Por Borja Vilaseca          

Ser emprendedor es un desafío lleno de obstáculos, pues al orden social establecido le interesa que sigamos siendo empleados; sin embargo, desarrollar la actitud emprendedora puede cambiarnos la vida.

El actual escenario de crisis sistémica nos está diciendo alto y bien claro que está todo por hacer. Todo por reinventarse. Sin embargo, debido a nuestro condicionamiento industrial, en general no vemos las nuevas oportunidades emergentes. Esencialmente porque no las queremos ver. Y seguiremos sin verlas hasta que iniciemos un proceso de autoconocimiento que nos permita cuestionar nuestras viejas creencias, experimentando así un profundo cambio de paradigma. Si nos resistimos a cambiar de mentalidad, el peso de este equipaje tan limitante terminará anclándonos de por vida en el viejo paradigma profesional, limitando nuestras posibilidades de adaptarnos y prosperar en el nuevo mercado laboral.

Por más que sigamos quejándonos y victimizándonos, el imparable devenir de las cosas va a continuar su avance… Y entonces, ¿hasta cuándo vamos a seguir posponiendo lo inevitable? Ha llegado la hora de aprender a hacernos cargo de nosotros mismos. De ahí que el primer paso para adentrarnos en el «nuevo paradigma profesional» sea la asunción de la «responsabilidad personal». Es decir, dejar de quejarnos, victimizarnos, indignarnos y de culpar al Estado, las empresas y los bancos de nuestras desgracias. Todo el tiempo y la energía que dedicamos a cambiar aquello que no podemos transformar (la realidad externa), lo estamos malgastando para transformar aquello que sí podemos cambiar: la realidad interna, esto es, nuestra visión del mundo.

En vez de exigir y esperar que otros resuelvan nuestros problemas laborales y financieros, ha llegado el momento de que cada uno de nosotros aprendamos a resolverlos por nosotros mismos. Es hora de pasar de la adolescencia a la madurez económica. En última instancia somos libres para tomar nuestras propias decisiones. Y aunque en un primer momento no lo parezca, siempre hay otras vías y sendas por explorar. Los verdaderos obstáculos están en nuestra mente, no en la realidad. Ahí afuera solo encontraremos el reflejo de nuestras limitaciones mentales.

En este periodo de la historia, la salida profesional más viable es «emprender». Y no se trata de montar una empresa. Más bien consiste en seguir nuestro propio camino en la vida, cultivando una nueva actitud que nos permita crear proactivamente nuestra profesión. Todos nacemos con un potencial único e irrepetible. Está dentro de nosotros, esperando a que lo desarrollemos. Para lograrlo es necesario cultivar el silencio. Principalmente para poder escuchar con atención a nuestra voz interior, la cual nos guía hasta nuestros dones y talentos innatos. Y también nos revela nuestra misión y nuestro propósito en forma de pasión. ¿Por qué nos gusta lo que nos gusta? A cada uno de nosotros le interesan cosas diferentes. Y esas cosas, sean las que sean, dicen mucho acerca de la persona que somos en realidad.

No es casualidad que quienes aman lo que hacen y hacen lo que aman se distingan por su «entusiasmo». Esta palabra procede del latín «entusiasmus», que a su vez viene del griego «enthousiasmos». Y significa «espíritu guiado por la inspiración divina». Eso es precisamente lo que sentimos cuando sentimos cómo la vida crea a través nuestro. Saber quiénes somos y para qué estamos aquí convierte nuestra autoestima en un arco y la confianza en nosotros mismos, en una flecha. Al encontrar nuestra dirección y nuestro camino la vida, encontramos también nuestro lugar en el mundo. Así es como finalmente «unimos los puntos»[i]. De pronto todo tiene sentido. Y las cosas adquieren un nuevo significado.

LA TRAVESÍA POR EL DESIERTO
“Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un sólo día de tu vida”
CONFUCIO

Al empezar a confiar en nosotros mismos, comenzamos a confiar en la vida. Es entonces cuando tomamos la firma decisión de iniciar una estrategia para cambiar nuestra manera de relacionarnos con el mercado laboral. Y vamos paso a paso, sin prisa, aprendiendo y disfrutando de cada una de las etapas que componen este proceso de transición. En el nuevo paradigma profesional emergente en la Era del Conocimiento, nos pagarán por aportar valor, crear riqueza, generar beneficios y lograr resultados. En este sentido, el emprendedor encuentra la manera de aunar su pasión, sus dones y sus talentos con la resolución de algún problema del mundo, profesionalizando la forma de atender dicha necesidad y demanda ya existente. En esencia, se trata de ofrecer lo mejor de nosotros mismos al servicio de los demás. Así es como acabamos obteniendo un cierto beneficio económico como resultado. De hecho, nuestros ingresos sólo pueden aumentar en la medida que aumentamos el valor que aportamos a la sociedad. Cuánta más riqueza generemos, mejor nos irán las cosas.

Gracias a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, disponemos de un sinfín de herramientas digitales y aplicaciones informáticas que facilitan nuestra capacidad de aportar valor. Nunca antes en toda la historia de la humanidad había sido tan fácil y tan barato iniciar nuestro propio proyecto. Cabe recordar que el mercado laboral es cada vez más global: nuestros clientes se encuentran -potencialmente- en cualquier parte del mundo.

Cultivar una actitud emprendedora nos permite tarde o temprano despedirnos de nuestro estado de dependencia financiera. En esencia, consiste en empezar a trabajar para nosotros mismos primero. Y lo cierto es que es cada vez más fácil, puesto que ahora mismo el sistema económico en general y el mercado laboral en particular están gobernados por la incertidumbre. La burbuja de la seguridad hace años que ha reventado. Podemos seguir trabajando como empleados o iniciar un proyecto como emprendedores. Decidamos lo que decidamos, tendremos que escoger entre una incertidumbre y otra incertidumbre.

El mayor freno para emprender es el miedo a soltar lo que creemos que tenemos. En eso consiste precisamente salir de nuestra zona de comodidad. Algunos lo llaman «dar un salto al vacío». Y otros, «la travesía por el desierto». Sentir dicha incomodidad nos confronta con todos nuestros miedos inconscientes. Tememos salirnos de la corriente y exponernos tal y como somos. Tememos equivocarnos, fracasar y hacer el ridículo. Y tememos, más que cualquier cosa, lo que la gente pueda pensar de nosotros.

Estamos acostumbrados a ser clientes y consumidores, no a ser vendedores. Detrás de nuestra aversión a la palabra «vender» se esconde nuestro profundo miedo al rechazo. Sin embargo, a lo largo de la Era del Conocimiento nos pagarán en proporción directa al valor que demos a los demás. De ahí la importancia de descubrir para qué valemos. El hecho de aferrarnos a nuestro puesto de trabajo tiene bastante que ver con el terror de comprobar nuestro verdadero valor en el mercado.

LA IMPORTANCIA DE LA MARCA PERSONAL
“La inteligencia y la creatividad de cada persona son tan singulares como su huella dactilar”
KEN ROBINSON

El emprendedor vence sus miedos cuando lo que hace va más allá de sí mismo. Lo importante es el servicio que se genera, no quién lo genera. Al comprender que lo importante no somos nosotros, sino lo que sucede a través nuestro, ya no nos inquieta lo que algunos puedan opinar. Más bien nos centramos en las personas a las que beneficia nuestro proyecto. En un plano más logístico, es fundamental contar con un mullido colchón económico. Los más conservadores recomiendan que ahorremos la cantidad necesaria para mantener nuestro actual estilo de vida sin necesidad de trabajar durante dos años.

Esta «no-necesidad económica» nos aporta seguridad y libertad. Y también una buena dosis de confianza, fundamental para adentrarnos y consolidarnos en el nuevo paradigma profesional. En este punto de la travesía aparece la motivación de formarnos, adquiriendo las habilidades, las competencias y los conocimientos necesarios para poner en marcha nuestro nuevo proyecto laboral. Y éste no tiene por qué consistir en montar una empresa para convertirnos en dueños de negocio. Muchos empleados emprenden dentro de sus empresas, aportando nuevas ideas con las que generar mejores resultados. Otros emprendedores se vuelven autoempleados, colaborando como agentes libres o freelance, poniendo su talento al servicio de empresas y clientes particulares.

Una vez tenemos claro qué ofrecemos, el reto es descubrir cómo lo ofrecemos. Es decir, la manera en la que nos comunicamos y relacionamos con las personas a las que pueden servir nuestros servicios. En la Era del Conocimiento, el marketing está democratizándose y personalizándose. Y cada vez va a estar más protagonizado por la «marca personal».[ii] Y no se trata de convertir a las personas en meros productos. Por el contrario, el objetivo es que empecemos a mostrarnos tal como somos. Ya no importa tanto qué hemos estudiado. Ni siquiera qué puesto ocupamos. El único currículum vitae que cuenta es nuestra capacidad de ofrecer talento y la única seguridad laboral reside en nuestra habilidad de aportar valor de forma constante. A través de nuestra marca personal también aprendemos a contactar y conectar con aquellas personas que quieren comprar lo que ofrecemos.

El viaje del emprendedor consiste en reconectar con la semilla con la que nacimos (nuestra esencia), lo que verdaderamente somos. Y así saber el fruto -o contribución- que podemos ofrecer al mundo. Nuestra auténtica profesión siempre es un reflejo de quiénes somos. Y no podría ser de otra forma. Como ocurre con el resto de cuestiones esenciales de la vida, la respuesta se encuentra en nuestro interior. Por decirlo de forma poética, este camino comienza cuando nos atrevemos a escuchar la voz de nuestro corazón.

Este artículo es un extracto del libro “Qué harías si no tuvieras miedo”, publicado por Borja Vilaseca en abril de 2012.

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS
[i] Información extraída de la conferencia impartida en Stanford por Steve Jobs.
[ii] Concepto atribuido al experto en management Tom Peters.