La adversidad fortalece el espíritu

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Por Borja Vilaseca

Las situaciones más difíciles de afrontar y superar son las que más nos posibilitan aprender y madurar como seres humanos. Así, la adversidad suele fortalecer nuestro espíritu, revelándonos grandes lecciones de vida.

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Alex Rovira. 41 años. Separado y con tres hijos. Escritor, conferenciante y psiconomista. El detonante de su fortalecimiento fue la muerte de uno de sus mejores amigos, que le llevó a padecer una depresión.

“La gratitud de estar vivo me mueve a servir a los demás”
“A lo largo de mi vida he atravesado varias crisis. Una de las más importantes me sucedió a los 27 años, cuando un infarto se llevó a uno de mis mejores amigos. Su muerte me hundió en una depresión, de la que salí sin pastillas. Aquel intenso sufrimiento me movió a investigar más profundamente acerca del alma humana. Y a escribir acerca de lo que sentía dentro de mí. Así fue como descubrí mi vocación literaria y mi pasión por servir a los demás haciendo lo que amo: compartir mi propia experiencia de transformación. Más adelante estuve a punto de perder a uno de mis hijos. Desde entonces me siento cada día agradecido de estar vivo. Ya no doy por sentado nada. En eso consiste vivir conscientemente: en valorar lo que tienes, aprovechar lo que te sucede y disfrutar de cada momento. Para mí la vida es un regalo maravilloso, una oportunidad para aprender a ser feliz por mí mismo y aceptar y a amar a los demás. Ese es el verdadero camino espiritual. Doy gracias a la adversidad y al sufrimiento porque me han permitido descubrir el sentido de la vida.”

Ahora mismo, en este preciso momento, somos el resultado de las experiencias que hemos vivido a lo largo de nuestra vida. O más concretamente, de cómo las hemos interpretado y de la actitud que hemos tomado frente a ellas. Si bien la mayoría de acontecimientos que forman parte de nuestro día a día transcurren casi sin hacer ruido, hay algunos hechos que nos marcan para siempre, dejando una huella imborrable en nuestra mente y en nuestro corazón.

Una larga enfermedad. Un accidente de tráfico. Ser despedidos del trabajo. La ruptura de una relación sentimental. La traición de un amigo. El vacío existencial. El sin sentido de la vida. O como le sucedió a Alex Rovira, la muerte de un ser querido. Las peores experiencias, las más difíciles de afrontar, son precisamente las que más nos posibilitan evolucionar y madurar como seres humanos. Todo depende de cómo las veamos: como problemas con los que quejarnos y victimizarnos o como oportunidades de superación y aprendizaje.

Por eso se dice que no hay mejor maestro que la adversidad. Aunque suela vivirse como un proceso difícil, incómodo y doloroso, muchas personas reconocen que gracias a sus conflictos existenciales han conectado con una fortaleza interior que desconocían. Y no sólo eso. En ocasiones, la experiencia del sufrimiento y el malestar les ha llevado a replantearse por completo su vida, cuestionando sus creencias y sus valores, cambiando su manera de ver y de relacionarse con el mundo.

Y lo cierto es que este enfoque más constructivo y optimista no tiene nada de nuevo. El mismo Alex Rovira reconoce que se trata de un mensaje universal que se viene repitiendo desde hace miles de años. Sin embargo, los seres humanos tenemos un peculiar rasgo en común: tendemos a olvidar lo que deberíamos recordar y a ser víctimas y esclavos de esta negligencia. Al menos hasta que nuestras circunstancias devienen insoportables. Sólo entonces nos atrevemos a reflexionar y a promover algún cambio en nuestra forma de afrontar la existencia.

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Sharon Blynn. 38 años. Soltera. Actriz, modelo, escritora y activista. El detonante de su fortalecimiento fue un cáncer de ovarios, que estuvo a punto de terminar con su vida.

“El cáncer fue el maestro que me llevó a amar la vida”
“Trabajaba 15 horas al día. Y a pesar del estrés y del insomnio, creía que estaba perfectamente. Pero en realidad llevaba una vida muy desequilibrada. No me ocupaba de mi salud ni de mi bienestar. A los 28 años empecé a sentir dolores muy fuertes en el estómago. Pero los médicos no sabían qué me pasaba. Finalmente me diagnosticaron un cáncer de ovarios bastante avanzado. Tenía un 30% de probabilidades de sobrevivir. Fueron tres años muy duros, marcados por la cirugía y la quimioterapia. Gracias a la enfermedad comprendí que la paz interior es el indicador más fiable de que estoy viviendo de forma sana, equilibrada y sostenible. Y que no hay nada más importante que aprender a disfrutar del momento presente. El cáncer me llevó a redescubrir la vida. Me renovó espiritualmente, dándome fuerzas para hacer algo útil e inspirador. Desde entonces, por medio de la fundación ‘La calva es bella’, me dedico en cuerpo y alma a servir a las mujeres que padecen esta enfermedad. También soy conferenciante del congreso Lo que de verdad importa, organizado por Además Proyectos Solidarios.”

El primer movimiento filosófico que introdujo en Occidente la idea de “aprender de la adversidad” fue el estoicismo, cuyos orígenes se remontan al año 301 a. C. Por aquel entonces, las personas aquejadas por una dolorosa enfermedad como la de Sharon Blynn solían desplazarse hasta el corazón de Atenas para escuchar a Zenon de Citio, fundador de esta escuela de filosofía. Los historiadores coinciden en que fue uno de los primeros gurús especializados en desarrollo personal. Sus enseñanzas se centraban en dotar a las personas de recursos y herramientas para enfrentarse a sus conflictos y problemas.

Y lo cierto es que la gente acudía en masa para escucharle y hacerle preguntas. No en vano, sus respuestas rebosaban optimismo, llenando de energía el espíritu de sus interlocutores. Zenon de Citio solía explicar que la vida es una escuela y que los seres humanos somos estudiantes que hemos venido a aprender. De ahí que sus charlas y discursos fueran esencialmente didácticos, compartiendo una serie de directrices muy prácticas para que sus seguidores mejoraran su competencia en el arte de vivir.

Según el estoicismo, los seres humanos debemos agradecer los infortunios que forman parte de nuestro destino, pues sólo así podemos desarrollar la virtud y la fortaleza. Para los estoicos la vida no está gobernada por la suerte, el azar ni las coincidencias. No creen en la casualidad, sino en la causalidad. Es decir, que todos los sucesos que componen nuestra existencia están regidos por la “ley de la causa y el efecto”, por la que terminamos recogiendo lo que sembramos, eliminando toda posibilidad de caer en las garras del inútil y peligroso victimismo.

Eso sí, la recompensa de asumir dicha responsabilidad y de esforzarnos por cambiar de actitud es la “ataraxia” o imperturbabilidad interior frente a las circunstancias desfavorables. Esta sólida paz interior, que a días de hoy tan bien conoce Sharon Blynn, se consigue por medio del entrenamiento y la práctica diarios. De ahí que estos filósofos clásicos insistan en que la fuerza de voluntad sea un requisito indispensable para vencernos a nosotros mismos y conseguir los resultados de satisfacción deseados.

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Víctor Gay Zaragoza. 27 años. Soltero. Consultor de empresas y escritor. El detonante de su fortalecimiento fue una crisis existencial relacionada con el miedo.

“Conocerme a mí mismo me permitió vencer al miedo”
“Vivía la vida sin plantearme quién era ni qué es lo que en realidad quería. Seguía el camino que otros habían decidido por mí. Y lo hacía por inercia y comodidad. Tenía miedo de no cumplir con las expectativas de los demás. A los 21 años decidí salir de mi burbuja. Me fui a vivir seis meses a Londres, donde sentí por primera vez la libertad para ser yo mismo. Sin embargo, al volver me encontré de nuevo secuestrado por mis circunstancias. Era esclavo de mis propios miedos e inseguridades. Mi profundo cambio interno comenzó a raíz de una serie de experiencias relacionadas con el voluntariado, el viajar solo y la meditación vipassana. El autoconocimiento me llevó a descubrir mis valores como ser humano. Conecté con la confianza de creer en mí mismo y el coraje de seguir mi propio camino en la vida. Mi mayor victoria fue vencerme a mí mismo, superando mis temores e inseguridades. Desde que sé quién soy intento inspirar a los demás a confiar en su fortalezas interiores para ser libres de sus miedos y convertirse en quienes pueden llegar a ser.”

Entre los principales exponentes del estoicismo destaca el filósofo Lucio Anneo Séneca (4 a. C – 65 d. C), uno de los autores preferidos de Víctor Gay Zaragoza. La fuerza que desprenden sus reflexiones se sustenta en que están inspiradas en su propia experiencia. Séneca estuvo siempre en contacto con el dolor, sobre todo debido al asma que padecía desde su infancia. De hecho, llegó a escribir que lo único que le impedía suicidarse era el daño que su muerte podía causar a su padre. Y fue precisamente su salud enfermiza la que le conectó desde muy joven con la inquietud por estudiar filosofía, reflexionando acerca de los porqués de la existencia.

En su obra maestra, Tratados morales, Séneca le escribe una carta a su discípulo Lucilo sobre cómo encajar los golpes que nos da la vida: “Vivir siempre en la comodidad y pasar sin una pena en el alma es ignorar la otra mitad de la naturaleza. Afirmas ser un gran hombre, pero, ¿cómo lo podré saber si la fortuna no te brinda la ocasión de mostrar tu virtud? Te juzgo desdichado por no haber sido nunca desdichado. Te has pasado la vida sin adversario: ni siquiera tú mismo sabrás nunca hasta dónde alcanzan tus fuerzas. La experiencia es necesaria para el conocimiento propio.”

Si bien a corto plazo puede parecer una actitud masoquista, Séneca era consciente, al igual que Víctor Gay Zaragoza, del enorme potencial que cada ser humano puede desarrollar dentro de sí mismo, estrechamente relacionado con su capacidad de crecer emocionalmente. De ahí que este filósofo sostuviera que “la adversidad es siempre una magnífica ocasión para descubrir y fortalecer nuestras virtudes”, teniendo en cuenta que “cuanto mayor sea nuestro tormento (si aprendemos de ello), mayor será nuestra gloria”. En la actualidad se habla de “actitud estoica” cuando alguien se toma las adversidades de la vida con entereza y aceptación.

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Gloria Solé. 46 años. Separada y con dos hijos. Responsable de unidad de una multinacional. El detonante de su fortalecimiento fue padecer la ira crónica.

“He comprendido que la mejor defensa es no sentirse atacado”
“Quería seguir mi propio camino en la vida, pero a la vez sentía que no podía defraudar a mi familia. Por dentro estaba dividida. Y esta confusión me convirtió en prisionera de mi reactividad y de mi agresividad. Poco a poco la ira me fue devorando hasta que al final me hundí. Pero fue ese hundimiento el que me hizo reconectar con mi fortaleza. He estado muchos años luchando a contra mí misma para demostrar que puedo con todo y más. Gracias a la adversidad he comprendido que no puedo cambiar ni controlar lo que me sucede. He tomado consciencia de que lo que sí depende de mí es aprender a modificar la interpretación que hago de los hechos en sí, tomando una actitud y una conducta más armoniosa y pacífica. Al aceptar mi vulnerabilidad he conectado con mi paz interior. Ya no vivo a la defensiva. Por eso ya no me escondo siempre tras una coraza, dejando que aflore mi lado más tierno. Todavía me maravillo con el hondo afecto que me han regalado las personas de mi círculo más íntimo. Aprender a perdonarme a mí misma y a los demás me está liberando de ese peligroso veneno llamado rencor. Gracias a todo este proceso he descubierto que independientemente de cómo sean nuestras circunstancias, todos tenemos el increíble poder de ser dueños y creadores de lo que experimentamos en nuestro interior.”

Tanto el estoicismo en general como la obra de Séneca en particular han sido fuente de inspiración y admiración para ciudadanos de a pié como Gloria Solé. Y también para numerosos pensadores occidentales. De todos ellos, destaca el catedrático de Neurología y Psiquiatría de la Universidad de Viena, Viktor Frankl (1905 – 1997), a quien el destino le tenía reservada una experiencia infrahumana que marcaría para siempre el resto de su existencia.

En 1942, durante la invasión nazi liderada por Adolf Hitler, Frankl tuvo la posibilidad de emigrar a los Estados Unidos con su mujer. Sin embargo, decidió quedarse para no dejar a sus padres, ya ancianos, a merced de las circunstancias. Y tan sólo unas semanas después Frankl fue deportado junto al resto de su familia al campo de concentración de Theresienstadt.

Tras ser testigo de la muerte de su padre, y sin saber nada de su esposa y su madre, los soldados nazis le requisaron y rompieron el libro que contenía su larga y exhaustiva investigación profesional. Una vez destruida su obra, Frankl decidió ponerla en práctica, encarando aquella abrumadora experiencia con fortaleza y aceptación.

Finalmente, fue liberado el 27 de abril de 1945 por el ejército norteamericano. Había conseguido sobrevivir al Holocausto, pero en aquellos campos de exterminio fueron asesinados sus padres, su mujer y su hermano, entre otros millones de seres humanos. Al regresar a Viena, Frankl escribió su famoso libro El hombre en busca de sentido, en el que describe la vida de los prisioneros en un campo de concentración desde la perspectiva de una psiquiatra.

En esta obra autobiográfica, Frankl afirma que “incluso en las condiciones más extremas de deshumanización y sufrimiento, los seres humanos preservamos la capacidad de elegir la actitud con la que afrontamos nuestras circunstancias. Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas –la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino– para decidir su propio camino. Y es precisamente esta libertad interior y espiritual la que nadie nos puede arrebatar, la que confiere a la existencia una intención y un sentido.”

Gracias a Frankl hoy sabemos que “entre el estímulo externo y nuestra consiguiente reacción hay un espacio en el que podemos elegir dar la respuesta que más nos favorezca”. De hecho y como explica Gloria Solé, ese espacio es totalmente nuestro y es el fundamento de la responsabilidad existencial que podemos asumir de forma consciente. Se trata de nuestra libertad última para decidir en cada momento quienes queremos ser y de qué manera deseamos tomarnos lo que nos sucede.

El concepto contemporáneo que ha tomado el relevo a las investigaciones de Frankl se denomina “resiliencia”. Y se define como “la capacidad de aprovechar circunstancias adversas para madurar emocionalmente”. Es decir, que la resiliencia alude a la posibilidad de aprovechar según que experiencias para conectar con nuestro espíritu de superación.

Entre las historias más inspiradoras que muestran la grandeza oculta en el interior de cada ser humano destaca la protagoniza por el jugador de rugby uruguayo Fernando Parrado. El 13 de octubre de 1972, con tan sólo 22 años, sobrevivió al accidente del vuelo 571 de la Fuerza Área Uruguaya, que se estrelló en la cordillera de los Andes. De los 45 pasajeros, 12 murieron en la colisión y otros seis fallecieron a lo largo de la primera semana. Entre las víctimas se encontraban la madre y la hermana de Parrado.

Los 27 supervivientes tuvieron que hacer frente a temperaturas de 35 grados bajo cero, guareciéndose en los restos del avión, que quedó partido por la mitad. Debido a la falta de comida no les quedó más remedio que alimentarse de la carne muerta de sus compañeros. Y ni siquiera esta terrible decisión les garantizaba su supervivencia: a través de un transmisor escucharon que habían abandonado la búsqueda. Y tan sólo 16 días después del accidente, otras ocho personas murieron como consecuencia de un alud, que enterró literalmente el avión debajo de la nieve.

A los 62 días todavía quedaban 16 personas con vida. La mayoría estaban desnutridos, decaídos y sin esperanza. En medio de aquel clima de agonía y desesperación, Parrado decidió que no iba a morir sentado. Estaba dispuesto a salir de aquel lugar por su propio pie. Junto con Roberto Canessa anduvo durante 10 días más 70 kilómetros, atravesando picos helados de 6.000 metros de altura. Exhaustos y sin nada que comer, finalmente encontraron a un campesino chileno, que tuvo que cabalgar ocho horas para avisar a las autoridades más cercanas. Al día siguiente fueron en helicóptero a rescatar al resto de sus compañeros.

A día de hoy, Parrado es uno de los conferenciantes más demandados a nivel internacional. Y su libro Milagro en los Andes se ha convertido en un bestseller. “Cuando escuché en la radio que no nos iban a rescatar decidí que yo no iba a quedarme allí, que si había que morir, moriría en el camino”, explica Parrado. “Aquella experiencia me hizo tocar fondo. Perdí a mi madre, a mi hermana y a mis amigos. Pero también me enseñó una lección que nunca olvidaré: cualquier ser humano es capaz de soportar y superar su destino, sea el que sea. Nunca más en mi vida he vuelto a tener problemas. Desde entonces acepto la vida tal como me viene.”

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Jordi Muñoz. 31 años. Vive en pareja. Coach personal. El detonante de su fortalecimiento fue la angustia existencial, que le llevó al borde del suicidio.

“Todo lo que necesito para ser feliz está dentro de mí”
“Vivía por y para los demás. Me dedicaba a cuidar y agradar a quienes me rodeaban, pensando que así me darían el afecto que yo no me estaba dando a mí mismo. Sin embargo, cada vez me sentía más angustiado y triste. A los 21 años sentí que mi vida era un laberinto sin salida. Estuve a punto de suicidarme. Pero no lo hice por respeto a mi familia. Me encerré en el baño de mi casa y estuve llorando tres horas sin parar. Allí toqué fondo. Y fue entonces cuando me dije a mí mismo que iba a salir de aquella situación. Hice terapia durante un año. Creo que fue lo primero que hacía por mí mismo. Me di cuenta de que el amigo que había estado buscando afuera se encontraba adentro: era yo mismo. Y esta revelación me llevó a aprender a aceptarme y quererme tal como soy. A día de hoy siento que me tengo a mí mismo y me siento lleno de alegría y amor. Y es precisamente esta dicha la que me mueve a acompañar a otras personas en el proceso de cambio y crecimiento interior. Estamos aquí para aprender.”

Más allá de fortalecernos, experiencias como la de Jordi Muñoz pueden llegar a transformarnos por completo. Pero, ¿qué es exactamente lo que cambia cuando una persona cambia? Su paradigma. Se trata de un concepto introducido por el epistemólogo estadounidense Thomas Kuhn (1922 – 1996) en su influyente ensayo La estructura de las revoluciones científicas, en el que define la palabra “paradigma” como “modelo, teoría, percepción, supuesto o marco de referencia”. Es decir, como la manera en la que se ve, se comprende y se actúa en el mundo.

El cambio de paradigma suele vivirse como una profunda revelación, como si se produjera un clic en nuestra cabeza. Algunos psicólogos contemporáneos lo denominan “el despertar de la consciencia”, pues nos permite vivir desde una nueva comprensión, recuperando el contacto con nuestra esencia humana, con las cosas que de verdad importan.

Entre otros filósofos que han ahondado en el estudio y la comprensión de qué es lo que despierta y engrandece el espíritu humano, destaca el colombiano Gerardo Schmedling (1946 – 2004), que a la edad de 22 años vivenció la muerte clínica, una experiencia que también fue determinante en el descubrimiento de su vocación profesional. Su gran aportación consistió en analizar los aspectos más intangibles de nuestra condición humana desde una perspectiva escéptica y científica.

A juicio de Schmedling, “debido a nuestra resistencia al cambio, sólo nos atrevemos a cuestionar nuestra manera de entender la vida cuando llegamos a una saturación de malestar”. Tanto es así, que “el sufrimiento es el estilo más común de aprendizaje entre los seres humanos”. Es la antesala de la denominada “crisis existencial”, un proceso psicológico que “remueve los cimientos sobre los que se asientan nuestras creencias y nuestros valores, posibilitando la evolución de nuestro nivel de consciencia”.

Así, “la función biológica del sufrimiento es hacernos sentir que nuestro sistema de creencias es ineficiente y, por tanto, está obstaculizando nuestra capacidad de vivir en plenitud”. Según las conclusiones científicas de Schmedling, “la adversidad y el sufrimiento nos conectan con la necesidad de cambio y evolución”. Es decir, “con la honestidad, la humildad y el coraje de ir más allá de las limitaciones con las que hemos sido condicionados por la sociedad para seguir nuestro propio camino en la vida”.

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Nora Isern. 35 años. Soltera. Psicóloga. El detonante de su fortalecimiento fue sufrir un un colapso en el cuello debido a la hipervelocidad, el cansancio y el estrés.

“El sufrimiento me llevó a conectarme con mi verdadera esencia”
“A los 27 años hice realidad mi sueño: convertirme en directiva de recursos humanos de una gran empresa. Pero al conseguir aquella meta me sentí profundamente vacía. Me había convertido en una autómata que trabajaba sin cesar para obtener el reconocimiento de la sociedad. Un día, quemadísima por el estrés, se me desplomó literalmente la cabeza sobre los hombros. La medicina tradicional no supo darme respuestas ni soluciones. Me derrumbé psicológicamente. Fue entonces cuando encontré en las terapias alternativas y en el crecimiento personal mi sanación. Descubrí que llevaba años desconectada de mi corazón, de lo que verdaderamente sentía que quería hacer con mi vida. Y esto era algo que el dinero no podía arreglar. He aprendido a respetarme, siendo fiel y auténtica conmigo misma, más allá de los estereotipos y convenciones sociales. No hay nada más liberador que quitarse la máscara y ser uno mismo, viviendo conectado con tu verdadera esencia.”

Entre otras grandes historias de cambio de creencias y valores, destaca la del soldado norteamericano Ron Kovic, nacido el 4 de julio de 1946, día en que Estados Unidos celebra la Declaración de la Independencia sobre Gran Bretaña. Kovic era un gran patriota: amaba tanto a su país que no dudó en alistarse voluntariamente en el ejército para combatir en la guerra de Vietnam. Por aquel entonces no veía a los soldados del vietcong como “seres humanos”, sino como “enemigos comunistas”.

Ya en el campo de batalla, Kovic reconoce haber sido testigo y protagonista del horror y la destrucción inherente a cualquier guerra. En sus memorias confiesa que durante un combate su pelotón asesinó por error a varias familias de campesinos vietnamitas, incluyendo a mujeres, ancianos y niños. Al parecer, sus casas de adobe estaban en la línea de fuego, convirtiéndose en “daños colaterales”. Ese mismo día, Kovic disparó también por error a un compañero suyo, a quien confundió con un soldado enemigo. Su muerte fue el principio de un largo proceso de cambio y despertar.

El punto de inflexión en la historia de su vida se produjo el 20 de enero de 1968. Con tan sólo 21 años, Kovic recibió un par de disparos, sufriendo una grave lesión en la médula espinal que le dejó paralizado de cintura para abajo. Después de estar a punto de morir en un improvisado hospital y de pasar varios meses postrado sobre una cama, Kovic regresó en silla de ruedas a Estados Unidos, donde fue recibido por su comunidad como un héroe de guerra.

Sin embargo, en sus muchas horas de silencio y soledad empezó a cuestionarse a sí mismo, reflexionando sobre las atrocidades que había cometido y, sobre todo, acerca de lo que le había movido a hacerlas. Finalmente se deshizo de sus “creencias patriotas y religiosas” que tanto le habían condicionado para ir a la guerra, convirtiéndose en uno de los pacifistas norteamericanos más reconocidos de este país.

Autor del libro autobiográfico Nacido el 4 de julio –llevado a la gran pantalla por el cineasta Oliver Stone– Kovic cumplirá en unas semanas 41 años sentado sobre una silla de ruedas. “La cicatriz siempre estará ahí, es un recuerdo de lo que hice en aquella guerra”, afirma este pacifista. “Pero también se ha convertido en algo hermoso, pues me inspira fe, esperanza y amor. La vida me ha dado la oportunidad de pasar a través de la noche oscura del alma a una nueva tierra, obteniendo una visión y una compresión totalmente diferente. A pesar del dolor y de la gran dificultad que me genera, la discapacidad física ha sido una bendición. He necesitado sufrir para empezar a comprometerme con la paz y la no violencia.”

En contraposición a estas historias inspiradoras, como la de Nora Isern, en las que sus protagonistas evolucionaron gracias a la experiencia de la adversidad, se sabe de muchos otros casos en los que no ocurre lo mismo. ¿Por qué hay personas que no aprenden del sufrimiento? ¿Qué es lo que les impide cambiar? En opinión del doctor en psicología Manuel Almendro, “el mayor obstáculo es quedarse anclado en el papel de víctima”. Para algunas personas, añade, “es demasiado doloroso reconocer que son ellas mismas las responsables de lo que experimentan en su interior y de la forma en la que están gestionando su propia vida”.

Almendro constata que “la mayoría de seres humanos contemporáneos viven enajenados de sí mismos, de su mundo interior”. Por eso es tan común “el miedo a mirar hacia adentro”, así como “la búsqueda constante de evasión, narcotización y entretenimiento con la que llenar desesperadamente el vacío existencial”. Sin embargo, “se trata de una actitud inconsciente, ineficiente e insostenible, pues nadie puede huir eternamente de sí mismo”.

Si bien “la insatisfacción y el malestar son dos fenómenos generalizados en nuestra sociedad, el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) no ha realizado ningún estudio ni encuesta para tratar de cuantificar la calidad de vida interior de los españoles”, constata este psicólogo clínico. “Tal vez sea un golpe demasiado duro reconocer estadísticamente que en general no sabemos cómo ser felices”.

Sea como fuere, lo cierto es que “el victimismo es ahora mismo la filosofía dominante en nuestra sociedad”, afirma Almendro. “A pesar de no llevar una existencia plena, para muchas personas todavía es superior el miedo al cambio que la necesidad de conectar con la confianza y el coraje que les permitirían salirse de su zona de comodidad”.

En este contexto psicológico, “la crisis existencial está convirtiéndose en un fenómeno emergente en el interior de cada vez más seres humanos”. Almendro señala que “esta crisis no tiene nada que ver con la edad, la cultura ni la posición social”. De hecho, “está latente en cualquier persona que no se sienta verdaderamente feliz ni satisfecha con su existencia”.

De ahí que “cuando llegue la crisis a nuestra vida hemos de recibirla con agradecimiento, pues es la mejor oportunidad que nos ofrece la existencia para comprometernos con nuestro autoconocimiento, convirtiéndonos en verdaderos responsables y protagonistas de nuestro proceso de crecimiento y maduración”. Y concluye: “Los verdaderos héroes no son los que salen en las películas, sino las personas que se han superado a sí mismas, fortaleciéndose a través de la experiencias adversas para encontrar la manera de crear una vida plena, constructiva y con sentido”.

Artículo publicado por Borja Vilaseca en El País Semanal el pasado domingo 3 de enero de 2010.

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