Invierte en tu educación financiera

Por Borja Vilaseca

El sexto paso para poder reinventarnos profesionalmente consiste en cultivar nuestra inteligencia financiera para saber cómo resolver nuestros problemas económicos.

El sexto paso para reinventarnos profesionalmente consiste en invertir en nuestra educación financiera. Todos queremos gozar de «seguridad financiera». Es decir, lograr un cierto bienestar material mediante un ingreso económico que nos permita cubrir nuestras necesidades básicas (vivienda, comida y vestimenta), así como disfrutar de ciertos placeres y comodidades que mejoren nuestra calidad de vida. Para ello, no nos queda más remedio que ganar dinero un mes detrás de otro, de forma ininterrumpida. Y para conseguir este objetivo, existen diferentes maneras de relacionarnos con el mercado laboral.

Entre otras clasificaciones, destaca la realizada por el padre de la inteligencia financiera, Robert T. Kiyosaki, denominada «el cuadrante del flujo del dinero». Este autor divide a la población activa en cuatro roles -o cuadrantes-, según el modo en que generamos nuestros ingresos. Cada uno de ellos encara y vive de manera muy diferente la dimensión laboral. No hay ningún cuadrante mejor ni peor. Todos cuentan con una serie de ventajas y desventajas. Eso sí, para ejercer estos roles se ha de contar una serie de cualidades emocionales y de aptitudes técnicas diferentes.

Cada rol requiere un tipo de mentalidad específico. Y va acompañado de un determinado estilo de vida. De ahí que cambiar de cuadrante implique un profundo cambio en la manera de comprender la vida en general y el mercado laboral en particular. Estos cuatro roles nos confrontan con nuestra necesidad de seguridad -predominante en el lado izquierdo del cuadrante-y nuestro anhelo de libertad, más común en el lado derecho del mismo. Dependiendo de nuestros valores, prioridades y aspiraciones vitales, puede ser interesante abrir nuestro marco de acción, verificando en qué cuadrante estamos y en cuál nos gustaría estar. Eso sí, estos cuatro roles no son excluyentes, sino que pueden compaginarse.

El primer rol es el de «empleado». Es el más común en nuestra sociedad, principalmente porque ha sido el más demandado durante la pasada Era Industrial. Se estima que cerca del 85% de la población activa en España se encuentra en este cuadrante (incluyendo a los empleados, los funcionarios y los parados); el 65% en Estados Unidos. Incluye a todas aquellas personas que venden su tiempo a cambio de un salario, sin importar si son mozos de carga de una pequeña fábrica o altos ejecutivos de una gran multinacional. La característica principal del empleado es que tiene miedo de la incertidumbre y por eso busca seguridad. Esta es la razón por la que se hace dependiente de un empleador. Es decir, de un individuo o de una empresa que ponga por escrito que se compromete a pagarle una determinada cantidad de dinero cada mes.

El empleado es un engranaje, una pieza dentro de un sistema que genera enormes beneficios económicos para quienes lo han creado. Recibe órdenes específicas para cumplir unos objetivos muy concretos. Su trabajo se enmarca dentro de una rutina laboral controlada y delimitada por otros. En general, el asalariado trabaja ocho horas al día, cinco días a la semana. Y sobrevive financieramente de nómina en nómina. Eso sí, el resto del tiempo no tiene por qué pensar en nada relacionado con el trabajo. Su realidad socioeconómica no está en sus manos, sino que depende de fuerzas que escapan de su control e influencia. Eso sí, tiene el derecho a pedir una baja laboral cuando está enfermo, así como a un subsidio temporal de desempleo. Al menos hasta que el Estado quiebre.

EL MIEDO A SER DESPEDIDO
“La búsqueda de seguridad para evitar el riesgo es la cosa más peligrosa que podemos hacer.”
(Robert T. Kiyosaki)

Dado que el tiempo del empleado es limitado, también lo es su capacidad para aumentar sus ingresos. Y a pesar de la sensación de seguridad que genera firmar un contrato indefinido con una empresa, en realidad no posee su puesto de trabajo; más bien dispone de él en régimen de alquiler. En cualquier momento el verdadero propietario puede arrebatárselo y ofrecérselo a otra persona. No en vano, cualquier empleo es seguro hasta el día antes de ser despedido. De ahí que uno de los mayores temores de nuestro tiempo es el miedo al despido.

El segundo rol es el de «autoempleado». En España, forman parte de este cuadrante todos los profesionales autónomos que trabajan por cuenta propia. Y se incluyen tanto aquellos que son free-lance-colaborando de forma intermitente para otras empresas-, como aquellos que atienden a su propia cartera de clientes. Este perfil representa más o menos al 14% de la población activa de este país y está cerca del 30% en Estados Unidos.

El rasgo más destacado del autoempleado es que quiere ser su propio jefe. No necesita ni desea supervisión. De hecho, no le gusta que alguien le diga lo que tiene que hacer. De ahí que busque autonomía, tratando de ser lo más autosuficiente posible. Frente al miedo, no responde buscando seguridad, sino asumiendo el control de la situación, enfrentándola con entereza y responsabilidad. Sin embargo, este afán de independencia puede convertirlo en esclavo de su propio negocio.

Los profesionales que forman parte de este cuadrante son dueños de un empleo. Irónicamente, siguen pensando como empleados, con horarios fijos y rutinas laborales. Por otro lado, el autoempleado suele tener un punto perfeccionista y le cuesta bastante delegar. Fundamentalmente porque considera que no hay nadie mejor que él para hacer lo que sabe hacer. Como consecuencia, se ocupa de todas las funciones necesarias para tirar para adelante una empresa. Responde al teléfono. Paga las cuentas. Realiza visitas comerciales. Diseña y ejecuta la estrategia de marketing. Se encarga de las finanzas y de la contabilidad, así como del papeleo necesario para cumplir con las exigencias burocráticas del Estado. Al ocuparse de todo, se pasa el día trabajando y le es difícil relajarse y desconectar. Su cabeza suele estar pensando en los temas pendientes que quedan todavía por resolver.

Por todo ello, el autoempleado suele ser víctima de un exceso de trabajo, lo que termina por agotarle. En su afán de ser libre, quien ejercen este rol tampoco gozan de demasiada seguridad, pues dado que sus ingresos están sujetos a su propio esfuerzo, no puede permitirse el lujo de ponerse enfermo. El autoempleado es el sistema. Si deja de trabajar, deja de ingresar. Para no quemarse, necesita evolucionar, creando un sistema de funcionamiento que trabaje para él, delegando y contratando a otros para realizar aquellas tareas que le roban tiempo y que no marcan la diferencia en su negocio.

DUEÑOS DE NEGOCIO E INVERSORES
La gente pobre tiene una televisión gigante. La gente rica tiene una gran librería.”
(Jim Rohn)

El tercer rol es el de «dueño de negocio». Es decir, aquel emprendedor que no sólo haya fundado su propio negocio o empresa. Y que también haya aprendido a liderar a un equipo de personas para que trabajen al servicio de un sistema que -con el tiempo-ya no requiera de su presencia ni intervención. En este cuadrante se incluyen a todos los accionistas y propietarios de grandes, medianas o pequeñas compañías. Se estima que en España este rol representa al 2% de la población activa y en Estados Unidos, al 4%.

El dueño de negocio no tiene miedo a la incertidumbre; más bien la acepta como algo natural, completamente inherente a la vida. Así, el empresario es la persona que se mueve en un mundo incierto para que los que trabajan para él crean que ese mundo es seguro. Quien forman parte de este cuadrante es dueña de un sistema. Primero lo crea, luego lo desarrolla y finalmente cobra una serie de réditos fruto de los resultados económicos cosechados por el trabajo de su equipo. Son los llamados «ingresos pasivos».

Así, llega un momento en que gana dinero sin necesidad de trabajar, cobrando parte del beneficio generado por la compañía que en su día fundó y financió, logrando con su visión, su estrategia y su dedicación que cosechara un cierto éxito empresarial y económico. Su valor depende de su capacidad para liderar a la gente, relacionándose con su red de gestores, empleados y colaboradores de forma empática y asertiva. Y también de su habilidad para ampliar el tamaño del sistema creado, rodeándose de personas más inteligentes y competentes que él mismo.

El cuarto y último rol es el de «inversor». Es decir, un profesional que se dedica a ganar dinero invirtiendo dinero. Y no hay que confundirlo con el especulador. La diferencia es que el primero invierte su capital en proyectos que cree que prosperarán, obteniendo un beneficio en caso de que eso suceda. En cambio, el segundo se dedica a jugar a los dados en ese famoso casino llamado Bolsa, apostando en lo que sea para obtener la máxima rentabilidad posible. En la jerga financiera a esta actividad se le llama «trading».

LA CONQUISTA DE LA LIBERTAD FINANCIERA
“Regálale pescado y le darás alimento para un día; enséñale a pescar y lo alimentarás para el resto de su vida.”
(Proverbio chino)

Ser inversor no tiene nada que ver con invertir en los productos financieros que ofrecen los bancos. Nos referimos a las cuentas de ahorro, a los depósitos a largo plazo, a los fondos de inversión, a las acciones, a los bonos, etc… Estos son los instrumentos que el sistema monetario ofrece a los principiantes y aficionados de la inversión; ninguno de ellos es una estrategia inteligente ni eficiente para ganar dinero. Lo más importante para invertir es saber dónde invertir. Y en el mundo de hoy, este conocimiento vale su peso en oro. De ahí la importancia de invertir primero en nuestra educación financiera.

Se estima que en España solo el 0,5% de la población activa se encuentra asentado principalmente en el rol de inversor. En Estados Unidos, la cifra asciende hasta el 1%. Es el cuadrante de los millonarios. Entre otros inversores famosos destacan Warren Buffet o George Soros. Los inversores se dedican a invertir en sistemas ajenos, creados y liderados por dueños de negocios, que a su vez contratan a empleados y autoempleados para obtener los resultados económicos esperados. Así, los inversores no tienen que trabajar porque su dinero trabaja por ellos. Y tal y como están diseñadas las leyes fiscales, este rol es el que más gana y menos impuestos paga.

Llegados a este punto, cabe recordar que cada uno de nosotros nos encontramos en al menos uno de estos cuatro cuadrantes, en función de donde proceden mayoritariamente nuestros ingresos. Podemos ser ricos o pobres en cualquiera de estos cuatro roles. Ninguno de ellos garantiza el éxito financiero. Eso sí, los roles de dueño de negocio e inversor son los que nos posibilitan con más facilidad conquistar la denominada «libertad financiera». Esta se mide por el número de meses -o de años-que podemos mantener nuestro estilo de vida sin ingresar un solo euro. Y se conquista definitivamente cuando nuestros ingresos pasivos -aquellos que obtenemos sin que se requiera de nuestra presencia o intervención-son superiores a nuestros gastos.

Para el empleado y el autoempleado, la libertad financiera suele ser un objetivo difícilmente alcanzable. Principalmente porque sus ingresos están vinculados al tiempo que emplean en ganarlos. En cambio, el dueño de negocio y el inversor están un paso más cerca debido a que cuentan con ingresos pasivos que les generan efectivo sin necesidad de trabajar. Dar el salto de un rol a otro implica una auténtica revolución en nuestra consciencia. El mundo se ve de forma muy distinta en función de en qué lado estemos del cuadrante. Al fin y al cabo, el primer paso consiste en decidir qué preferimos: ¿seguridad o libertad?

Si quieres saber cuáles son el resto de pasos, para reinventarte profesionalemente, lee los siguientes artículos:

Primer paso: “Asume que eres 100% co-creador de tu vida”.

Segundo paso: “Emancípate emocionalmente de tu entorno”.

Tercer paso: Vence el miedo a salir de tu zona de comodidad.

Cuarto paso: “Conócete y sé fiel a ti mismo”.

Quinto paso: “Descubre cuál es tu propósito”.

Séptimo paso: “Adopta una actitud emprendedora”.

Este artículo corresponde a un capítulo del libro “Qué harías si no tuvieras miedo”.

By |2020-01-21T13:42:30+00:0014 enero, 2020|Reinvención y desarrollo profesional|0 comentarios

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