Una economía de ciencia ficción

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Por Borja Vilaseca

La sociedad moderna se ha construido sobre un sistema monetario basado en el endeudamiento crónico, lo cual ha provocado que el dinero en sí mismo ya no tenga ningún valor y que nuestra civilización sea del todo insostenible.

En 1971, el presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, revolucionó las reglas del juego económico y financiero global. Ese año el dinero dejó de ser un derivado del oro para convertirse en un derivado de la deuda. Hasta 1971, las reservas de este metal en las arcas de los bancos centrales posibilitaban la fabricación y el uso de monedas y billetes. A partir de entonces, lo único que respalda el dinero que utilizamos es la confianza -o fiducia- en los gobiernos que avalan a los bancos centrales. Y en la promesa de que tarde o temprano los ciudadanos devolveremos la deuda acumulada entre todos.

Sólo dos años más tarde, el resto de gobiernos y bancos internacionales siguieron la misma senda. En 1973 el mundo abandonó definitivamente el patrón oro y empezó a emplear el «patrón-deuda». Esta es la razón por la que el dinero actual se denomina «dinero fiduciario». Así, la palabra «fiducia» procede de la raíz latina «fides», que significa «confianza, fe o lealtad».

A pesar de que el sistema monetario tiene una enorme influencia en nuestras vidas, en general ignoramos cómo se crea el dinero, qué políticas rigen esta institución y qué impacto tienen sus decisiones en nuestro día a día. Una buena manera de comenzar es ir a su raíz contemporánea: el Banco Central de Estados Unidos, más conocido como la Reserva Federal (Fed). Este organismo privado fue fundado en 1913 por una élite de las familias más ricas del planeta, como los Rothschild, los Rockefeller, los Vanderbilt, los Astor, los Du Pont o los Guggenheim, todos ellos banqueros. Y eso que los padres fundadores de América y creadores de la constitución norteamericana -George Washington, Thomas Jefferson y Benjamin Franklin- se opusieron fervientemente a que un banco privado controlara los suministros económicos de toda la nación.[i]

Tras vencer a todos sus opositores, la Fed sentó las bases de la «Mecánica moderna del dinero», un documento que detalla el proceso de creación de capital en el actual «sistema bancario de reserva fraccionaria». En términos generales, establece que las entidades financieras puedan conceder créditos sin necesidad de disponer de dicha cantidad de dinero en sus cajas fuertes. Más que nada porque tan sólo mantienen una reserva fraccionada acumulada en sus cámaras acorazadas. Este sistema bancario se sostiene bajo la misma premisa que establecieron los orfebres con el oro: la creencia de que manteniendo en las arcas del banco un 10% de los depósitos e ingresos que se reciben como reserva, siempre se tendrá suficiente dinero en efectivo para atender las reclamaciones de los clientes.

Así, cada vez que realizamos un depósito o nos conceden un préstamo de, digamos, 1.000 euros, el banco puede emitir nuevos créditos por un valor de 900 euros. Y dado que este proceso se repite sistemáticamente, de los 1.000 euros iniciales, el banco termina prestando nueve veces la cantidad original: 9.000 euros. Así es como, por medio del patrón-deuda, los bancos centrales del mundo tienen la capacidad de producir dinero de la nada.

Al legalizar e incentivar que el dinero creado por arte de magia pudiera expandirse indefinidamente, la Fed ha posibilitado que Estados Unidos, Europa y Japón hayan alcanzado un desarrollo material sin precedentes. Eso sí, la visión excesivamente cortoplacista de los arquitectos que diseñaron este sistema monetario les hizo pasar por alto un defecto de base: su propia insostenibilidad. No en vano, todas estas artimañas financieras son posibles porque el dinero creado erosiona el valor del que ya hay en circulación.

Dado que este nuevo capital no se corresponde con un aumento proporcional de la demanda de bienes y servicios, los precios suben, restándole poder adquisitivo a cada euro. Es decir, que ganando lo mismo a finales de cada mes somos más pobres. A este fenómeno se le conoce como «inflación», un problema de difícil solución y cuyo impacto suele perjudicar a los bolsillos de los menos favorecidos. Además, si guardamos nuestros ahorros en casa, su valor se reduce más que si los depositamos en un banco con un tipo fijo de interés. Eso sí, al hacerlo, posibilitamos que la entidad financiera emplee el 90% de dicha cantidad para conceder nuevos créditos.

EL DINERO ES DEUDA
“La deuda es el arma que utiliza el sistema monetario para conquistar y esclavizar a la sociedad, y el interés, su principal munición”
Peter Joseph

El colmo de este castillo de naipes financiero es que cada vez que tomamos dinero prestado de un banco comercial, este crédito tiene que ser devuelto con la aplicación de un «interés». Por ejemplo, en el caso de que pidamos un préstamo de 1.000 euros y nos lo concedan con un interés del 5%, al devolverlo íntegramente habremos pagado 50 euros de más. Así es como se cierra el ciclo del capital: primero se crea en algún banco central, que a su vez lo expande por su red de bancos comerciales. Desde ahí se mueve mediante el comercio por la sociedad -o a través de la especulación por otras redes virtuales financieras- y finalmente termina en la entidad de origen con su correspondiente interés.

Pero, si todo el dinero se toma prestado del banco central y se expande por otras entidades financieras por medio de nuevos créditos, ¿de dónde sale el capital necesario para cubrir todos los intereses que se cobran de dichos préstamos? De la Fed, que a su vez fija nuevos tipos de interés. Por esta razón, la cantidad de dinero que circula por nuestra sociedad es siempre inferior a la deuda que entre todos hemos cosechado. En España, por ejemplo, la diferencia entre los créditos concedidos y los depósitos que tenían las entidades financieras alcanzó en 2012 los 600.000 millones de euros.[ii]

Por medio del sistema bancario de reserva fraccionaria, el dinero y la deuda se han convertido en las dos caras de una misma moneda. Cuanto mayor es el crecimiento económico de un país, más aumenta su deuda. Y como consecuencia, más billetes se han de imprimir para cubrir los intereses generados. Si todos pagáramos todo lo que debemos -algo que es materialmente imposible-, desaparecía el dinero moderno y se produciría el colapso de la economía. A través de este círculo vicioso, el mundo se ha convertido en un negocio que arrastra tras de sí una deuda imposible de saldar.

Dado que el dinero ya no proviene del oro, sino de la nada, los billetes que utilizamos no tienen ningún valor por sí mismos. Tan sólo el que nosotros decidimos darle. En realidad, los billetes que tenemos en nuestra cartera -o debajo de la cama- son simples trozos de papel con números, sellos y rostros oficiales. No se pueden comer. No proporcionan vitaminas ni calorías. Tampoco podemos echarlos en el depósito de la gasolina. Entonces, ¿qué es el dinero? Principalmente un símbolo. Una convención social plenamente aceptada.[iii]

 Y por si fuera poco, en el siglo XXI el dinero fiduciario ha mutado nuevamente, convirtiéndose en tarjetas de débito y crédito, así como en anotaciones electrónicas de cuentas bancarias virtuales. Es decir, que ya ni siquiera es algo tangible. Y tampoco está en nuestras manos, sino en la de los bancos, que operan como intermediarios entre nosotros y nuestro dinero. De hecho, se estima que menos del 3% del dinero que circula por el mundo existe físicamente, en forma de monedas y billetes.[iv] La nueva moneda solo consta en la pantalla de los ordenadores. El avance del dinero virtual acabará coartando la última de las libertades que podemos ejercer con nuestro dinero: el derecho de llevárnoslo a casa.

Este artículo es un extracto del libro “Qué harías si no tuvieras miedo”, publicado por Borja Vilaseca en abril de 2012.

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS
[i] Información extraída del libro Telaraña de deuda, de E. H. Brown.
[ii] Dato extraído del artículo La mayor caída del crédito en 50 años, publicado por Miguel Jiménez e Íñigo de Barrón en El País el 18 de septiembre de 2012.
[iii] Información extraída del documental Colapso, de Michael C. Ruppert.
[iv] Información extraída del libro Nada está perdido, de Susana Martín.

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