Pongamos que se enamora y se casa con Paco, al que considera «el amor de su vida». Juntos forman una familia y parecen ser felices. Sin embargo, en lo profundo Sofía sigue sintiendo el mismo vacío ⎯la misma infelicidad⎯, solo que ahora es compartida con Paco, a quien le pasa lo mismo. Es entonces cuando llegan las discusiones, las peleas y los gritos.

Años más tarde, Paco decide poner fin a la relación y deja a Sofía, quien se queda devastada. Su sufrimiento es tan intenso que casi no puede soportarlo. Tras pasar varios meses instalada en el llanto y el victimismo, Sofía se harta de sufrir. Es entonces cuando decide salir del agujero en el que está metida, comprometiéndose a poner en práctica la aceptología. El primer paso consiste en observar aquello ante lo que está sufriendo. En este caso, Sofía sufre porque Paco le ha dejado. O al menos eso es lo que ella cree.

En segundo lugar, Sofía se pregunta a sí misma: «¿Qué es lo que no estoy aceptando?». La respuesta a esta pregunta le muestra la verdadera causa de su sufrimiento: la no aceptación de lo que está sucediendo. En realidad, Sofía no sufre porque Paco le ha dejado, sino porque es incapaz de aceptar el hecho de que está sola. El tercer paso consiste en adquirir sabiduría para comprehender por qué y para qué ha sucedido dicha separación. Es aquí donde entran en escena el autoconocimiento y el desarrollo espiritual.

A raíz de una profunda introspección, Sofía hace consciente su falta de autoestima, desde la cual construyó una relación de pareja basada en el apego y la dependencia emocional. Ahora comprehende que su sufrimiento no se debe a haber perdido a Paco, sino a haberse perdido a sí misma en su relación con él. De pronto descubre que al no amarse a sí misma, atrajo a su vida a un hombre incapaz de amar. De ahí que durante todos esos años el amor brillara por su ausencia. A su vez, se da cuenta de lo importante que es aprender a ser feliz por sí misma, algo que solo se consigue cultivando el amor propio en soledad.

Como consecuencia de estos aprendizajes, con el tiempo Sofía no solo acepta su nueva situación ⎯la soledad y la soltería⎯, sino que se siente en paz con lo ocurrido. De hecho, siente agradecimiento por el proceso que ha vivido, pues a pesar del dolor y del sufrimiento ⎯o más bien gracias a ellos⎯ ha crecido y madurado como ser humano. Ahora mismo se siente una naranja completa, mucho más libre e independiente emocionalmente. Y si bien está dispuesta y preparada para volverse a emparejar, ya no espera que nadie la haga feliz. Más que nada porque sabe que eso no es posible. Ya no necesita que la quieran, sino que tiene ganas de amar. Fruto de su evolución espiritual, Sofía ha cocreado una nueva correspondencia vital. Ella todavía no lo sabe, pero a la vuelta de la esquina de su vida le espera Javier, otra naranja completa con la que disfrutará del amor en libertad.

[1] Aforismo de Jesús de Nazaret.

[2] Aforismo de Gerardo Schmedling.

*Fragmento extraído de mi libro “Las casualidades no existen. Espiritualidad para escépticos”.
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