Por qué vemos tanto la tele

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Por Borja Vilaseca

El triunfo de la cultura del entretenimiento se asienta sobre una incómoda verdad. La búsqueda obsesiva de diversión suele ser un medio para evadirnos de nuestra insatisfacción y malestar.

Producir, consumir y divertirnos. Éstas son las tres principales actividades que promueve el sistema económico del que todos somos co-creadores y co-responsables. Cuando estamos en nuestro puesto de trabajo, en principio “produciendo”, nos aferramos al verbo “hacer” con el fin de obtener “resultados”. Eso es lo que espera el jefe de nosotros. Y dado que nada de lo que conseguimos parece ser suficiente para la empresa, a lo largo de nuestra jornada laboral solemos ser víctimas de la hipervelocidad, el estrés y la tensión.

Al salir de la oficina, de forma impulsiva sentimos la legítima necesidad de “desconectar del trabajo”. Y así, de la mano del verbo “tener”, solemos irnos al centro comercial con el objetivo de comprar y consumir cosas que nos hagan “sentir bien”. Al menos esa es la ilusión que nos promete el marketing y la publicidad. Pero dado que el placer y la satisfacción que nos proporciona el consumo son más efímeros de lo que esperábamos, tampoco solemos tener nunca suficiente con lo que poseemos.

No importa si vivimos solos o acompañados de nuestra pareja e hijos. Una vez en casa, cansados físicamente y agotados mentalmente, solemos desplomarnos en el sofá. Y justo en ese preciso instante, después de un día marcado por la obligación de “hacer” y el deseo de “tener”, nos encontramos irremediablemente con nuestro “ser”. Es sin duda el verbo más importante de nuestra vida, pero también al que prestamos menos atención. De ahí que sentados en el sillón, solos, en silencio y sin hacer nada, nos invada una incómoda sensación. Es como un runrún que empieza a vibrar con fuerza en nuestro interior, una experiencia comúnmente conocida como “vacío existencial”.

LA EVASIÓN DE UNO MISMO
“La huida no ha llevado a nadie a ningún sitio.”
(Antoine de Saint-Exupery)

Lo paradójico es que al empezar a conectar con nosotros mismos, con lo que sentimos en nuestro interior, solemos encender la televisión de forma mecánica con la intención de “evadirnos” de esa molesta y desagradable sensación. Es un acto sutil, totalmente inconsciente. Y lo cierto es que después de tantos años siguiendo este mismo ritual, huir de nosotros mismos termina por convertirse en una rutina. Lo hacemos por una simple cuestión de comodidad e inercia.

De hecho, según los informes que realiza la empresa Corporación Multimedia, los españoles nos pasamos una media de casi cuatro horas al día delante de la caja tonta. Se estima que nos tragamos al menos una hora de anuncios publicitarios, y que nos pasamos otra haciendo zapping hasta que encontramos algún programa que mínimamente nos interese.

Y eso no es todo. Según un estudio de la Asociación Europea de Publicidad Interactiva, la actividad de “navegar por Internet” ya supera en número de horas a la semana a la de “ver la tele”. Visto con perspectiva, nuestro tiempo de ocio empieza a tener un denominador común: estar sentados, narcotizándonos delante de una pantalla. De ahí que algunos sociólogos constaten que hemos entrado en una nueva era con un nuevo tipo de ser humano: el homo evasivus. Es decir, “el hombre que se evade de sí mismo”.

¿POR QUÉ HACEMOS LO QUE HACEMOS?
“El aburrimiento es un síntoma inequívoco de que no estás a gusto contigo mismo.”
(Erich Fromm)

Llegados a este punto, los psicólogos y coachs contemporáneos proponen una serie de preguntas para averiguar qué hay detrás de nuestra adicción a escapar de nuestro mundo interior: “¿Cuánto tiempo dedicamos cada día a estar realmente con nosotros mismos sin evadirnos? ¿Qué necesidad tenemos de entretenernos? ¿Qué sentimos cuando estamos a solas, en silencio y sin nada con lo que distraernos? Y en definitiva: ¿somos conscientes de que huir de nosotros mismos no es la solución, sino el problema?

Resulta incómodo cuestionar nuestro estilo de vida. Pero sólo mediante esta indagación podemos encontrar nuestra propia verdad. Por más que miremos hacia otro lado, no podemos escapar de nosotros eternamente. Tarde o temprano no nos va a quedar más remedio que pararnos y ver qué ocurre en nuestro interior. Y este ejercicio de honestidad, humildad y coraje es el principio de la verdadera crisis existencial, que no es más que asumir la responsabilidad y el compromiso de resolvernos a nosotros mismos.

Al estudiar la etimología de las palabras, nos damos cuenta de que en este caso el problema es también la solución. El termino “malestar”, por ejemplo, está compuesto por el adjetivo “mal” y el verbo “estar” y básicamente significa “estar mal”. Un sinónimo contemporáneo, totalmente aceptado por la sociedad, es el “aburrimiento”. Procede del latín “abhorrere”, que quiere decir “tener horror”. Es decir, que cuando afirmamos estar aburridos, en el fondo estamos diciendo que “sentimos horror dentro de nosotros”. De ahí que para escapar nos orientemos hacia la “diversión”. Lo cierto es que este sustantivo, que viene del superlativo latino “divertere”, significa “apartarse, alejarse, desviarse de algo penoso o pesado”. Recapitulando, sólo cuando estamos mal experimentamos horror en nuestro interior, lo que nos lleva a apartarnos y alejarnos de nosotros mismos, buscando distracciones de todo tipo en el exterior.

LA FILOSOFÍA DEL AUTOENGAÑO
“No hay peor ciego que el que no quiere ver.”
(Proverbio chino)

Se cuenta que el emperador romano Alejandro Magno, de camino hacia la India, fue a visitar al filósofo griego Diógenes de Sínope. Era una mañana de invierno, soplaba el viento y Diógenes descansaba a la orilla de un río, sobre la arena, tomando el sol desnudo. Nada más verlo, Alejandro Magno quedó fascinado por la energía y la paz que desprendía su presencia.

“Señor, por todas partes me cuentan que es usted un gran sabio”, afirmó el emperador. Dicen que fue la primera vez que Alejandro Magno trataba con tanto respeto a otro ser humano. “Me gustaría hacer algo por usted. Dígame lo que desea y se lo daré. Tan sólo tiene que pedírmelo.” Sin apenas inmutarse, Diógenes le contestó, con voz tranquila y serena: “Muévete un poco hacia un lado, que me estás tapando el sol. No necesito nada más.”

Su respuesta lo dejó impresionado. Tras unos segundos de silencio, el filósofo le comentó que durante meses había visto pasar muchos ejércitos que seguían órdenes del emperador. “¿Adónde vas, Alejandro?”, le preguntó. “Y sobretodo, ¿para qué?” Seguro de sí mismo, el emperador le contestó: “Voy a la India a conquistar el mundo entero”. Diógenes le miró a los ojos y le hizo una nueva pregunta: “Y después, ¿qué vas a hacer?” Alejandro Magno se lo pensó un buen rato y finalmente afirmó: “Después descansaré, viviré tranquilo y seré feliz”.

Diógenes se echó a reír. “Estás loco”, le espetó. “Yo estoy descansando ahora. No he conquistado el mundo y no veo qué necesidad hay de hacerlo. Si al final lo que quieres es descansar, vivir tranquilo y ser feliz, ¿por qué no lo haces ahora? Y te digo más: si lo sigues posponiendo nunca lo harás. Morirás. Todo el mundo muere en el camino, pero son muy pocos los que realmente viven.” Alejandro Magno le agradeció sus palabras y le dijo que las recordaría. Sin embargo, le confesó que en aquel momento no podía detenerse, pues tenía mucho por hacer y por conquistar.

DESENCHUFARSE PARA CONECTARSE
“El vacío existencial no se llena, sino que se trasciende por medio de la aceptación.”
(Viktor Frankl)

No se trata de demonizar el trabajo, el consumo ni la diversión. Pero sí de reflexionar acerca de si son medios para escapar de nuestro malestar, o fines en sí mismos con los que disfrutar de todo cuanto nos ofrece la vida. Y es que podemos ver la tele o navegar por Internet para “matar el tiempo”, o bien podemos hacerlo como resultado de una elección consciente. La clave para saber desde dónde tomamos la decisión se encuentra en lo que nos mueve a hacerlo.

La sociedad contemporánea es la que es y promueve lo que promueve. De ahí que no valga la pena perder tiempo juzgando ni criticando la cultura del entretenimiento. El reto consiste en centrar nuestro esfuerzo y energía en encontrar la manera de no dejarnos arrastrar por su acelerado ritmo ni por su constante bombardeo materialista. Más que nada porque con el tiempo corremos el riesgo de malvivir enchufados a la ficción creada por la tecnología (basada en el “hacer” y el “tener”), desconectándonos de la realidad que sentimos en nuestro interior, es decir, de nuestro “ser”.

El primer paso es a menudo el más difícil. Consiste en salirnos de la rueda para dedicar tiempo y espacio para estar con nosotros mismos. Porque es en el silencio y en la inactividad donde reconectamos con lo que somos. Y dado que llevamos tantos años escapando de nuestro dolor, insatisfacción y malestar, esto es precisamente lo primero con lo que nos encontramos. Forma parte del proceso de autoconocimiento. Es la cortina de humo que nos separa de nuestro verdadero bienestar.

EL BUSCADOR ES LO BUSCADO
“La verdadera profesión del hombre es encontrar el camino hacia sí mismo.”
(Herman Hesse)

El aburrimiento y, por ende, la necesidad de diversión, son la respuesta a la pregunta “¿qué hacemos?, que suele aparecer en nuestra mente de forma inconsciente cuando no estamos a gusto y en paz con nosotros mismos. Para salir de este círculo vicioso hemos de adueñarnos de nuestro diálogo interno. Así, podemos contrarrestar nuestra inercia mental con nuevas preguntas: “¿Quiénes somos? ¿Cómo nos sentimos? ¿Qué le falta a este momento para sentirnos felices?”

A menos que aprendamos a estar bien con nosotros mismos, seguiremos sintiendo el impulso mecánico de alejarnos de nuestro mundo interno, orientándonos obsesivamente a la actividad constante y el consumo desbocado. Así, la finalidad del crecimiento personal es recuperar nuestro autogobierno interno, que suele dar como fruto un bienestar duradero. Es entonces cuando se nos revelan dos verdades inmutables: que nosotros somos lo que andamos buscando y que no hay mayor fuente de dicha que vivir el momento presente, en un íntimo contacto con la realidad.

Artículo publicado por Borja Vilaseca en El País Semanal el pasado 16 de mayo de 2010.

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