Por Borja Vilaseca

Muchos tenemos una fe ciega en que estos papeles con números y sellos oficiales van a proporcionarnos la felicidad, la seguridad y el valor que no encontramos en nuestro interior.

Hoy en día, muchas de nuestras tensiones y perturbaciones están relacionadas con nuestra dimensión laboral y financiera. ¿Quién no tiene algún problema con el dinero? Nómina. Hipoteca. Trabajo. Gobierno. Impuestos. Consumo. Inflación. Deuda. Jubilación. Quiebra. Desahucio. Estas son las palabras que nos quitan el sueño por las noches y nos dificultan comenzar el día con una sonrisa.

Es evidente que el dinero no da la felicidad. Pero dado que nuestra vida se ha construido sobre un sistema monetario, sin dinero no podemos permitirnos el lujo de sobrevivir. Curiosamente, la mayoría de personas creemos que el dinero corrompe. De forma contradictoria, deseamos tener dinero casi tanto como lo rechazamos. A muchos nos incomoda hablar sobre este tema. Sin embargo, ¿por qué nos pasamos más de ocho horas al día trabajando? ¿Por qué esperamos cobrar la nómina cada final de mes? El dinero es muy importante para algunas cosas y no lo es para otras. Y lo cierto es que remueve y despierta –más que cualquier otra cosa– los traumas que todavía escondemos dentro. De ahí que a menos que aprendamos a manejar el dinero, éste termina por controlarnos a nosotros.

Tal como recoge la serie de televisión Mad Men, desde la óptica empresarial nos hemos convertido en «clientes» y «consumidores». Para lograrlo, las compañías emplean todo tipo de técnicas y de mensajes subliminales, vinculando el bien-tener con el bien-estar. Es decir, el consumo con la felicidad. El objetivo es convencernos para que compremos un determinado producto, no tanto por su utilidad, sino por lo que representaba emocional y socialmente.

De hecho, nuestro estilo de vida todavía gira en torno al consumo materialista. La posesión de ciertos bienes materiales siguen siendo considerados como un signo de estatus dentro de un determinado grupo social. Como consecuencia de esta propaganda consumista, muchos seguimos creyendo que nuestra identidad se define en función de la calidad y la cantidad de nuestras posesiones. Sin embargo, parece que nunca tenemos suficiente; esencialmente porque a menudo nos compararnos con quienes están un peldaño por encima.

EL LABERINTO DEL MATERIALISMO
“Lo que más me sorprende la humanidad son las personas que pierden la salud para juntar dinero y luego pierden el dinero para recuperar la salud.”
(Buda)

La gran mentira contemporánea es que el bienestar, la riqueza, la plenitud y la abundancia están afuera de nosotros mismos. Así es como nos vamos desconectando de nuestro ser, el único lugar donde reside la verdadera felicidad. Eso sí, para que nos la sigamos creyendo, las corporaciones invierten a nivel mundial unos 400.000 millones de euros al año en meticulosas campañas de publicidad. De esta manera ha sido posible el florecimiento del sistema capitalista. Más que nada porque para que el crecimiento económico siga expandiéndose, debemos de seguir deseando más de lo que tenemos. De ahí que sea fundamental que como individuos nos sintamos permanentemente insatisfechos.

En este escenario de confusión colectiva, es importante señalar que el consumo material ha mejorado notablemente ciertos aspectos de nuestra vida, proporcionándonos grandes dosis de placer, entretenimiento y comodidad. Y no sólo eso. Por más que las empresas intenten manipularnos para vendernos lo que sea, en última instancia nadie nos apunta con una pistola para que terminemos comprando sus productos y servicios. El hecho de que consumamos mucho más de lo que necesitamos pone de manifiesto nuestro vacío existencial.

Irónicamente, la opulencia –tener en exceso y querer más– se ha convertido en una enfermedad contemporánea, como muestran los constantes escándalos de corrupción. Y es que cuanto mayor es la desconexión de nuestro ser, mayor es también la sensación de carencia, escasez, pobreza e incluso miseria. De ahí que crezca, a su vez, la necesidad seguir acumulando dinero. A menos que vivamos en contacto con nuestra riqueza interna, seguiremos echando de menos algo para sentirnos completos.

Y ahora mismo, la gran mayoría de nosotros proyectamos ese algo en el dinero, sin duda alguna, la religión con más fieles y seguidores. Muchos tenemos una fe ciega en que estos papeles con números y sellos oficiales van a proporcionarnos la felicidad, la seguridad y el valor que no encontramos en nuestro interior. Tanto es así, que la mayoría de las decisiones que tomamos están orientadas a maximizar ingresos y a minimizar gastos, poniendo de manifiesto lo arraigadas que están la codicia y la avaricia en nuestra sociedad.

LA INFLUENCIA DEL ‘PATRÓN FINANCIERO’
“Sólo después de que el último árbol haya sido cortado, de que el último río haya sido envenenado y de que el último pez haya sido pescado, la humanidad descubrirá que el dinero no se puede comer.”
(Proverbio indio)

Tal como describe T. Harv Eker en su libro Los secretos de la mente millonaria, cada uno de nosotros ha recibido como herencia un «patrón financiero». Es decir, un modo de pensar acerca del dinero, que condiciona inconscientemente nuestras decisiones y nuestros comportamientos relacionados con el trabajo y el consumo. Este patrón financiero comenzó a programarse en nuestro subconsciente desde nuestra infancia. Y está compuesto por mitos, estereotipos, asunciones y prejuicios acerca del dinero, muchos de los cuales son irracionales y falsos.

En base a cuáles hayan sido nuestros referentes familiares y culturales, muchos de nosotros estamos programados para gastar más dinero del que ganamos. O por el contrario, para ahorrar y almacenar todo lo que podamos. En paralelo, la mayoría compartimos algunas ideas comunes. Por eso solemos considerar que «el dinero corrompe», pues es «la raíz de todos los males». O que «los ricos son malvados y mezquinos».

Sin embargo, el dinero no es bueno ni malo. Más bien es un medio de intercambio neutro. Curiosamente, cuanto más aumentan nuestros ingresos, más lo hacen nuestros gastos. Además, está comprobado que cuando nuestro poder adquisitivo incrementa significativamente, enseguida nos acostumbramos a nuestra nueva posición social y económica. Y al cabo de poco tiempo, comenzamos a desear más de lo que tenemos. Cuando ganamos 1.000 euros al mes, nos gustaría cobrar 500 euros más. Y al conseguir los 1.500 euros mensuales, empezamos a desear 2.000 euros. Luego 2.500 euros…

Tarde o temprano, llega un momento en que el dinero se convierte en una serie de números proyectados en la pantalla de un ordenador. Y superada una cierta cantidad, nuestro deseo se vuelve más feroz. Cuando acumulamos 5.000 euros en la cuenta corriente, nuestro siguiente objetivo se centra en alcanzar 10.000 euros. Y una vez logramos esta cifra, aspiramos a llegar a los 50.000 euros.

Dado que nuestra sed económica jamás queda saciada, de pronto se produce un nuevo salto exponencial, empezando a querer 100.000 euros. Luego 1 millón de euros. Más tarde 10 millones de euros. Y así ad infinitum… Y es que no hay cantidad de dinero en este mundo capaz de llenar el vacío de una persona enajenada de su riqueza interior. Para salir de este círculo vicioso, el primer paso consiste en ver el dinero como lo que es, dejando de proyectar en él lo que nos gustaría que fuese.

Nuestros problemas laborales y financieros no son nuestro verdadero problema. Éste reside en las creencias erróneas y limitantes que tiene nuestra mente acerca del dinero. Si hemos venido sembrando peras, habremos estado cosechando peras, no manzanas. Si queremos manzanas, no nos queda más remedio que aprender a sembrar manzanas. La fórmula es muy sencilla: si anhelamos que cambie el fruto, hemos de cambiar primero la semilla.

Artículo publicado por Borja Vilaseca en El País Semanal el pasado domingo 10 de mayo de 2015.