Por Borja Vilaseca
La humildad y la honestidad son dos cualidades que requieren mucha sabidurĂa ponerlas en prĂĄctica. MĂĄs que nada porque requieren que dejemos de lado el ego, reconociendo nuestros defectos y mediocridades.
La gran mayorĂa estamos convencidos de que nuestra forma de ver la vida es la forma de ver la vida. Y que quienes ven las cosas diferentes que nosotros estĂĄn equivocados. De hecho, tenemos tendencia a rodearnos de personas que piensan exactamente como nosotros, considerando que estas son las Ășnicas âcuerdas y sensatasâ. Pero, Âżsabemos de dĂłnde viene nuestra visiĂłn de la vida? ÂżRealmente podemos decir que es nuestra? ÂżAcaso la hemos elegido libre y voluntariamente?
Desde el dĂa en que nacimos, nuestra mente ha sido condicionada para pensar y comportarnos de acuerdo con las opiniones, valores y aspiraciones de nuestro entorno social y familiar. ÂżAcaso hemos escogido el idioma con el que hablamos? ÂżY quĂ© decir de nuestro equipo de fĂștbol? En funciĂłn del paĂs y del barrio en el que hayamos sido educados, ahora mismo nos identificamos con una cultura, una religiĂłn, una polĂtica, una profesiĂłn y una moda determinadas, igual que el resto de nuestros vecinos. ÂżCĂłmo verĂamos la vida si hubiĂ©ramos nacido en una aldea de un pueblo de Madagascar? Diferente, Âżno? Y entonces, Âżpor quĂ© nos aferramos a una identidad prestada, de segunda mano, tan aleatoria como el lugar en el que nacimos? ÂżPor quĂ© no cuestionamos nuestra forma de pensar? ÂżY quĂ© consecuencias tiene este hecho sobre nuestra existencia?
Para responder a esta Ășltima pregunta tan solo hace falta echar un vistazo a la sociedad. ÂżVemos a seres humanos felices al volante de los coches en medio de un atasco de trĂĄfico? ÂżVemos a personas que se sienten en paz saliendo por la tele? ÂżVemos mucho amor en los campos de fĂștbol o en las empresas? La ignorancia es el germen de la infelicidad. Y Ă©sta, la raĂz desde la que florecen el resto de nuestros conflictos y perturbaciones. No existe ni un solo ser humano en el mundo que quiera sufrir de forma voluntaria. Las personas queremos ser felices, pero en general no tenemos ni idea de cĂłmo lograrlo. Y dado que la mentira mĂĄs comĂșn es la que nos contamos a nosotros mismos, en vez de cuestionar nuestro sistema de creencias e iniciar un proceso de cambio personal, la mayorĂa nos quedamos anclados en el victimismo, la indignaciĂłn, la impotencia o la resignaciĂłn.
SER HONESTO ES DOLOROSO âÂżQuiĂ©n de nosotros tiene el valor de decirse la verdad a sĂ mismo?â (SĂ©neca)
Muchos estamos perdidos en el arte de vivir plenamente. ÂżY quiĂ©n no lo estĂĄ? Demasiada gente nos ha estado confundiendo durante demasiados años, presionĂĄndonos y convenciĂ©ndonos para que hagamos cosas que no nos convienen hacer para tener cosas que no necesitamos tener. Observemos los resultados que estamos cosechando en las diferentes dimensiones de nuestra existencia. ÂżQuĂ© vemos? Si nuestra vida carece de sentido, reconozcĂĄmoslo. No nos engañemos mĂĄs. Si nos sentimos vacĂos, asumĂĄmoslo. Dejemos de mirar hacia otro lado. El «autoengaño» es un dĂ©ficit de «honestidad». Esta cualidad nos permite reconocer que nuestra vida estĂĄ hecha un lĂo porque nosotros estamos hecho un lĂo con la vida. A menos que admitamos que tenemos un problema nos serĂĄ imposible solucionarlo. Lo Ășnico que conseguiremos serĂĄ crear nuevos problemas, cada vez mĂĄs sofisticados.
La honestidad puede resultar muy dolorosa al principio. Pero a medio plazo es muy liberadora. Nos permite afrontar la verdad acerca de quiénes somos y de cómo nos relacionamos con nuestro mundo interior. Asà es como iniciamos el camino que nos conduce hacia nuestro bienestar emocional. Cultivar esta virtud provoca una serie de efectos terapéuticos. En primer lugar, disminuye el miedo a conocernos y afrontar nuestro lado oscuro. También nos incapacita para seguir llevando una måscara con la que agradar a los demås y ser aceptados por nuestro entorno social y laboral.
A su vez, esta cualidad nos impide seguir ocultando debajo de la alfombra nuestros conflictos emocionales. AsĂ, nos da fortaleza para cuestionarnos, identificando la falsedad y las mentiras que pueden estar formando parte de nuestra vida. De pronto perdemos el interĂ©s en justificarnos cada vez que alguien señala alguno de nuestros defectos. Y aumenta nuestra motivaciĂłn para desarrollar nuestro potencial como seres humanos. En la medida que la honestidad se va integrando en nuestro ser, sentimos frecuentes episodios de alivio por no tener que fingir ser quien no somos.
LA TIRANĂA DEL ORGULLO âEl orgullo es un albañil especializado en la construcciĂłn de murallas que cuanto mĂĄs nos protegen, mĂĄs a la defensiva nos hacen vivir.â (Irene Orce)
A pesar del sufrimiento y del conflicto que vamos cosechando, en ocasiones nos cuesta mucho considerar que estamos equivocados. ÂżQuiĂ©n lo estĂĄ? AsĂ, solemos utilizar una serie de mecanismos de defensa para mantenernos en nuestra zona de comodidad. Entre estos destaca la «arrogancia» de creer que no tenemos nada que cuestionarnos, ni mucho menos âalgoâ que aprender. AsĂ es como evitamos remover el sistema de creencias con el que hemos creado nuestro falso concepto de identidad.
Y lo mismo hacemos con la «soberbia», que nos lleva a sentirnos superiores cada vez que nos comparamos con alguien, poniendo de manifiesto nuestro complejo de inferioridad. De ahà surge la «prepotencia», con la que tratamos de demostrar que siempre tenemos la razón. También empleamos la «vanidad», haciendo ostentación de nuestros méritos, virtudes y logros.
Eso sĂ, el gran generador de conflictos con otras personas se llama «orgullo». Principalmente porque nos incapacita para reconocer y enmendar nuestros propios errores. Y pone de manifiesto una carencia de «humildad». EtimolĂłgicamente, esta cualidad viene de «humus», que significa «tierra fĂ©rtil». Es lo que nos permite adoptar una actitud abierta, flexible y receptiva para poder aprender aquello que todavĂa no sabemos.
LOS BENEFICIOS DE LA HUMILDAD âLa humildad nos permite silenciar elegantemente nuestras virtudes, permitiendo que los demĂĄs descubran las suyas.â (Clay Newman)
La humildad estĂĄ relacionada con la aceptaciĂłn de nuestros defectos, debilidades y limitaciones. Nos predispone a cuestionar aquello que hasta ahora habĂamos dado por cierto. En el caso de que ademĂĄs seamos vanidosos o prepotentes, nos inspira a simplemente a mantener la boca cerrada. Y solo hablar de nuestros Ă©xitos en caso de que nos pregunten. Llegado el momento, nos invita a ser breves y no regodearnos. Es cierto que nuestras cualidades forman parte de nosotros, pero no son nuestras.
La paradoja de la humildad es que en el momento en que se manifiesta, se corrompe y desaparece. La coletilla âen mi humilde opiniĂłnâ no es mĂĄs nuestro orgullo disfrazado. La verdadera humildad no se predica, sino que se practica. En caso de existir, son los demĂĄs quienes la ven, nunca uno mismo. Ser humilde es el resultado de conocer nuestra verdadera esencia, mĂĄs allĂĄ de nuestro ego. Y es que solo cuando accedemos al nĂșcleo de nuestro ser sabemos que no somos lo que pensamos, decimos o hacemos. Ni tampoco lo que tenemos o conseguimos. Esta es la razĂłn por la que las personas humildes, en tanto que sabios, pasan desapercibidas.
En la medida que cultivamos la humildad, nos es cada vez mĂĄs fĂĄcil aprender de las equivocaciones que cometemos, comprendiendo que los errores son necesarios para seguir creciendo y evolucionando. De pronto ya no sentimos la necesidad de discutir, imponer nuestra opiniĂłn o tener la razĂłn. Gracias a esta cualidad, cada vez gozamos de mayor predisposiciĂłn para escuchar nuevos puntos de vista, incluso cuando se oponen a nuestras creencias. En paralelo sentimos mĂĄs curiosidad por explorar formas alternativas de entender la vida, que ni siquiera sabĂamos que existĂan. Y cuanto mĂĄs indagamos, mayor es el reconocimiento de nuestra ignorancia, vislumbrando claramente el camino hacia la sabidurĂa.
ArtĂculo publicado por Borja Vilaseca en El PaĂs Semanal el pasado domingo 13 de julio de 2014.



