Inocencia, ignorancia y sabiduría

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Por Borja Vilaseca

Todos los seres humanos nacemos en la inocencia, somos condicionados para vivir en la ignorancia y solamente en algunos casos nos atrevemos a iniciar el camino hacia la sabiduría, el cual pasa irremediablemente por conocernos a nosotros mismos.

Con respecto a la creación de nuestro sistema de creencias y, por ende, de nuestra identidad, los seres humanos atravesamos tres etapas. La primera se conoce como el estadio de «inocencia», que se produce desde que nacemos hasta los diez años, aproximadamente. Cabe señalar que durante nuestra infancia nos creemos indiscriminadamente todos los mensajes procedentes de la sociedad en general y de nuestros padres en particular. No importa quién nos lo diga y da igual qué nos digan. Nos lo creemos porque somos inocentes: no tenemos ninguna referencia con la que comparar o cuestionar la información que nos llega del exterior.

Por medio de estas creencias de segunda mano vamos creando nuestra personalidad. Es decir, nuestro falso concepto de identidad. Al ser niños indefensos, no podemos protegernos de la poderosa influencia que ejercen los demás en nosotros. Esta es la razón por la que solemos cargar en nuestra mochila emocional los miedos, las carencias y las frustraciones de la generación que nos precede. En el estadio de inocencia somos esponjas que lo absorbemos todo, sin preguntarnos si eso que absorbemos es realmente lo que nos conviene absorber.

La segunda etapa en el proceso de construcción de nuestra identidad se denomina «ignorancia», la cual suele comenzar durante la pubertad. Una vez ya se ha conformado nuestro sistema de creencias, empezamos a pensar y a comportarnos en base a la programación con la que hemos sido condicionados. Y dado que este condicionamiento está compuesto por creencias limitantes y erróneas, nos sentimos profundamente inseguros, acomplejados y confundidos, lo que ocasiona nuestra primera gran crisis existencial. Además, en la medida que vivimos y funcionamos a partir de estas creencias ajenas, la programación inculcada se va consolidando en nuestro modelo mental, el cual se proyecta físicamente por medio de nuestra personalidad.

LA REPROGRAMACIÓN MENTAL
“Saber que se sabe lo que se sabe y saber que no se sabe lo que no se sabe: en eso consiste la sabiduría”
Jean Baptiste Alphonse Karr

Al repetirnos una y otra vez determinados mensajes e ideas escuchados en nuestra infancia sobre lo que hemos de ser, hacer y tener para ser aceptados como individuos normales por la sociedad, finalmente terminamos convirtiéndonos en eso que creemos ser. Y lo cierto es que muchos nos quedamos anclados en esta fase de ignorancia el resto de nuestra vida. Dado que cambiar las creencias con las que nos sentimos identificados implica remover pilares muy profundos de nuestra psique, algunos no volvemos a modificar la información interiorizada a los 18 años.

Si bien todos pasamos por la inocencia –ausencia de información– y la ignorancia –información errónea y limitante–, la tercera fase es opcional. Se la conoce como «sabiduría», y consiste en manejar información verificada a través de nuestra experiencia. Esta etapa comienza el día que nos comprometemos con mirarnos en el espejo para cuestionar las creencias con las que de pequeños fuimos educados. Así es como empezamos a ir más allá de nuestro falso concepto de identidad.

En paralelo a este proceso de autoconocimiento, comienza la denominada «reprogramación mental». Y ésta consiste en modificar todas las creencias limitadoras que hemos absorbido de forma inconsciente por creencias potenciadoras, alineadas con la información de sabiduría que hemos corroborado de forma consciente. Así, en la medida que vamos desenmascarando aquellas creencias que nos comportan malestar –como que nuestra felicidad depende de algo externo– las vamos sustituyendo por nueva información verificada, como que nuestra felicidad sólo depende de nosotros mismos.

En este punto de nuestro camino evolutivo adquiere una enorme importancia confirmar la veracidad o falsedad de los dogmas que nos han sido impuestos. Más que nada porque la mentira es el alimento de nuestro instinto de supervivencia emocional. De ahí que haga engordar nuestro egocentrismo y, por ende, nuestro nivel de malestar y sufrimiento. En cambio, la verdad es lo que nutre nuestra auténtica esencia. Es decir, todos aquellos pensamientos que dejan paz y armonía en nuestra mente y todos aquellos actos que dejan paz y armonía en nuestro corazón.

Este artículo es un extracto del libro “El sinsentido común”, publicado por Borja Vilaseca en septiembre de 2011.

6 comentarios
  1. Víctor
    Víctor Dice:

    Gracias por este artículo, es muy claro y me alegra saber que estoy interiorizandome en la tercer etapa.
    Es increíble lo fuertes que son los condicionamientos que una y otra vez te tiran hacia atrás y hacia la falsa comodidad de lo conocido…
    Gracias, saludos desde Argentina!

    Responder
  2. Alejandra parra
    Alejandra parra Dice:

    Gracias, Borja , por toda esta información, es maravilloso pensar en que aun estamos a tiempo de dar un giro a nuestra vida , un sentido diferente. me encantan tus publicaciones.

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  3. Patricio
    Patricio Dice:

    Hola a todos

    La libertad creativa transforma cualquier momento, inclusive el de los pensamientos, significa que la posición del pensamiento es de herramienta, de acción horizontal. La acción vertical posibilita que el pensamiento encuentre una posición alta por sobre el de la vida misma, distorsionando a la identidad que busca ser, generando el gen opresor, si esta alto será el victimario, y en el bajo, la víctima, sin embargo la dualidad juega con el evidente y su sombra, ya que uno existe con el otro. La lógica de esos dos entes lógicos es la que se tiene que depurar, esta situación es de alta complejidad porque la persona al identificarse con el artefacto de pensamiento lo cuida dentro de su territorio de supervivencia, lo que explica la violencia generada al intentar “matar su idea”, que sería como una muerte imaginaria de la identidad, la imagen guía de la persona.

    El tiempo desaparece cuando el pensamiento deja de interferir en forma de ruido de juicio y de deber, este momento de completud lo vivimos intermitentemente y es el instante en que nos dejamos llevar, y el pensamiento ordenado por el estado y la disciplina con la práctica creativa, deja cumplir su función correctamente en el arte de la improvisación en la incertidumbre. Ya que es muy aburrido saber lo que se espera siempre, es en esa novedad en la que nos volvemos más ricos.

    La mayor transferencia de información sucede a través de un buen ejemplo, en donde se sintetiza toda una filosofía de vida, los valores de acción generados en un estado específico que es percibido instantáneamente como verdad y es totalmente aceptado sin ningún filtro, dejando hasta los estados distorsionados en stand by.

    La creatividad permite construir personajes que exploren un momento y lo transforme en algo distinto a lo que “debería”. Esto es evidente en las relaciones personales, en la falta de riqueza personal que mantiene el vínculo, y el sentido colectivo en el orden general que necesita de estructuras rígidas, de leyes, órdenes.
    Pensar en construir un puente, no es lo mismo que opinar de la construcción del puente o el de describirlo. La expresión que comunica dice ante todo el sentido, la necesidad, el deseo, los impulsos que puede ser percibido por cualquier persona. La alta complejidad de los conceptos simbólicos del lenguaje, que son imágenes aparentes, como lo es el de la identidad personal, reduce la capacidad de transmisión de información, limitada desde el emisor y el receptor, por lo que se confunde la expresión emocional, en una gran ensalada de sentimientos inconclusos en forma de cuento.

    Ser concientes del estado permite estar en el origen de donde nacen los pensamientos y sus intenciones que esconden algo simple, ya que nunca escapamos de la supervivencia animal por más que hemos llegado a refinarlo simbólicamente.
    De todas maneras la construcción del cuento necesita de protagonistas, de actores secundarios, ambientes, objetos, guiones y contextos.
    ¿Quién construye el cuento?

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