La solitud no existe

A modo de epílogo quiero terminar con una reflexión muy hierbas. Por favor, no te creas nada de lo que leas a continuación. Sé muy escéptico.

A modo de epílogo quiero terminar con una reflexión muy hierbas. Por favor, no te creas nada de lo que leas a continuación. Sé muy escéptico. Principalmente porque voy a intentar explicar con palabras algo que es imposible transmitir a través del lenguaje. Procura verificarlo a través de tu propia experiencia. Eso sí, ya te avanzo que no hay nada que tú puedas hacer para vivenciarlo, pues la vivencia que estoy a punto de relatarte deviene precisamente cuando trasciendes el yo con el que sueles estar tan identificado. No es algo que puedas hacer o lograr, sino más bien es algo que sucede, si es que tiene que suceder(te)…

En fin, voy a ello. La bomba que quiero soltarte es que «la solitud no existe». Aun a riesgo de que me taches de loco o de esotérico, me animo a compartirlo contigo a raíz de una experiencia mística que me sobrevino a los 25 años mientras leía un tratado sobre espiritualidad. Y que muchos años más tarde volví a recordar durante una ceremonia de ayahuasca. En ambas ocasiones emergió por encima de mí una observación neutra e impersonal que atestiguó la muerte del ego.

En aquel espacio-tiempo no había ningún yo. Era una experiencia sin experimentador. De hecho, no había nadie ni nada, tan sólo una sensación de consciencia, presencia y dicha que lo inundaba todo. Obviamente fue algo temporal. Tal como vino se marchó, volviendo a identificarme nuevamente con mi personaje. Pero dejó una huella imborrable en mi corazón, que es desde donde escribo las líneas que siguen.

No eres un yo separado de la realidad

Te recuerdo que la tesis central de este libro es que la sensación psicológica de abandono, soledad y falta de amor no tiene nada que ver con la solitud. Es decir, con el acto físico de estar solo. La causa de esta emoción tan dolorosa -y tan difícil de sostener- se encuentra en la excesiva identificación con el ego. De hecho, este mecanismo de defensa que desarrollaste para sobrevivir a tu infancia es -en sí mismo- la soledad. No en vano, cuando vives inconscientemente -enajenado de tu verdadera esencia- te crees todos los pensamientos egocéntricos que te suministra tu mente neurótica. Y uno de los más recurrentes es hacerte creer que eres un yo separado de la realidad y de los demás.

Si bien esta creencia está muy arraigada en el inconsciente colectivo de la sociedad, se trata de un espejismo. Es una burda mentira, una ficción inventada por la mente. Basta un destello de consciencia y lucidez para darte cuenta de que no existe tal cosa como la separatividad. Cuando te desidentificas del ego -y reconectas con el espíritu- verificas empíricamente que estás totalmente unido y conectado con la existencia. No hay separación entre tú y la vida, pues la vida y tú sois lo mismo. Esencialmente porque el yo es una ilusión cognitiva, un producto conceptual creado a través del lenguaje y desarrollado por medio de pensamientos y creencias. La única razón por la que sientes soledad es porque te crees las historias que el ego te cuenta cuando vives identificado con él.

La verdad más verdadera que puedes llegar a comprehender en esta vida es que no estás separado del universo. Todo lo que acontece es una expresión única y no dual de la consciencia de unidad que envuelve toda la existencia. El quid de la cuestión es que esta realidad última no es comprensible a través de la mente, el intelecto y el lenguaje. Más que nada porque está más allá de la mente, el intelecto y el lenguaje. De ahí que sea completamente imposible expresarlo con palabras. A eso se refiere la expresión «cuando el sabio señala a la luna el necio se queda mirando el dedo».

*Este artículo es un extracto de mi libro “Ama tu soledad. Muchas veces la mejor compañía la encuentras estando solo”.

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