Padres emocionalmente inmaduros

La humanidad se encuentra empantanada en un círculo vicioso. La mayoría de las familias son disfuncionales porque están compuestas por adultos que no han sabido sanar sus propios traumas y que en mayor o menor medida ejercen la paternidad de forma infantil e inconsciente. Y como consecuencia, trasladan parte de sus traumas transgeneracionales a sus hijos, produciendo la siguiente hornada de adultos narcisistas, quienes -a su vez- forman nuevas familias disfuncionales…

Lo cierto es que una gran parte de la población tiene hijos cuando todavía no está psicológicamente preparada. Son los llamados «padres y madres emocionalmente inmaduros». Y es que antes de traer al mundo a otro ser humano, es imprescindible que primero hayas aprendido a hacerte cargo de ti mismo. Especialmente a nivel emocional. Y esto pasa por haber confrontado y sanado tus traumas de infancia, convirtiéndote en un adulto más o menos equilibrado.

En el caso de que hayas crecido en una de estas familias disfuncionales sabrás lo solo que un crío puede llegar a sentirse cuando sus padres están más preocupados por sí mismos que por sus hijos. Desde lejos puede dar la sensación de que todo transcurre con normalidad. Principalmente porque en muchos casos los padres emocionalmente inmaduros suelen atender la salud física de sus retoños. E incluso puede que les proporcionen lo necesario para gozar de una existencia digna a nivel económico y material. Sin embargo, al vivir tan desconectados de sí mismos son incapaces de establecer una sólida conexión emocional con sus hijos.

La tiranía del «pórtate bien»

Los padres emocionalmente inmaduros están demasiado cegados por el ego. Todo lo hacen sobre ellos. Miran a sus hijos, pero no los ven. Les hablan, pero no se comunican. Los oyen, pero no los escuchan. Los tocan, pero no los sienten. Los quieren, pero no los aman. Y en definitiva, interactúan con ellos, pero no mantienen una relación profunda ni verdadera. Se quedan en la superficie. Por eso no tienen ni idea de lo que a sus hijos les pasa por dentro. Ni tampoco saben qué es lo que verdaderamente necesitan. Están completamente perdidos. La paternidad les viene demasiado grande.

Y es que una cosa es tener hijos y otra muy distinta, ser madre o padre. Debido a su ignorancia e inconsciencia, este tipo de progenitores piensa que sus retoños son una extensión de sí mismos. Se creen que por el hecho de ser sus padres tienen derecho a hacer lo que quieran con sus hijos. A su vez, les suelen insistir una y otra vez en que se «porten bien». Es decir, que hagan exactamente lo que a ellos les conviene en todo momento. Tienden a elogiar su obediencia y a censurar su rebeldía. Y no dudan en utilizar la amenaza y el castigo para modular el comportamiento de sus hijos, tratando de que éstos cumplan siempre sus expectativas, a menudo distorsionadas.

Muchas veces, los padres emocionalmente inmaduros son distantes, pasotas y ausentes. Es como si la maternidad no fuera con ellos. En otros casos, son muy rígidos y sobreprotectores con sus hijos, tienen muy poca paciencia y nula tolerancia a la frustración. E incluso los hay que esperan que sus retoños sean mucho más maduros de lo que les es posible para su edad, exigiéndoles ciertas actitudes que éstos todavía no les pueden dar. La paradoja es que todos ellos -que sí son adultos- siguen manifestando rabietas y pataletas infantiles cuando sus hijos no les hacen caso. De hecho, a menudo invierten los papeles con ellos: los utilizan como confidentes, hablándoles de sus problemas matrimoniales para recibir el afecto y la atención que ellos mismos son incapaces de proporcionarles.

Este tipo de madres y padres no sabe regular sus propias emociones. Principalmente porque están bastante descentrados y desequilibrados. La forma más común en la que estos progenitores maltratan psicológicamente a su prole es mediante los gritos y las broncas. O evitando pasar tiempo con ellos. Y suelen justificar sus conductas neuróticas alegando que son provocadas por el comportamiento inadecuado de sus hijos. Actuando de este modo hacen sentir a sus retoños que nada de lo que dicen y hacen está bien. De manera directa e indirecta todo el rato les hacen sentir que son imperfectos, defectuosos e insuficientes.

Manipulación y chantaje emocional

Otro rasgo muy común de los padres emocionalmente inmaduros es que utilizan la manipulación y el chantaje emocional para controlar y someter a sus hijos. Entre otras atrocidades, les culpan de su sufrimiento y les hacen sentir que son responsables de su felicidad. También los sobreprotegen en exceso para volverlos totalmente dependientes, intentando así que no los abandonen cuando vuelen del nido. Curiosamente suelen tener siempre un hijo preferido -el cual va alternando-, que es aquel con el que no están peleados en un momento dado. Y enfrentan a los hermanos entre sí, fomentando la comparación, la envidia y los celos entre ellos.

No es casualidad que en todas las familias disfuncionales exista un trasfondo de competencia y rivalidad entre los hijos, quienes sienten que necesitan luchar por el amor de sus padres. Irónicamente, los progenitores emocionalmente inmaduros se llenan la boca con lo mucho que adoran a sus hijos. Pero la realidad es que no les gusta pasar tiempo con ellos, sino gozar de libertad para hacer siempre lo que les dé la gana… Si bien todos los hijos podemos ver a nuestros padres reflejados en alguno de estos comportamientos, en el caso de que seamos madres (o padres) seguramente nos cueste un poquito más reconocerlos en nosotros mismos.

Cabe señalar que algunos niños sí se han criado en hogares formados por adultos con madurez emocional. Es decir, por padres y madres conscientes, sanos y felices que saben anteponer las necesidades de sus hijos a las suyas. Y que cuentan con la inteligencia emocional suficiente como para acompañar a sus retoños en las diferentes etapas de su proceso evolutivo, dándoles en todo momento el cariño, la atención, la valoración y el amor que éstos necesitan para crecer de forma saludable en las diferentes etapas de su desarrollo psicológico y afectivo. Ojalá tú hayas tenido la fortuna de ser uno de ellos. Si no, bienvenido al club de los huérfanos emocionales.

La mayoría de adultos se convierten en padres
mucho antes de que hayan dejado de ser niños.
MIGNON MCLAUGHLIN

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