Adam Smith estaba equivocado

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Por Borja Vilaseca

Si bien fuimos condicionados para orientar nuestra existencia al propio interés y ser desdichados, cada vez más seres humanos estamos aprendiendo a ser felices, dirigiendo nuestra vida al bien común de la sociedad.

El capitalismo conoce los medios para generar crecimiento económico, pero no tiene claros los fines; es decir, para qué sirve dicho crecimiento. A su vez, este sistema económico se fundó a partir de una visión equivocada de la naturaleza humana. Parte de la premisa de que los seres humanos solo estamos motivados por nuestro propio interés. Razones no le faltan para creerlo. Es cierto que somos egoístas. Y que cada uno de nosotros mira, en primer lugar, por sí mismo, poniendo nuestras necesidades por delante de las de los demás. Es una simple cuestión de supervivencia.

Sin embargo, los ideólogos del capitalismo pasaron algo por alto. No contaron que por medio de nuestro libre albedrío y de nuestra habilidad para aprender y evolucionar, los seres humanos tenemos la capacidad de poner nuestro propio interés al servicio del bien común de la sociedad. Es decir, hacer un bien al mundo y que, como resultado, eso nos haga bien, tanto emocional como económicamente. Es lo que coloquialmente se llama «altruismo», la máxima expresión del egoísmo. En esencia, consiste en hacer algo que nos gusta hacer y que además reporta beneficios para otras personas. El altruismo no es un acto moral. No lo hacemos porque tengamos que hacerlo. Y no tiene nada que ver con la caridad. Tampoco lo hacemos para ser buenas personas. Somos altruistas simplemente porque hacer el bien nos hace sentir bien. Nos genera bien-estar.

En el siglo XVIII Adam Smith le dijo al mundo que «preocupándonos por nosotros, la sociedad ganaba». De ahí la obsesión contemporánea por el afán de lucro. Pero a lo largo del siglo XXI sus palabras han quedado desfasadas. Desde la perspectiva del nuevo paradigma, «preocupándonos por la sociedad, nosotros ganamos». Del mismo modo, las empresas, buscando el beneficio de sus cinco stakeholders, acaban incrementando su propio beneficio económico. Algunos ya han bautizado esta nueva corriente filosófica como «la segunda mano invisible»[i]. Ya no se trata de escoger entre ganar dinero o hacer el bien. Hoy el gran reto consiste en unir e integrar ambas posturas, aprendiendo a crear riqueza a través de un enfoque sistémico y holístico; una visión que va más allá de cualquier noción obsoleta entre izquierdas y derechas.

Si bien es fácil de decir, lo cierto es que proporcionar un bien al mundo requiere de mucho valor. Por un lado, la valentía de conocernos y de transformarnos. Y por el otro, la habilidad de desarrollar nuestro talento y nuestro potencial para generar riqueza para la sociedad. A lo largo de la nueva era que se avecina estamos condenados a saber cuál es nuestro auténtico valor como seres humanos. Y a reconectar con lo esencial, redefiniendo lo que es verdaderamente importante.

Cada vez más personas estamos comprometidas con descubrir y seguir nuestro propio camino en la vida. Y esta revelación está modificando -a su vez- nuestras prioridades y aspiraciones. De ahí que esté cambiando lentamente el comportamiento económico de la sociedad. Cabe señalar que esta transformación está sucediendo dentro del sistema. Y para ello no hace falta estar a favor o contra del capitalismo. Más bien consiste en que nuestro trabajo y nuestro consumo sean un fiel reflejo de nuestros auténticos valores.

LO QUE EL DINERO NO PUEDE COMPRAR
“Las cosas verdaderamente importantes de la vida no son cosas y, por tanto, no se pueden comprar”
Erich Fromm

A los economistas les sigue traicionado su desconocimiento sobre la condición humana. Dan por hecho que somos seres racionales que tomamos decisiones racionales a la hora de gastar dinero. Sin embargo, en general nuestro modo de consumir sigue siendo completamente irracional. Así, nuestro «hiperconsumismo» está movido -en gran parte- por emociones como el miedo, la codicia, la envidia, la tristeza, la euforia, la culpa… Entre otras cuestiones, pone de manifiesto nuestro vacío existencial. Y dado que siempre queremos más, nunca nos sentimos del todo satisfechos.

La incómoda verdad es que buscamos en el consumo algo que el consumo no puede darnos. Esta es la razón por la que el crecimiento económico se sostiene sobre la insatisfacción de la sociedad. Para que el capitalismo siga con vida es imprescindible que la gente desee constantemente más de lo que tiene. Paradójicamente, el actual estilo de vida materialista destruye muchas de las cosas que sí nos satisfacen como seres humanos, como la calidad de nuestros vínculos afectivos o la relación con el entorno natural en el que vivimos.

El dinero no tiene la culpa. Y no es bueno ni malo. Es un medio. Lo importante es lo que hacemos con él; cómo lo ganamos y cómo lo gastamos. Así es como entre todos construimos y desarrollamos nuestra sociedad. La raíz del problema es que seguimos proyectando en estos trozos de papel la felicidad, la seguridad y la valoración que no encontramos dentro de nosotros mismos. Así, nuestra vida seguirá vacía si sólo conocemos aquello que puede conseguirse con dinero. La riqueza material nos permite tener todo lo que se puede comprar. Y casi todo puede ser comprado, excepto las cosas más importantes de la vida. A menos que conozcamos ese algo que está por encima del dinero, no habremos conocido la vida de verdad.[ii]

Esta es la razón por la que a lo largo de los próximos años va a ir consolidándose una «cultura orientada al cambio». Es decir, una sociedad que concibe el bienestar y la felicidad de los seres humanos como la principal finalidad de la vida. Y parte de la premisa de que a menos que aprendamos a estar verdaderamente a gusto adentro de nosotros mismos, nada de lo que tengamos afuera va a proporcionarnos ese bien-estar. La felicidad es nuestra auténtica naturaleza. Sin embargo, debido a las mentiras que la sociedad nos ha venido contando, aprender a ser felices se ha convertido en nuestro gran desafío.

LA VERDADERA RIQUEZA
“No te preguntes qué puede hacer el mundo por ti; pregúntate qué puedes hacer tú por el mundo”
John F. Kennedy

Nos han enseñado a ir en direcciones que la naturaleza no pretendía que fuéramos. No nos estamos moviendo en la dirección de nuestro potencial. Por el contrario, la mayoría de nosotros hemos sido adoctrinados para llegar a ser alguien. Sin darnos cuenta, empezamos a pensar y a comportarnos como otros nos han dicho que tenemos que hacerlo. Ya desde niños vamos siendo contaminados por diferentes venenos, como la ambición, la codicia, la avaricia, la fama, el éxito, el reconocimiento, la respetabilidad, el prestigio, el poder, la riqueza material… Nos condicionan para perseguir la felicidad justamente en aquellos lugares donde no se encuentra.

Mientras, la gente se oculta tras una máscara. Y procura mantener la distancia adecuada para que nadie sepa la incómoda verdad que se esconde en la profundidad. Como no somos lo que estábamos destinados a ser, seguimos mirando hacia afuera, donde jamás tendremos bastante de lo que en realidad no necesitamos para ser felices. Aun así, la lógica nos dice que nuestro vacío se debe a que quizás no tenemos lo suficiente; tenemos que tener más. Sin embargo, la distancia entre lo que tenemos y lo que nos gustaría tener se mantiene siempre constante. Debido a nuestra insatisfacción crónica, lo único que no cambia es nuestro deseo de más.

Irónicamente, el mundo tiene suficiente para saciar las necesidades de todos, pero jamás tendrá lo necesario para colmar el deseo de nadie. Al matar una necesidad, muere una parte de nosotros. Pero al matar un deseo, una parte de nosotros es un poco más libre. No se trata de renunciar a la codicia y a la avaricia. Se trata simplemente de comprenderlas. De ver la ignorancia sobre la que se asientan. No nos llevan a ningún lugar satisfactorio. Desde un punto de vista emocional, quien no encuentra la riqueza en su interior termina relacionándose con los demás y con la vida como un mendigo.

A nadie le gusta vivir siendo otra persona. Por eso en general sentimos que nos falta algo. Cuanto mayor es la desconexión con nuestro ser, mayor es nuestro vacío existencial. Y cuanto mayor es éste, mayor es nuestra adicción por gastar, comprar, tener, poseer y acumular. Este comportamiento económico es un claro síntoma de que hemos perdido el contacto con nuestra riqueza y abundancia interiores. Por eso nos pasamos todo el día haciendo cosas. Algunos vamos tan estresados que ni siquiera tenemos un minuto.

Llegados a este punto, cabe insistir en que no importa cuán profunda sea nuestra tozudez. Jamás encontraremos la plenitud afuera. Esencialmente porque consiste en estar llenos por nosotros mismos. Ya somos ricos, solo que todavía no lo sabemos. Y ésta es la causa de nuestra permanente sensación de pobreza. Para vivir una vida plena, necesitamos ponerle consciencia. Saber quiénes somos y para qué estamos aquí. Es el pequeño gran secreto de la vida. De pronto ya no tenemos un vacío que llenar. Más bien nos sentimos rebosantes. Y es precisamente esta sensación de abundancia la que nos mueve a entrar en la vida de los demás con vocación de servicio.

Paradójicamente, lo que favorece y hace perdurar nuestro bien-estar no es lo que conseguimos ni poseemos, sino lo que ofrecemos y entregamos a los demás. La felicidad y la plenitud no son meras palabras. Son estados de abundancia y prosperidad que podemos experimentar cuando vivimos conectados con lo que verdaderamente somos. El auténtico Banco Central está en nuestro interior. La sabiduría consiste en saber abrir una cuenta.

Este artículo es un extracto del libro “Qué harías si no tuvieras miedo”, publicado por Borja Vilaseca en abril de 2012.

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS
[i] Información extraída del libro Infonomics, de Alfons Cornella.
[ii] Información extraída del libro Fame, fortune and ambition, de Osho.

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